Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

sábado, 19 de marzo de 2011

Cap 9 - Hogar, dulce hogar

Me despertó un suave zarandeo. Abrí los ojos y me encontré cara a cara con Odrix, que me miró con una sonrisa.

—Buenos días —me susurró, apartándose para que pudiese incorporarme. Al hacerlo vi a todo el clan dormido todavía. Estaba amaneciendo.

—¿Qué pasa? —pregunté, restregándome los ojos y buscando con la mirada a Sangilak, que se hallaba al lado del rubio, sentado y meneando la cola.

—Es hora de ir a dormir a la cabaña. Bueno, o a dar un paseo, si es que no tienes sueño.

—¿Por qué? —medio gruñí, mirando fijamente a Odrix. Estaba demasiado cansada como para pensar con claridad, pero lo cierto es que no me pareció que aquello tuviese sentido.

—No querrás quedarte ahí tumbada hasta el mediodía, ¿verdad? En poco rato empezarán a levantarse y te abandonarán a tu suerte —sonrió.

—Pero si sólo hemos dormido unas horas! —exclamé.

—¡Chist, no grites, que los despiertas! Mira, haz lo que quieras, pero por regla general, el último que se levanta se ve obligado a destripar los animales que vayamos a cenar durante toda una semana.

—Ah, ya entiendo —me levanté y me puse a la altura de Odrix—. ¿Y ahora qué? Yo tengo sueño…

—Bueno, ve a tu cabaña si quieres, te despierto en unas horas.

—¿Eso no es trampa?

—Claro que no. Nos hemos despertado antes que nadie, ¿verdad? Pues ya está.

—Vale. ¿Tú vas a ir a dormir?

—Creo que no, no tengo mucho sueño. Daré un paseo con Azör.

—¿Azör? —Odrix señaló a su halcón, que se hallaba descansando sobre la rama de un árbol cercano. Asentí.

—Bien, pues nos vemos luego.

—Sí, adiós.

—Adiós.

Subí a mi cabaña con Sangilak mientras Odrix se alejaba. Al llegar arriba caí rendida a la cama: realmente estaba muy cansada. Pensé en desvestirme, pero la falta de ganas me impidió hacerlo. Después agradecí profundamente mi vagancia, pues me acordé de que Odrix sería quien viniera a buscarme luego.

Horas después, Jenna quiso reunir un grupo para ir de pesca y conseguir algo de comer. Ya que no me dejarían ir a cazar, tal y como el día anterior, Odrix y yo nos presentamos voluntarios junto Pécala, Aleriel y Phoebe, con sus respectivos guardaespaldas. Cuando estuvimos todos, Jenna nos entregó una lanza a cada uno. Eran toscas, estaban hechas a mano y no se componían de más cosas que de una larga y resistente rama y una piedra afilada, unidas con una cuerda. Mientras intentaba descubrir cómo tendríamos que usarlas, alguien exclamó:

—¡Bien, vámonos!

Iniciamos un pequeño paseo hasta un ancho río que había cerca del campamento. Al llegar, todos se quitaron los zapatos y se arremangaron los pantalones, así que hice lo mismo, colocando mis botas junto a una roca de color gris brillante. Después nos alineamos en la orilla, sumergiendo las piernas hasta casi las rodillas, y acto seguido todos empezaron a hundir la lanza en el agua, tratando de pescar algo en el río cristalino, mientras los animales se bañaban. Les imité sin demasiada convicción, pero al observar que Odrix se empleaba a fondo, cogí confianza y traté de hacerlo lo mejor posible. Tras unos minutos ya había conseguido atravesar un pequeño pescado dorado, de forma que lo dejé en la orilla y fui a por más. Odrix me vio y se dio prisa en atrapar algo, para no quedarse con las manos vacías. Poco después aquello se convirtió en una batalla en la que ganaría quien más pescara. Se oía el rumor del agua correr, las risas de Pécala y Phoebe, que le echaban agua a Aleriel mientras éste intentaba arrearles con el extremo de la lanza que no estaba afilado, y los pasos de Jenna en busca de un gran pez que había divisado segundos atrás. Tras dos horas bastante entretenidas, pero calurosas debido a los efectos de los rayos del sol, recogimos todo lo que habíamos pescado en una gran cesta que Jenna sacó de no sé dónde, y volvimos a “casa”.

“Casa”. Traté de pensar en ello mientras avanzábamos a través de un sendero de pequeñas piedras blancas. Creo que aún no me había hecho a la idea, a pesar de todo. Sangilak estaba a mi lado, y por lo visto desde ese momento Odrix también, pero me parecía inconcebible. Había pasado de vivir casi con todo lujo de comodidades, junto tan sólo a una persona (y a mi lobo, claro), a vivir con un clan, una gran familia, en medio del bosque, donde debíamos buscar nuestros recursos para sobrevivir. Pero no era tan difícil acostumbrarse, todos parecían simpáticos (aunque no estaba segura de lo que tramaba Ulrik, la verdad), así que de momento no era complicado integrarse.

Sangilak me dio un suave golpe en el costado con el morro, ofreciéndome su apoyo. Dejé descansar mi mano sobre su lomo, acariciándole lentamente el oscuro pelaje. Odrix, que avanzaba junto a Jenna delante de mí, giró la cabeza y sonrió al comprobar que estábamos todos bien.

Cuando llegamos, Joseph nos estaba esperando. Recogió la cesta que Jenna le tendía y se fue a preparar la comida junto a los demás, los que no habían ido a pescar. Los que sí habíamos ido nos dispersamos, atendiendo cada uno sus propios asuntos. Odrix se detuvo y me ofreció un plan.

—¿Quieres que te enseñe algo?

—¿El qué?

—Un secreto —sonrió. Yo fruncí el ceño.

—¿Merece la pena?

—Sí.

—Vamos entonces.

Nos escabullimos en silencio con Sangilak entre nosotros y Azör volando sobre nuestras cabezas. Andábamos a buen paso sorteando los árboles y pisando la hojarasca, aunque de vez en cuando estuvimos apunto de tropezar por las levantadas raíces de los árboles, que jugaban malas pasadas. Recorrimos cerca de un kilómetro en pocos minutos, aunque nos alejamos lo suficiente como para que pensamientos intranquilos se posaran en mi mente, transmitiéndome inseguridad y algo de miedo. Vamos, no seas tonta, Odrix conoce el camino de sobra, si no, no te habría traído hasta aquí, pensé, sin falta de razón. Pero no me convencí del todo.

—Ya hemos llegado —susurró. Unos metros más allá había un claro, atravesado en su mitad por un pequeño riachuelo rodeado de piedras. Y justo al lado, un pequeño grupo de caballos salvajes. Eran siete, de distintos colores pero de tamaño parecido. No pude saber el sexo de cada uno, pero supuse que habría de ambos.

—¿Son salvajes? —pregunté, olisqueando el ambiente. Era húmedo y fresco, pero tenía una ligera fragancia a pino.

—Claro, si no, no estarían sueltos, ¿sabes?

—Vale, ha sido una pregunta estúpida.

—No te preocupes.

Me acuclillé, apoyando la mano izquierda en el tronco de un árbol para no tener que hacer tanto esfuerzo con los tobillos. Odrix, tras pensárselo unos segundos, comenzó a acercarse lentamente al claro, medio agachado y sin mirar fijamente los ojos de los animales.

—¿Pero qué haces? —susurré, alarmada—. ¡Creía que habíamos venido a verlos!

—Hemos venido a montarlos —sonrió, mirándome. Acto seguido se dio la vuelta y siguió caminando.

—¡¿Estás loco?! —exclamé, pero él no me hizo caso.

Los caballos le miraron con extrañeza, resoplando y alzando las orejas, pero no huyeron. Odrix acercó la mano a uno de ellos, marrón con manchas blancas, y se levantó despacio, ganando toda su altura. El mustang le lamió la mano y le dio un juguetón golpe en la barbilla, incitándole a que le siguiera dando caricias. Odrix rió suavemente y le palmeó el cuello sin demasiada brusquedad.

—Vamos, ven —me dijo, mirándome como pudo por encima del hombro, mientras el caballo trataba de chuparle la nariz.

—Pues para ser salvajes, no es que huyan mucho, precisamente —dije, poniendo los ojos en blanco y avanzando lentamente hacia Odrix.

—En realidad vengo aquí desde hace unos meses. Ya me conocen y saben que no les voy a hacer daño, aunque me ha costado mucho que confíen en mí. Con un poco de suerte te dejarán montarte a ti también.

Intenté acercarme a otro de los caballos, algo más alto que el de Odrix y de un solo color; marrón oscuro y brillante. No se fió demasiado de mí, por lo que cuando estuve a punto de rozarle, huyó y se escondió tras el resto de la manada. Odrix rió de nuevo.

—Ven —le llamó, y el caballo acudió como si estuviera hechizado. El mustang de manchas retrocedió unos pasos, dejando terreno libre para que Odrix acariciara a su compañero—. Ahora, ven tú —me llamó.

Acudí con desconfianza, pero Odrix me cogió la mano con firmeza y la guió hasta el cuello del caballo. Una vez allí, me soltó y le acarició el morro mientras yo paseaba las yemas de los dedos por el suave pelaje. El mustang resopló de placer y me miró con sus ojos oscuros, para después acercarme el morro a la cara y darme un par de lametones en el ojo izquierdo.

—Vale, vale, tranquilo —le dije, sonriendo.

—Bien, ahora monta.

—¿Perdón? —pregunté con incredulidad. Casi no había rozado al caballo, ¿y ya me tenía que montar encima? Pero Odrix no escuchó mis réplicas, me agarró de la cintura y me subió al mustang.

—¡Cabrón! ¡Qué no sé cómo va esto! —furiosa, intenté no moverme para no caerme del caballo. Odrix se rió como nunca.

—¡Ni que fuera una nave espacial! Vamos, no puede ser tan difícil —segundos después ya estaba encima del caballo con manchas.

—¿Cómo que “no puede ser tan difícil”? ¿Acaso no sabes cómo manejar un caballo?

—No —contestó con sinceridad, acariciando las crines de su mustang.

—¿No has montado nunca?

—No —repitió con tranquilidad. Solté un alarido de rabia.

—Genial. ¿Y ahora qué, genio?

—Pues... Creo que Pécala, cuando monta a su caballo, le da unas pequeñas patadas en los costados.

—¿Crees?

—Creo.

—Odrix, no me hagas esto. Nos vamos a matar.

—Claro que no. Creía que eras valiente.

—Y lo soy —respondí con los dientes apretados.

—Pues no lo parece —contestó con sorna.

Le lancé una mirada asesina y le di un suave golpe al caballo con los talones, intentando que avanzara. Éste echó a correr, dejando el claro atrás, con todos los demás caballos, y con Odrix montado sobre el otro mustang, aunque Sangilak nos siguió, tan veloz como era. Me ahorré un grito porque sería mostrar mis temores, y no me gustaba que la gente supiera cuándo estaba asustada. Hasta que llegué a Los Rebeldes nunca había mostrado mis sentimientos a través de mi rostro, excepto si era el enfado o la agresividad. Pero no sabía cómo, Odrix estaba consiguiendo hacerme cambiar en ese aspecto. Frunciendo el ceño, me concentré en intentar controlar al dichoso caballo, que no paraba de correr cuesta arriba por una interminable pendiente. Conseguí que disminuyera la velocidad, quedándome más tranquila.

Segundos después oí los pasos de otro caballo y al girar la cabeza descubrí a Odrix, que venía montado en el mustang blanco y marrón. Le hice una mueca.

—Espero que tu plan no fuera intentar ponerme en peligro, porque entonces sabrías lo que vale un peine —le amenacé, sin dejar de avanzar.

—¿Lo que vale un peine? ¿Qué expresión es esa?

—No sé, Cora la decía mucho.

—¿Cora?

—Mi tutora.

—Ah. ¿Vivías con ella?

—Sí. Soy menor de edad, necesitaba un adulto en casa.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis. Parece mentira, con lo mucho que parecíais conocerme todos aquí, y no sabéis ni mi edad.

—Yo tengo un año más que tú —contestó, ahorrándose mi última frase. Yo fruncí el ceño y volví la vista al frente.

Un rato después llegamos a la cima del pequeño monte que habíamos estado ascendiendo. Ante nosotros se extendió un paraje de unas impresionantes vistas, con una gran montaña de color azulado al frente, un valle completamente verde a nuestros pies, y un lago de aguas claras justo en medio, en las faldas de la imponente montaña.

—Bonito, ¿eh?

—¿Habías venido aquí antes?

—No, lo cierto es que no. Pero ¿a que ha molado?

—Lo que tú digas —dije con los labios apretados.

—Vamos ¿sigues enfadada?

—No estoy enfadada. No me he enfadado en ningún momento.

—Claro, por eso antes me has gritado y me has llamado cabrón —se burló, acercándose y golpeándome el hombro con el puño sin demasiada fuerza. Al ver que no respondía, suspiró—. Lo siento si he hecho algo malo. No quería ofenderte.

—No pasa nada —contesté, un poco más tranquila. Ni siquiera sabía porqué tenía que disculparse él y no yo—. ¿Cuánto rato llevamos aquí? ¿No nos echarán de menos?

—Puede que sí, no lo sé. De todas formas aún tardarán en cocinar el pescado. Podemos quedarnos un poco más —Odrix bajó del caballo y se sentó entre sus patas. Poco después el mustang se tumbó junto a él.

—Vale.

Me senté junto a él, admirando el cielo azul. Miré al caballo que había montado, vigilando si se echaba como el de Odrix, pero no lo hacía. Segundos después comprendí que era tan tozudo como yo, y que probablemente nada ni nadie le haría cambiar de opinión.

4 comentarios:

Carlos dijo...

Me encanta tu libro. Me ha enganchado de una manera que no lo hacen otros libros. Ya he he leido todo lo que has publicado, y escribes genial. Me encantan Hilda y Odrix, y espero que pase algo eh?? que tienen mucha química ;)

Kirtashalina dijo...

Ohh, muchas gracias Carlos!
Eso intento, que enganche x)
Pues... lo dejo en el aire, que no me gusta destripar finales (si no me lo piden) xD

Un beso!

Clary Claire dijo...

Me encantaaaaaa!!!
Sencillamente genial :)

Kirtashalina dijo...

Gracias Clary Claire (: