Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

domingo, 10 de abril de 2011

Como el agua que se escurre entre los dedos

Llovía.

En lo alto de una ladera, justo en el borde de un precipicio en el cual iban a parar multitud de olas furiosas por el tormentoso clima, había una gran mansión victoriana. En sus mejores días había sido de un claro color perlino, pero debido a los estragos que causa el tiempo, y a los inminentes efectos del agua y el viento, su fachada se había tornado grisácea y oscura, mas no por ello era menos bella.

Dentro del hermoso caserón se celebraba la fiesta del siglo. Todos los presentes debían ir vestidos con ropa de gala, pero no vestimentas actuales, sino ambientadas en el medievo y a conjunto con una máscara veneciana (algo un poco extraño, pero últimamente todo era una mezcla confusa de acontecimientos y sucesos disparatados). Como a los invitados les pareció bien, cumplieron con gusto la orden y acudieron debidamente engalanados.

Yo, por mi parte, no le puse mucho entusiasmo. No estaba allí por gusto ni placer, sino por trabajo. Mi misión era encontrar y destruir al objetivo, y así lo haría. Mi enemigo probablemente no iría solo y tendría una serie de guardaespaldas que le protegieran de todo peligro. Pero yo era más fuerte.

No me entretendré mucho describiendo mi apariencia física. Me había recogido el pelo liso en un moño desenfadado, con mechones sueltos que se balanceaban de un lado a otro, surcando mi espalda. Mi vestido era de un rojo sangre, bastante bonito y, para qué engañarnos, muy ceñido. No era medieval, pero todos estaban demasiado ocupados bailando como para prestarme atención a mí. Además, que fuera tan largo ayudaba a camuflarse entre la ropa del resto de la gente.

Tampoco me rompí la cabeza buscando una máscara. Era sencilla, de color blanco con purpurina roja alrededor de los huecos de los ojos, con tres plumas del mismo color en el borde superior, a la izquierda. La máscara se me sujetaba a la cabeza por una tirante goma, pues necesitaba tener las manos libres para atrapar a mi oponente. No sabía a lo que me enfrentaba —mi jefe no había tenido el detalle de informarme—, y eso no me gustaba en absoluto. Además, no contribuía a que estuviera segura de mi victoria, la verdad.

Me sorprendió la cantidad de luz, buen humor, música y risas que se podían condensar en una sola habitación, por grande que fuera. En el momento en que entré sonaba una canción animada y desconocida. Era instrumental, pero a nadie parecía importarle. Todos se hallaban por parejas o por pequeños grupitos, riendo mientras daban torpes pasos de baile.

A lo largo de la noche fui buscando a mi objetivo, pero no lo encontraba. Necesitaba una señal, pero todos los hombres parecían iguales. La mayoría estaban vestidos con trajes negros o marrones, y casi todos llevaban una máscara prácticamente idéntica. Puse los ojos en blanco ante el descuido masculino y me adentré entre la gente, convirtiéndome en una de las pocas (por no decir la única) almas solitarias que rondaban por allí sin presencia de una pareja a la que acompañar.

Ya estaba cansada. Eran las tantas de la madrugada y los zapatos me hacían daño en los pies. Había elegido unos con poco tacón, por si tenía que luchar cuerpo a cuerpo, pero no había servido de gran cosa. Por supuesto que era capaz de dolores mucho más extremos, pero por poco que fuera, me molestaba de sobremanera. También podía deberse al cansancio de escudriñar a todo el mundo y el sueño que llevaba acumulado de los días anteriores. No dormir pasaba factura.

Me relajé un poco y seguí avanzando entre la gente, buscando a alguien libre con el fin de, por lo menos, disfrutar un poco. Aunque al final, fue un alto hombre vestido de negro el que me encontró a mí. Llevaba una máscara del mismo color que su traje, sin adornos ni plumas, tan simple que parecía más Batman que otra cosa. Por respeto y falta de ganas no me reí, pero estuve a punto.

Me tendió la mano y la acepté suavemente; nos deslizamos hasta el centro de la pista. Justo en ese momento comenzaba una canción nueva y (aunque no es el término más adecuado) apasionada. No voy a describir el baile, porque simplemente no fue un baile, sino una serie de movimientos —más o menos coordinados— que realizamos juntos e inconscientemente. En un momento dado me encontré de espaldas a él (aunque pegado a su cuerpo) y con sus brazos rodeándome la cintura. Os diré que estaba ya adormilada, de no haber sido por la inquietante música me habría dormido allí, tan cómoda como estaba. Bueno, a lo que iba.

Miré sus manos, y como estaban al lado, miré las mías también. De ahí pasé a observar mi muñeca derecha, en la cual llevaba un pequeño tatuaje que me había hecho años atrás. Se trataba de un escudo blanco, sobre el cual se hallaba una espada negra cruzada con un fémur del mismo color. Debajo de todo se encontraba una calavera, blanca también. Entonces miré su muñeca, tan próxima a la mía, y fue ahí cuando me desperté de golpe.

Tenía un tatuaje de unas medidas similares, pero exactamente contrario al mío. Un escudo negro, una espada y un fémur blancos y una calavera negra, ésta encima de todo lo demás. Me asusté. Él era mi objetivo.

Me quedé paralizada de pronto, sin poder reaccionar. Tanto buscar, tanto buscar, para encontrar en cuanto menos te lo esperas. Con lentitud giré la cabeza hacia él, buscando sus ojos azules que me miraron con extrañeza. De pronto, él también vio mi tatuaje. Y empezó la pelea.

No fue una batalla fácil, ni para mí ni para él. Conseguí acostumbrarme en unos segundos a la apariencia de mi contrincante, pero luchar con un vestido largo, máscara puesta y tacones, no era lo más sencillo del mundo. Me libré de los zapatos de una patada y aproveché para lanzárselos, aunque los esquivó fácilmente.

Desenfundé la pequeña pistola que tenía escondida sujeta a mi liguero, en el muslo derecho. Él pareció sorprenderse de que llevara un arma en la pierna, pero fui yo la que puse cara de póquer cuando vi que él no tenía ninguna pistola. Bien, pensé, eso lo hará más fácil. Pero no, ni mucho menos.

Dada la furia con la que nos enfrentamos, acabamos agotados enseguida. Ponto me percaté de que un montón de hombres trajeados se acercaban a mí, intentando atraparme entre la multitud. Calculé en una fracción de segundo y supe que no tenía nada que hacer. Con un suspiro, di un gran salto y avancé entre la gente pisando a varias personas con mis pies desnudos. Los guardaespaldas pusieron la misma cara que pone un niño cuando descubre que el agua se le escurre entre los dedos.


TO BE CONTINUED....

3 comentarios:

Fer dijo...

La noche parecía comenzar a ser divertida o al menos "relajada" para nuestra joven "damisela" lástima que no pudiera disfrutar mucho.

El tatuaje un poco extraño, no sé... Hay miles de cosas más raras, peor no consigo imaginarlo... Bizarro! XD.

Por cierto, sí yo la hubiera contratado por no haber cumplido: ¡Despedida! =P.

Besos!!

Kirtashalina dijo...

Ya ves,, aunque creo que al principio se aburría un poco xD
Pues mira, es que tenía que hacer tatuajes completamente contrarios, así que no se me ocurría nada e inventé lo que me vino en gana xD

Ya ha hecho bastante, ya, pobre mujer ^^

Un beso :D

Pilar dijo...

Me gusta mucho la historia, ya me avisarás cuando continúes!
Un besito.