Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

martes, 12 de abril de 2011

Porque implica decirle al objetivo lo que sientes

Abrí los ojos de golpe cuando me despertó un fuerte sonido vibrante. Conduje la mano hasta la mesilla de noche y silencié el móvil, para segundos después abrirlo y ver el contenido del mensaje que me había sido enviado. Maldita sea, sólo era propaganda… ¿Y a mí que me importaba tener una tarifa que me permitiera llamar gratis los jueves? Como mercenaria rica y asesina a sueldo que era no necesitaba que me regalaran llamadas.

Me levanté, dispuesta a acabar con mi cometido. Me habían encargado una misión y debía cumplirla, por muy bien que me cayera mi futura víctima. Es que él… era especial…

Y diréis: ¡pero por Dios, niña, si sólo le conoces de una noche! ¡Y ni siquiera le has visto la cara! Bueno, pues para empezar, por vuestro bien espero que no se os haya ocurrido llamarme niña, porque os irá un balazo. Y sí, sólo le conocía de una noche y casi no le había visto la cara, pero dicen que los ojos son el espejo del alma, ¿no? Pues sus ojos sí los había visto, y eso me había bastado.

No os equivoquéis, no soy una romántica empedernida, ni mucho menos. Hacía muchos años que no estaba enamorada, no de esta manera. Pero algo había cambiado. No podía estar con mi enemigo, era imposible. Nadie nos lo permitiría…

Sacudí la cabeza para despejarme y me vestí. No me puse más que unos pantalones negros y una camiseta de manga corta, además de calzarme unas botas la mar de cómodas, sin tacón ni otros impedimentos para luchar. Me enrollé un cinturón sobre las caderas y enganché a él la funda de una Glock. Acto seguido, colgué de él tres cuchillos con la empuñadura decorada con piedras preciosas y me escondí un cuarto en la bota. También me até una correa al cuerpo que iba de mi hombro derecho a mi cadera izquierdo, cruzándome el pecho y la espalda. En la correa estaba sujeta una katana envainada, con el mango negro a rombos plateados sobresaliendo cerca de mi oreja.

Salí de mi refugio y miré al cielo; eran altas horas de la noche. Viajé en coche hasta mi destino, pues ir en transporte público no habría ayudado a permanecer en la discreción, la verdad. Una mujer tan armada no pasaría desapercibida y no quería contribuir a la imagen de loca que ya tenían algunos vecinos de mí.

Llegué en aproximadamente dos horas. Se trataba de un edificio alto como ninguno, de un color inmaculadamente blanco y con ventanas enrejadas, incluso las de los pisos superiores. Alrededor de la inmensa construcción había metros y metros de jardines con setos y árboles, que se asemejaban a un intrincado laberinto de espinas. Suspiré y, saliendo del coche, avancé hasta la reja con púas que me daba la bienvenida en la entrada del área amurallada.

No fue difícil colarme. Había pertenecido durante años a un club de escalada y había ascendido las más duras montañas, por lo que era capaz de subir un insignificante muro de tres metros. Tras atravesar la primera barrera, avancé incansablemente hasta que di con un grupito de cinco soldados armados. Parecían despreocupados, ya que no esperaban a nadie y la noche era tranquila. La luna llena iluminaba el jardín, confiriéndole un aspecto un tanto fantasmagórico.

Tampoco fue demasiado complicado sorprender al oscuro quinteto. Los asusté con mi silueta anormal, ya que estaba a contraluz y el mango de la espada parecía salir de mi hombro. Cuando me acerqué más a ellos me apuntaron con las pistolas, pero se las tiré al suelo de una patada y los dejé inconscientes. Mi deber era matar al hombre del tatuaje, no a su hueste.

De pronto, otro grupo de soldados me sorprendió por detrás. Por lo visto no estaba tan sola como yo pensaba. Me quedé tan estupefacta al mirar por encima del hombro y verles avanzar hacia mí que no fui capaz de reaccionar cuando uno de ellos me disparó. Me tambaleé de un modo terrible y conseguí avanzar unos pasos, manchando el suelo de sangre. Me habían alcanzado en el hombro, cerca de un punto de la correa que sujetaba la katana. Intenté respirar con normalidad, pero el dolor era demasiado intenso y cerré los puños con fuerza, tratando de no gritar. Me oculté tras una tapia de color blanco, desapareciendo ante los ojos de la guarnición que me había atacado, y resbalé hacia abajo, rozando la espalda por el muro y quedando sentada en el suelo. La cabeza me empezó a dar vueltas y sentí que me mareaba. Pero había una fuerza mayor que tiraba de mi hombro, como intentando quitarme la bala. Mas, al mirar, no había nada. Eran imaginaciones mías. Pero parecía tan real…

Está sentada en una sala completamente blanca. Tiene la espalda pegada contra la pared, y no hay dolor. No hay sentimiento alguno, tan sólo confusión. No sabe dónde se encuentra, no ve nada; una venda inmaculada le cubre los ojos. Se llama Dex.

Súbitamente, de mi herida deja de manar sangre. Se detiene como si la herida se estuviese cerrando. Aunque eso era imposible, dadas las circunstancias.

De improviso, se levanta. No tiene heridas, y avanza con seguridad unos pasos. Ella no tiene manera de saberlo, pero cerca de los pies tiene su Glock. Por supuesto, es incapaz de verla. Pero parece que es capaz de sentirla.

La bala comienza a salir por donde ha entrado y cae al suelo de piedra con un repiqueteo. Los soldados, que siguen sin verla, comienzan a acercarse a ella con las armas en ristre.

De pronto, se agacha y con precisión milimétrica, coge la pistola por el mango.

De su herida sale una última gota de sangre. Los soldados la rodean y la apuntan con las armas, pues ven que sigue respirando y está consciente. Pero tiene los ojos cerrados.

Levanta el arma y dispara al vacío. De repente, la bala se desintegra y…

… choca contra el cuerpo de uno de los soldados. Éste se mira el pecho, aturdido, y cae al suelo con un quejido. Ella reparte patadas y puñetazos a diestro y siniestro, todo con los ojos cerrados, como representando una coreografía que se supiera de memoria. Parecía un tranquilo baile entre una lluvia de balas y armas. De pronto desenvaina la katana y con unas cuantas estocadas consigue matar a los tres hombres que le faltaba por derrotar.

Sacudí la cabeza, abriendo los ojos, y volví en mí. No sabía lo que había pasado, pero le estaba agradecida a mi otro yo. Envainé la espada y guardé los cuchillos que había lanzado.

Entré en el edificio y busqué un panel de información. Por suerte, lo había. Busqué la habitación en la que podría estar mi objetivo y encontré un nombre que me satisfizo: Despacho Internacional. Me apresuré a seguir las indicaciones que marcaba el monocromático cartel y me encontré subiendo escaleras, torciendo pasillos y abriendo puertas (bueno, y dándole golpes a soldados, claro). Al final encontré la entrada que buscaba. Se trataba de un gran portón de madera con grabados en relieve, los cuales representaban tortuosas muertes y horribles enfermedades. Las caras de dolor y los cuerpos retorcidos por el sufrimiento no presagiaban nada bueno, la verdad. No tenía ni idea de qué hacía allí una puerta como esa. Pero en fin, me armé de valor y la atravesé.

No describiré la sala, porque eso implicaría ralentizar la situación. Quédate con la idea de que era bastante grande y, al fondo, sentado en una gran butaca, se hallaba mi hombre. Ese “mi” suena un poco posesivo, pero era así, y punto.

Había soldados con él. Asustados, me apuntaron con las armas, pero él les detuvo con un gesto mientras yo seguía avanzando sin miedo. Como el ejército no tenía orden de fuego, le tendieron un arma a él, pensando que quería matarme él mismo.

Él se levantó de su cómodo sillón y fue andando hacia mí a la misma velocidad que yo. Recorrimos los metros que nos separaban con las armas en ristre y examinamos el rostro del otro antes de continuar.

Sus eran ojos tan azules como yo recordaba, tenía la piel clara y el cabello de un rubio claro, casi blanco. Sus facciones eran angulosas, con los pómulos y la mandíbula marcados. No había ni un atisbo de sonrisa en su expresión, pero sus ojos brillaban. Puede que intentara matarme antes que yo a él. Tal vez era más rápido que yo.

Tenía que asesinarlo. Era mi deber. Además, no estaba autorizada a perdonarle la vida, porque significaría que le amaba, porque… porque ese tipo de cosas implica decirle al objetivo lo que sientes.

Me aproximé a él, dispuesta a cumplir mi cometido, cuando él dio otro paso hacia mí y me agarró del brazo con fiereza, tras lo que me colocó la otra mano en el cuello y me atrajo hacia así de una forma bruta pero (todo hay que decirlo) bastante sexy. Unió sus labios a los míos ante los atónitos presentes que, con la boca abierta, asistían al espectáculo de forma involuntaria.

2 comentarios:

Fer dijo...

"Como mercenaria rica y asesina a sueldo que era no necesitaba que me regalaran llamadas."
Mujer, por supuesto todos diríamos lo mismo en ese momento, pero sí es que, ¿quién se han creído que somos? O sea, ¿hello? (XDDDDDDDDDDDD).

Ma que cosa, está pasando ahí? o.O cosa de brujería seguro, eso de la vale... hmmm sospechoso, sospechoso.

Estaría genial, que ahora aprovechando la "confusión" le rebanará el cuello, XD, traición a bocajarro. Hale!

Kirtashalina dijo...

Sí, sí, parecemos (parecéis) importarle bien poco a la muchacha xDDD

Pues algo extraño... brujería no sé, pero algo fantástico hay ^^

Jope, pobrecilla, con lo mal que lo ha pasado...