Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

viernes, 29 de agosto de 2014

El mecánico

Había una vez un buen mecánico. Era alto y apuesto, de cabello oscuro. Su risa hacía temblar las paredes y sus brazos eran duros, fuertes. Para arreglar y proteger. Sus manos grandes podían amarrar una soga irrompible a un tanque y acariciar una mejilla con la suavidad de una pluma.

El buen mecánico, un día, se sintió solo. Y decidió crear una niña mecánica. En muchos aspectos, esa niña era igual que su padre. Pero puede que, temeroso de causar algún estrago, no apretara lo suficiente un par de tuercas, porque aquella niña no era mecánica. Era una niña de carne y hueso que fruncía el ceño cada dos por tres y que pasaba horas sentada, observando su alrededor y, seguramente, odiando cada cosa que estuviera cerca de ella.

Eso no le pareció bien al buen mecánico. Frunció el ceño, igual que su hija, y trasteó con todos los engranajes, los muelles y los tornillos, hasta que se dio cuenta de lo que faltaba. Y supo que aquello había sido un colosal error de cálculo, porque lo que le faltaba a la niña mecánica era un corazón.

Entendió entonces que siempre estaba fría porque por las venas de los brazos y las piernas no corría sangre, sólo el aire que inhalaba por la nariz. Y el buen mecánico se sintió aliviado, aunque lo más duro estaba por llegar. Con un destornillador se abrió el pecho y serró un trocito de su propio corazón, no demasiado grande, pero tampoco muy pequeño. Volvió a cerrarse y se ocupó de injertar el músculo en la niña mecánica: cuando terminó, la piel de la pequeña cobró un tono rosado muy saludable, y su carne se volvió cálida. La niña empezó a sonreír, a curiosear, a reír a carcajadas que hacían temblar las paredes, como las de su padre. Hizo volteretas, el pino en la pared, regaló flores, persiguió mariposas, pintó maravillas en muros, suelos y sillones.

Pero un tiempo más tarde la luz de su piel se apagó, y la niña mecánica empezó a estar triste todo el tiempo.

El buen mecánico, preocupado, le desatornilló el pecho de nuevo. Dentro estaba el trozo de corazón, negro como la boca del lobo, marchito por el tiempo y el desgaste de la vida. Pero se había agarrado a su cuerpo como un árbol a la tierra. No tuvo más remedio que dejarlo, volver a seccionar el suyo propio y extraer una porción para su hija.

Esto se repitió muchas veces a lo largo de los años. Los trozos de corazón cada vez duraban menos, y el buen mecánico cada vez se sentía más apático, porque cada vez tenía menos sangre y corazón.

Pero nunca, nunca dejó de darle la vida a su hija.

La niña mecánica creció sana y siempre feliz, y con el paso del tiempo su corazón fue tomando forma. Llegó el día en que tuvo por entero el corazón de su padre, excepto un minúsculo trozo, más diminuto que un grano de arroz.

El buen mecánico quiso dárselo a su hija, pero ya no tenía fuerzas. Sus potentes brazos no lograban sostenerse por sí solos; sus manos suaves hacía mucho que habían dejado de funcionar bien. Y la niña mecánica únicamente pudo sostener esas manos entre las suyas mientras su padre cantaba, postrado en la cama y ciego de delirio.

Cuando el buen mecánico murió, el corazón —el de ella, el de él, el de ambos— sufrió una sacudida. Y la niña mecánica supo que la pequeña herida que sufría, el minúsculo trozo que faltaba, era un agujero que con el tiempo se haría más y más grande, porque nunca se podría cerrar. Porque el resto de ese corazón estaba en otro cuerpo.


Y porque la niña mecánica nunca hubiera sobrevivido sin su padre.







Dos años ya, y te sigo queriendo lo mismo.
O puede que más.

martes, 19 de agosto de 2014

La guerrera

Olía a galletas y en la cocina quedaba apenas espacio para moverse. Había regalos desenvueltos, envoltorios destrozados y papel de regalo de mil colores desperdigado aquí y allá. De fondo sonaba Patti Smith y se oían carcajadas de niños y la voz de un adulto. Un hombre.
A Sylvia se le cayó una gota de agua con sal en la masa cruda del bizcocho, así que espolvoreó un poco más de azúcar para disimular el sabor. Estaría bueno de todos modos. La receta era de su madre, y nunca fallaba.
El horno se manifestó con un sonoro pitido y una mano rápida lo hizo callar. Al instante una nube de calor se extendió por la cocina y el olor de las galletas inundó toda la casa. Sylvia se enfundó los guantes acolchados y dejó la bandeja ardiente sobre la encimera, a la espera de que se enfriara su contenido. Mientras tatareaba This Is The Girl examinó sus pequeñas obras de arte.   Eran todas perfectas.
Excepto una.

Su base era ocre claro igual que el color del trigo en verano. Tenía forma perfectamente redonda, como si alguien hubiera trazado su silueta con un compás, y estaba hinchada a causa de la levadura. Pero las pepitas de chocolate habían quedado enterradas en el interior, y sobre la superficie sólo quedaba una, situada en el centro como la aureola oscura que corona un pecho.
Era una suerte de burla cósmica, un chiste del destino que se le hincó a Sylvia en las costillas y le quitó la canción de la boca.
Tuvo que apartar esa galleta de su vista. Cuanto antes. Abrió la boca, la metió dentro y apretó con fuerza los dientes para aplastarla sin demora. Masticó hasta tragarla; tenía buen sabor, pero el chocolate le había dejado un regusto a dolor, a miedo, como las migajas que se alojaron entre sus dientes. Llenó un vaso de agua para quitarse esa sensación de encima y rompió a llorar.

Oía a sus hijos y a su marido reír en el salón, cómplices de alguna broma privada. Jugaban ajenos a ella y no sabían que el universo se le estaba echando encima.
Era tan, tan difícil.

Tan difícil no llorar en la cama por las noches, no llorar al bañar a la pequeña, no llorar en la calle al ir a comprar, no llorar en el colegio cuando iba a buscar a los niños, no llorar en la consulta del médico cuando ese hombre de bata blanca se empeñaba en darle malas noticias, una y otra vez.
Fue tan difícil no llorar cuando el primer mechón de pelo se le quedó enganchado entre los dedos al ponerse una horquilla. Y tan difícil tener el valor de seguir peinándose cada mañana frente al espejo.


Qué difícil, qué difícil era luchar en silencio.







Lo siento.

lunes, 11 de agosto de 2014

La princesa

Llovía, y entre el repiqueteo de la lluvia sonaron unos nudillos suaves sobre la puerta. Abrimos y en el dintel apareció una mujer menuda, de cabello cano y con ropa abrigada, que movía las manos nerviosamente y que me recordó a una ardilla nerviosa.
—¿Vais a quedaros ahí toda la noche o me dejáis entrar?
Se abrió paso entre nuestros cuerpos, visiblemente más corpulentos que el suyo, y cruzó el pasillo en dirección a la cocina.
—Hola, abuela.
El olor del té envolvió el piso entero de tan pequeño que era. Ocupamos los sillones de la sala de estar porque la anciana, a pesar de ser fuerte, no parecía tener ganas de quedarse de pie. Rodeados de réplicas de Leonid Afremov y Alfons Mucha disolvimos el azúcar y la sacarina en las tazas llenas y humeantes, a la espera de que alguien hablara. Cuatro cucharillas moviéndose al compás y las lenguas quietas, húmedas.
—Cantaba tan dulce que se me pusieron los pelos de punta. La primera vez que oí a tu madre, digo. No me extraña que tu padre cayera rendido a sus pies.
Alguien dio un sorbo al té y la taza tintineó al colocarla de nuevo sobre el plato. La anciana había cerrado los ojos.
—Parecía una criatura sobrenatural. A veces daba la impresión de que las palabras le salían sin mover los labios, y sólo veías una sonrisa congelada, una boca oscura…
La narración titiló y se apagó. La anciana se quedó sin energía y la butaca la engulló, haciendo que disminuyera aún más su estatura. Cuando terminó la tardía hora del té nos levantamos todos al unísono y cautos como gatos callejeros.
—Vamos abuela, te acompaño a tu habitación. No puedes volver a casa ahora.
—Haré lo que me pase por allí —pareció recobrarse un instante.
La sujetaron de la cintura y los hombros para que no perdiera pie y los vi salir de la sala.
—Estás guapa, abuela —dije. Y no compartíamos sangre. Y se habían alejado demasiados metros como para que oyese mi susurro. Y estábamos todos demasiado agotados para aguzar las orejas.
Pero respondió:
—Ya lo sé.

Parecía una princesa blanca vestida de luto. 

viernes, 1 de agosto de 2014

El ángel

La casa olía a vicio.

Las paredes eran blancas igual que el techo y el suelo estaba embaldosado de gris neutro. Las cortinas parecían velos de novia ocultando unas ventanas impolutas. Las lámparas de toda la estancia eran como huesos prendidos con una llama suave, los cuadros eran sobrios y enmarcados en metal minuciosamente delineado. Todos los muebles conjuntaban en cuanto a estilo y tonos de color se refiere, y no había nada fuera de su lugar.

Todo era perfectamente puro. Pero la casa olía a vicio.

Se respiraba en el aire como una fragancia fuerte y extrañamente agradable, igual que un perfume de hombre para una niña pequeña. No tenía un olor concreto y podía confundirse con el sabor metálico de la sangre o el burbujeo de algo caliente, oscuro y espeso.

El ángel sentado en medio de la habitación tenía la culpa. Tenía las piernas cruzadas y la espalda recta, como si meditara. También tenía los ojos cerrados. Pero los ángeles no meditan. Este, en concreto, tampoco iba vestido de blanco, ni tenía alas, ni llevaba una aureola sobre la cabeza. Espera, miento: su cabello corto, dorado y rizado hacía de aureola. Y su aura podía distinguirse a kilómetros, difuminando los contornos de su cuerpo con el resto del mundo, encuadrándola en un espacio delicado y esbelto. Pero su aura tampoco era blanca. Y ella no era delicada.

Ella era la viciosa, la que había contaminado la habitación y la casa entera. Sus ojos bosquejados en negro, sus hoyuelos en las mejillas, sus labios carnosos y su cuello largo y fino. La curva de esa sonrisa de “quiero más” y el sonido de una risa nada inocente. Sus pechos turgentes en todos los vestidos escotados habidos y por haber, sus piernas largas y torneadas, sus dedos largos. Esa espalda marcada con pecas y cicatrices en las que casi podías crear una osa mayor con la yema de los dedos. Vamos a trazar más cosas. Un cuerpo arqueado. Una cama deshecha. La luna tapándose los ojos cuando el ángel se desnuda, porque no puede soportarlo. Tanta belleza. Tanto vicio.

Olía a sexo, ella entera, pero era un olor mucho más sutil, más discreto que el vicio… Se fue degenerando, supongo. Noche tras noche. Cada vez que el ángel se sentaba en medio de la habitación y ladeaba la cabeza a la espera de que unos besos aterrizaran en su cuello. Cada vez que unas manos le desabrochaban la cremallera del vestido y se lo deslizaban por las caderas. Cada vez que alguien le mordía el labio inferior, que la hacía gemir contra la cama. Cada vez más vicio.

Era como una metáfora a una mortaja inmaculada sobre un cadáver en plena descomposición. El cuerpo de ángel y la mirada de demonio… o quizá al revés. Una ironía colosal.

Venga, juguemos a bestias y ángeles, déjame ser el monstruo que te destroce esta noche. Ya recogerás los pedazos mañana, ya volverás a pintarte los labios de tonos claros, ya volverás a colocarte los rizos en su sitio y pasearte por la calle como si el mundo fuera tuyo.


Y supongo que lo es, porque todos saben que está lleno de demonios.





.

martes, 29 de julio de 2014

La señora Pepper

La señora Pepper llevaba un moño deshecho y fumaba. Había tratado de ser pelirroja toda la vida, pero sus raíces castañas despuntaban sobre su cabellera del color de la madera de cerezo. A través de las nubes de humo que escapaban por sus labios distinguíamos sus ojos pequeños, perfilados en negro y enmarcados como un cuadro. Con su boca fina sujetaba el cigarrillo a medio fumar y después lo agarraba con los dedos, terminados en uñas largas cubiertas de una capa de esmalte Bloomsbury Pink, para exhalar un suspiro denso y gris que se difuminaba por la habitación. Su cuello largo, cuajado de pecas, estaba rodeado por una cadena de pequeñas hebillas plateadas. Daba la impresión de que alguien había querido pasearla por la calle igual que a un perro y no había encontrado nada a lo que enganchar la correa. Aparte de ese collar nunca llevaba puestas más joyas: no se agujereaba las orejas con pendientes de perlas blancas, como el resto de mujeres de su edad. En cambio tenía siempre la boca cubierta de carmín rojo, un rojo agresivo que nos hacía mirar sus labios y dejar de prestar atención a todo lo demás durante un instante.

Se ponía siempre la misma chaqueta vaquera, dos tallas más grandes que su cuerpo, y unos desgastados zapatos de tacón negro. A veces nos preguntábamos si no le dolerían los pies al caminar, si no llegaría tarde a casa todas las noches, se quitaría los zapatos antes de entrar a la sala de estar y los dejaría cuidadosamente en un rincón, se sentaría sobre la butaca orejera de color crema y se frotaría las plantas de los pies con sus dedos largos y cansados. A veces nos preguntábamos si tendría un hombre en casa que hiciera eso por ella, un hombre que no fuera su marido muerto en un incendio.

Tenía las piernas delgadas y nunca usaba sujetador. Mientras le mirábamos los pechos apretados en esas camisetas de tirantes finos ella se quitaba el cigarrillo de la boca y, tras expulsar de los pulmones un halo oscuro, nos miraba a los ojos para gritar concentraos, panda de mentecatos, ¡prestad atención de una puta vez! Entonces todos dejábamos de fijarnos en sus pezones fríos contra la tela de algodón y mirábamos el lienzo que teníamos delante.

 Siempre ponía música clásica en el radiocasete mientras empuñábamos los pinceles porque decía que aumentaba la capacidad de concentración, pero entre trazo y trazo se nos escapaba la mirada a su culo firme y no podíamos evitar dibujar una curva de más. Los colores siempre eran cálidos en nuestros cuadros. Los jarrones del bodegón siempre aparecían representados más redondeados de lo que eran. A ver quién se atrevía después a enseñarle el resultado a la señora Pepper sin sonrojarse o apartar la mirada. Veíamos claramente el rincón donde habíamos encerrado su cuerpo, veíamos sus tetas y sus caderas entre flores y frutas y no creíamos posible que ella no se viera retratada en ninguna de las manchas de colores. Era violento y abandonábamos la sala deprisa sin decir una palabra, muriéndonos de ganas de irnos y también de volver.

A veces nos la imaginábamos en un bar y fantaseábamos con invitarla a una copa. Alguien apuntó una vez (y muy acertadamente, si estamos siendo honestos) que ella ya tendría un whisky en la mano para cuando consiguiéramos encontrarla. Quizá llevaría el pelo suelto por una vez, el maquillaje corrido de llorar, o se habría quitado la chaqueta del calor humano del bar. Pero seguiría llevando los mismos zapatos, y seguiría arrastrando los pies entre los caballetes de madera, demasiado cansada para contonearse, y seguiría soltando tacos por esa maravillosa boca que todos deseábamos poseer.

 La echábamos de menos de jueves a martes porque los miércoles nos apiñábamos en la puerta del centro, resguardados de la lluvia por el alero del tejado, hasta que llegaba con su paraguas azul marinero y hacía tintinear las llaves para abrirse paso. La echábamos de menos los días que no desfilaba entre nosotros porque las noches las pasábamos con ella, cada uno en su casa y su catre, todos separados y todos soñando con su cuerpo. Y cuando dejó de liderar los bodegones y los lienzos empezamos a imaginarla detrás de cada par de zapatos de tacón, detrás de cada vaso de whisky, detrás de cada cortina de humo y de cada cigarrillo.



.

jueves, 13 de marzo de 2014

Alas de hueso

Huesos era pálida como una criatura de nieve y se le notaba hasta el alma a través de la piel. Sus ojos estaban llenos del agua que observaba mediante el catalejo de su abuelo, aquella masa azul, verde o gris —dependía del ánimo del sol— un puñado de kilómetros más allá de su cristalera en forma de media luna. Huesos había crecido entre diccionarios de italiano, vinilos franceses y poemarios en inglés, y su espíritu se forjó poco a poco con cada gota de té vertida por la tetera venida del viejo mundo, con cada brote de verde vida en las macetas de cerámica, con cada letra engullida de las novelas policíacas de tía B. 

 Huesos era una chica de carácter tranquilo y a nadie se le ocurrió pensar (ni siquiera a la cobra negra que le hacía compañía con el buen tiempo) que un día atravesaría la puerta de casa, cruzaría el jardín delantero de su parcela y echaría a volar al final de la calle. Toda una vida confinada a la torre de hormigón de un barrio de clase media y un día ¡boom!, nació un pájaro. 

 Huesos pudo volar por el aire dormido en sus pulmones, por las nubes de su cabeza y por la fuerza del mar (verde, aquel día). Huesos pudo volar y no volvió, y sólo dejó un apartamento vacío, un vestido blanco y una cobra negra llorando en la cocina.






Perdón por la ausencia.
La felicidad a veces
te deja sin tiempo.

(pero he vuelto)

domingo, 1 de diciembre de 2013

Iron

Hoy me he acordado de vosotros, papá. Estaba tumbada en la cama y escuchaba una canción triste que a veces me hace llorar. Un coche ha pasado por la calle y, aunque no he oído el motor -la música estaba demsiado alta- la luz de los faros se ha infiltrado en mi habitación haciendo del techo una pantalla abstracta. Me he acordado de las noches en casa de la abuela, durmiendo en una cama contigua a mi hermana, bajo el edredón rojo y con la infancia todavía pegada a los talones. La luz de las farolas y de los vehículos que dejaban atrás la casa creaban reflejos anaranjados en toda la habitación y a mí me gustaba verlos antes de caer dormida, así que, aunque la abuela cerrara la ventana cuando venía a darnos un beso de buenas noches, yo la abría un poquito. Siempre he necesitado luz, ya lo sabes. Eras tú quien pagaba las facturas de la electricidad y era culpa mía que la lámpara del pasillo del piso superior estuviera siempre encendida. Eso cuando no tenía pesadillas y dormía con la luz de mi habitación encendida, claro. Mamá se volvía loca con eso. Llegó a quitarme la bombilla en un intento desesperado por enseñarme a dormir a oscuras. No recuerdo si me daban miedo los monstruos o la oscuridad en la que se escondían. Ahora los monstruos no están debajo de la cama sino debajo de mis costillas. A veces me siento tan vacía que creo que voy a explotar. A veces echo de menos los reflejos anaranjados en el techo de mi cuarto. 

 He quitado la canción y he puesto otra, porque hay algunas que me recuerdan demasiado a vosotros. Pero el dolor era el mismo. El vacío era el mismo. Y, bueno, estoy buscando la forma de protegerme de eso, como un herrero que construye su propia armadura para la batalla. Voy -y siempre iré- con las manos desnudas, pero ya lo dijo alguien una vez; mejor un escudo con el que vivir que un arma con la que matar.

lunes, 18 de noviembre de 2013

El tren.

Las botellas de la mesa de café tintinearon cuando pasó el tren. Durante unos seguidos traqueteó toda la casa, como si la recorriera un escalofrío de arriba abajo. La planta de la estantería junto a la ventana tembló un poco y se quedó inmóvil pasados unos minutos. Después de la visita relámpago de la locomotora y sus vagones la habitación quedó en silencio. Amanecía, y el sol se coló entre las rendijas de la persiana y el humo del cigarrillo a medio apagar. Las últimas lágrimas de whisky cometían suicidio contra el parquet, una a una, en una extraña procesión húmeda.
Unos ojos oscuros escuchaban una respiración ajena. La espalda encorvada por el cansancio sobre la silla de madera, las ojeras bajo las pestañas claras y la piel pálida. Y la mirada fija en el corazón que latía en el sofá, con el invierno aplastándole las costillas. El frío en la piel.
Se agitó en sueños y gritó, inquieta, revolviendo las mantas. Los ojos oscuros y su cuerpo largo y delgado se levantaron de la silla como un resorte para avanzar, para proteger, pero se detuvieron antes de dar un paso. Los gritos duraron unos segundos más; después se transformaron en una cascada de sollozos.
Despertó de pronto y abrió los ojos claros. Enfocó la vista mirando a su alrededor y por un segundo fue en dirección a… no, se llevó los dedos al rostro y se quitó las lágrimas de encima con abatimiento. El frío invernal le pesaba en la espalda y se levantó por inercia.
Ojos Oscuros estaba aún allí, de pie, observando lo inevitable. Se fijó en sus rodillas huesudas y el jersey blanco irlandés, y el pelo castaño en torrentes sobre los hombros. Algo se le encogió muy, muy dentro, y quiso llorar y reír al mismo tiempo.
Ojos Claros sorteó la mesa de café y cruzó la habitación. Les separaban menos de diez centímetros y se detuvo de repente. Cerró los ojos. A Ojos Oscuros se le habría parado el corazón si hubiese tenido, y la miró buscando una señal. Caterina. Caterina. Caterina.
Pero algo maulló y Ojos Claros volvió a ver. Ojos Oscuros no necesitó bajar la mirada para saber que el gatito que había traído a casa de Caterina unos días antes acababa de enredarse en sus piernas desnudas. Entonces el aliento la abandonó de golpe y hubo negro contra azul porque Ojos Claros dio un paso más y atravesó a Ojos Oscuros de lleno.
Caterina, quiso llamarla. Caterina.
Caterina salió de la habitación y cruzó el pasillo, perdiéndose de vista. El gatito la siguió con sus pasos pequeñitos y las orejas negras bien erguidas.
Ojos Oscuros se llevó las manos al pecho, a las caderas, a los lugares por los que ella había pasado y, sin embargo, ni siquiera había rozado.
Y llegó el día.

Y se rompió en mil pedazos.

jueves, 7 de noviembre de 2013

"y volver a Italia en primavera"

El olor de los cerezos altos envuelve los alrededores del puente de piedra. Unas ruedas lejanas traquetean en raíles largos y oscuros como tendones de carbón, pero el humo gris no llega hasta aquí. Anochece en el prado y el sol se marcha con una sonrisa anaranjada. La locomotora se aleja riendo.
Limpiar el polvo de la maleta y dejar las lágrimas encerradas en casa. Ponte el vestido blanco, borra la llave del mapa, entierra as manos en los pétalos claros de las flores del camino.  Las luces brillan a lo lejos, una suerte de reflejo al final del túnel; una recompensa después de muchos otoños contando las hojas muertas caer desde la ventana.

Amar una tierra tanto como para abandonar el corazón allí.
Y dejar la vida en el puente de piedra.

Y volver a Italia en primavera.

domingo, 27 de octubre de 2013

Dèlire I

El olor a fruta dulce y pan recién hecho envolvía toda la casa. Sonaba un romance que nunca nadie supo cantar excepto mamá, con aquella voz que parecía la de una nereida. Quiéreme, amor, porque las olas se acercan y mi corazón no aguantará sin ti, decía la canción. Oía los pájaros a través de la ventana.
Erias entró corriendo a la sala de estar y se echó a mis brazos.
—Backè —dijo mientras me miraba a los ojos. Le brillaban como guijarros celestes—, te quiero mucho. Te quedarás conmigo, ¿a que sí?
Todavía llevaba el uniforme. Los pantalones anchos y oscuros, llenos de bolsillos, las botas de suela gruesa. Y una camisa ligera de algodón que me dejaba a la vista los brazos llenos de heridas y cicatrices. Todavía tenía el pelo enredado y sucio, de un extraño color grisáceo por la ceniza, el humo y el dolor. Todavía tenía el cansancio en el cuerpo y ojeras amoratadas.
Pero esos ojos, esas manos alrededor de mi cuello y ese peso en mi regazo consiguieron sacarme la sonrisa más grande que había esbozado en mucho tiempo. Quiéreme, amor, porque las olas se acercan…
—Siempre, pequeño —susurré, y Erias se ancló a mi pecho—. Siempre.
De pronto mamá dejó de cantar. El romance se detuvo de forma brusca, como si alguien hubiera levantado la aguja de un vinilo. No se oía ningún pájaro.
—¿Mamá?
Un temblor repentino recorrió las entrañas de la tierra y ascendió por mi columna vertebral, sacudiéndome hasta el alma. Nadie me respondió. Sólo el golpeteo de un tambor inmenso que no podía ver ni tocar.
Alerta, sostuve con firmeza a Erias, que se había quedado dormido, y me puse en pie. Todo se había petrificado. Noté entonces que disminuía el peso que llevaba encima y se deslizaba por mis piernas. Miré hacia abajo… y mi garganta se quedó muda mientras gritaba de terror.
Algo compuesto de carne podrida y cenizas frías había sustituido a mi hermano. Mis manos delgadas habían apretado con demasiada fuerza aquello que se me resbalaba de entre los dedos, rozando mi piel y provocándome escalofríos. Tenía la forma de Erias, tenía sus espantosos ojos azules y su cabello rubio, pero aquella sonrisa sin dientes no era suya, aquella piel negra no era la suya… y el cadáver cayendo despedazado como la lluvia al suelo de piedra, una suerte de lepra infernal, una pesadilla que desintegró el único corazón que me había esperado durante la guerra… no era él.
Lo solté tan rápido como si fuera una bomba y cayó al suelo mientras me apartaba, con el corazón a mil, mirándome las manos en busca de algo que indicara que iba a disolverme en el aire también. Entonces el temblor tronó de nuevo como el rugido de una bestia, y un instante antes de la explosión supe que iba a morir.
Vi los muros abalanzarse hacia mí, titanes de piedra que reclamaban mi vida con cada milímetro de su ser. Caí de espaldas sobre la muerte de Erias y quise chillar, porque me habían puesto un arma entre las manos, me habían enseñado a disparar el gatillo, me habían mandado a parajes desiertos a combatir a soldados tan jóvenes como yo y habían visto cómo pasaba de niña a mujer entre cadáveres, muertos que hablaban y pesadillas que me acechaban por las noches, pero nunca, nunca, me habían preparado para aquello.
Y quedé atrapada en los cimientos de una casa en ruinas, de un hogar destrozado por una ola de fuego, por una explosión que terminó con sus vidas y mi corazón al mismo tiempo. Quiéreme, amor, porque las olas se acercan…

Con la tos en los labios y los pulmones en la garganta recordé que le había prometido mi presencia a alguien que ni siquiera me llegaba por la cintura cuando estaba vivo. Y los latidos perdidos resonaron en mi cabeza. Y rompí a llorar.

miércoles, 16 de octubre de 2013

mejor que sentir arder la carne

vomito hasta que no me quedan entrañas entre las costillas. algo de sangre en el esternón, músculos escondidos tras las caderas. la muerte en todos los poros de la piel.

cuando era pequeña vivía en un barco encallado en medio de un valle. al anochecer las estrellas eran las únicas que iluminaban las cubiertas desgastadas de madera, los mástiles partidos por el viento, la proa pintada de verde esmeralda. y unas manos conocidas sostenían las mías bajo la luz de una única vela llameante.
el mundo era mío, ¿sabes? no poseía nada, pero tenía suelo que pisar y pies con los que hacerlo, y manos con las que tomar a mi guía y ojos para ver el camino en la oscuridad. y el mundo era mío porque tenerlo todo cuando no tienes nada es aceptar que tu realidad es tan estable como la pluma de una gaviota en la cima de un faro en la costa.

que nunca te dije que me vibraba el corazón cuando tenía una Harley entre las piernas porque el despecho y la rabia dieron paso al orgullo y el egoísmo, y ya compartí demasiadas cosas como para cederte eso, regalarte mi motor vital de forma desinteresada, sin obtener algo a cambio. no, cariño, las cosas no funcionan así. regalarte aliento está bien si el calor nocturno es recíproco.

eres muerte, hambre, enfermedad y sed, eres la arena que caló hondo en el esqueleto de mi navío y la ancló a ese valle, entre las montañas, a caballo entre la nostalgia y la desesperación. allí nunca sale el sol porque es territorio de nadie, y ni siquiera la luna se atreve a aparecer. las estrellas no son valientes; son estelas de cosas que fueron y ya no son. cosas que ya no están.

esconder cosas tras la niebla está bien a corto plazo, pero una vez recibido el primer golpe no fallaré otra vez. no caeré de nuevo en la trampa.

puedo sobrevivir sin esas manos amables bajo la luz del fuego. mejor eso que sentir arder la carne… ¿no?

jueves, 10 de octubre de 2013

"despierta, pequeña, hemos llegado a París"

en la noche rugió el motor. los ojos felinos alumbraban la carretera y las estrellas los seguían de cerca, llorando de pena por la ausencia de la luna. el Chevrolet era del color del mar pero tenía los sillones de cuero desgastados, como si pertenecieran a alguien que nunca había podido permitirse ir a la playa.
la ventana estaba abierta para que el humo no ahogara los pulmones. escapaba de los labios gruesos mientras unos helados dedos sujetaban el cigarrillo encendido, junto a un suspiro, junto al canto del viento que entraba en el coche. la radio sonaba bajito porque no quería despertar a Luce.
el conductor. fumador, joven, caucásico. rostro sereno y ojos negros. preocupados.
el copiloto. trenzas doradas, profundamente dormida. seis años y medio.
Luce decía que el Chevrolet era del color del mar porque le recordaba al azul de mamá. y por eso buscaron sus ojos por todo el mundo, porque bajo tierra no podían hacerlo; y los encontraron en cada vaso de cristal, en cada bandera, en cada reloj de bolsillo. la humedad en las pestañas les endureció el corazón.
luces de ciudad. "despierta, pequeña, hemos llegado a París". 
entre bostezo y bostezo de Luce, él apagó el cigarrillo ahorcándolo contra el volante. las llaves tintinearon en el contacto.
qué bonita es la vida cuando lo único que te ata a la tierra es un paquete de tabaco. y una niña rubia. y un Chevrolet del color del mar.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Bereth IV

El rugido del teléfono quebró la noche en dos. La escasa luz de la luna se filtraba por la ventana del apartamento y la habitación, casi a oscuras, permanecía en calma. Los muebles minimalistas, los CDs de música desordenados y las prendas de ropa desperdigadas por el suelo. La cama albergaba las únicas criaturas vivas en aquel lugar; el leve aleteo de la cubierta de forro polar, igual que la palpitación de un corazón blanco y suave, era testigo de las respiraciones que medían el tiempo, tranquilas, cerca de las cinco de la mañana.
Hasta que sonó el teléfono.
Una mano salió tambaleante de entre las sábanas y palpó a ciegas los elementos de la mesita de noche. Tropezó con la pequeña lámpara, un par de libros, un sujetador, un reloj con orejas… El teléfono sonaba con insistencia. Un frasco de pintaúñas cometió suicidio y chocó contra el suelo. Por suerte es de los malos, pensó Bereth. Ni siquiera se ha roto.
—Es la última vez que usas el esmalte aquí —gruñó, y Colette gimió medio en sueños como respuesta.
Finalmente alcanzó el teléfono y logró descolgarlo. Se incorporó mientras se lo llevaba a la oreja.
—Diga.
Bereth escuchó una voz masculina que le hablaba con suavidad a través del auricular mientras observaba a Colette darse la vuelta, cubriéndose la cabeza con el forro polar. Posó una mano encima del bulto que debía ser uno de sus hombros y acarició distraídamente a su compañera a través de la tela suave y espesa. Entonces se le congeló la sangre y el movimiento de la mano murió de forma repentina.
Colette se dio cuenta de que algo no iba bien y se giró de nuevo hacia Bereth, que miraba al vacío.
—Gracias por avisar —dijo ésta tras una larga pausa. Cortaron la llamada.
—¿Qué ocurre?
Beep. Beep. Beep.
—Bereth —Colette se incorporó, preocupada, y la tomó de la mano—. Bereth, ¿qué pasa?
Cuando Bereth era pequeña tenía una mejor amiga llamada Stephanie, quien poseía un enorme perro de color pardo. El perro no obtuvo buena educación y con el tiempo se volvió posesivo con sus dueños, agresivo y rabioso con todo aquel que se acercara a su casa o a las personas que lo cuidaban. Stephanie intentó que su perro permitiera la entrada a casa a Bereth, pero fue en vano. Después de un millar de ladridos de advertencia y unos cuantos mordiscos, Bereth empezó a tener miedo del perro de su amiga. Nunca pudo visitar su hogar y, cuando Stephanie lo sacaba a pasear, más le valía mantenerse alejada de ellos. El perro pasó a ser la mayor de sus pesadillas cuando, un día cualquiera, se escapó, y Bereth se lo encontró en la calle. Ella, paralizada, no consiguió defenderse mientras el perro intentaba atravesarle la pierna con los colmillos; por suerte alguien lo atrapó antes de que la niña fuera malherida. Unos años más tarde, algún vecino harto de que la bestia ladrara a cualquier viandante que se acercara medio kilómetro a la redonda de la casa, lo envenenó, y el perro murió desangrado. Bereth, al enterarse, no pudo evitar verse embargada por un alivio mordaz y culpable. Le dolía ver a Stephanie llorar por su amigo de la infancia, pero se alegraba, a solas y en silencio, de que aquel animal no pudiera volver a atacarla.
Esa sensación fue la que le recorrió el cuerpo al colgar de nuevo el teléfono.
—Era la policía —consiguió susurrar—. Mi madre ha muerto.

jueves, 26 de septiembre de 2013

la petite mort

El agua está tan caliente que la piel me arde al introducirme en la bañera. El fuego líquido me pone la piel de gallina al entrar en contacto con los muslos y las caderas y para cuando consigo estar cubierta hasta el cuello, tiemblo como una hoja.
No es invierno. No es verano, ni otoño ni primavera; no es ninguna estación, porque el tiempo se ha congelado dentro y los relojes ya no funcionan. El cuco no cantará. El tic-tac ha muerto. La arena que discurre por el diábolo de cristal se queda petrificada en un instante, click, antes lloraba entre las paredes transparentes, click, ya no se mueve más, click, algo está roto y por eso Padre Tiempo empieza a desligarse de Madre Naturaleza.
¿Quieres venir conmigo?
El veneno estaba en el café de los domingos, en el té de las madrugadas y en las pastas de las cinco de la tarde. Gramo a gramo, en vena, en la lengua o a través de la mirada; qué más da, tan sólo dame, dame más, no te detengas ahora porque el dolor sería inigualable. Ah. Qué capacidad de adivinación. Maravillosa bola de cristal mental, ¿no crees? Falacias. Dolor. No sabes lo que es el dolor.
Acompáñame.
Un poco más cerca, vamos, aproxímate, que el borde del precipicio no se divisa aún. No tengas miedo. ¿Temes a los ángeles? ¿Temes a las sonrisas de sangre? No me digas que le temes al fuego. Ven, caliéntate las manos, caliéntate el corazón, te caliento lo que quieras.
Y en la cueva se detiene el tiempo de nuevo, dientes fríos, alas templadas y victoria conseguida por el mamífero del escalón inferior en la cadena alimenticia.
No mires.
Y no verás la hoja, el brillo muerto, el metal podrido y la sonrisa dentada, porque el puñal está escondido y enterrado, pero el cadáver yace ante mí y, pegado a mi retina, se repite como un número decimal periódico, mire adonde mire, allí estará. La mueca. La burla. La guadaña en las entrañas y los pies rotos de correr a ninguna parte.
¿Estás sola?
Já. Si me hubieras preguntado eso hace nueve siglos, cariño…
Me voy. No me esperes despierta viva.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

Lotte

El ambiente era húmedo y frío en las calles de la ciudad. El cielo negro descargaba lágrimas heladas sobre los pocos viandantes que se atrevían, armados con paraguas, botas de agua y chubasqueros, a salir de sus madrigueras. 
En el interior del bar, sin embargo, había una temperatura agradable. Las luces anaranjadas creaban una sensación acogedora de calidez, bañando la barra, las mesas y todas las personas que se hallaban allí. Sonaba Elvis Presley de fondo, pero nadie le prestaba demasiada atención. Había una mesa en la esquina más oscura de la sala, allá al fondo, junto al cuadro de Chuck Berry, ocupada por dos chicas. Ambas hablaban en susurros, intercalando risas incontenidas con palabras al oído.
La primera tenía la piel tostada, unos grandes ojos color café y una preciosa melena castaña que le caía en cascada por la espalda. Miraba seria a su compañera mientras ésta hablaba, y cuando sus labios se curvaban en una sonrisa, los ocultaba tras vaso de whisky.
La otra tenía el cabello rubio y muy corto, casi a lo chico, peinado hacia atrás en un tupé informal. Tener el rostro descubierto le realzaba los rasgos finos, blanquecinos como el marfil, y los grandes ojos grises. Ella era mucho más risueña, y no dejaba de sonreír mientras bromeaba con su amiga.
Habían llegado allí hacía unas dos horas y llevaban ya un par de copas cada una, aunque a la rubia le había afectado un poco más el alcohol. Aún así, ambas se lo estaban pasando en grande, montando su pequeña fiesta privada sin molestar al resto de clientes, que iban a lo suyo sin prestarles demasiada atención. Cuando compartieron un corto e intenso beso en los labios, nadie fue testigo excepto una sombra oscura en la otra punta del local, sentada en la barra y mirando con disimulo.
La rubia anunció que iba al baño y su compañera se quedó sola, así que comenzó a pasear la vista por la habitación hasta que se topó con unos ojos que la observaban. Frunció levemente el ceño; la iluminación le impedía ver bien a aquella persona misteriosa. Y justo cuando reconoció esos iris de ébano líquido, la rubia volvió de su viaje al servicio y la distrajo de nuevo. La sombra apartó la vista y hundió la mirada en su propio vaso de alcohol.

—Mierda, está lloviendo a mares.
La morena contempló la calle por la ventana y se le encogió el corazón cuando una idea brotó en su cabeza de pronto, como accionada por un mecanismo ajeno a ella.
—¿Podrías ir tú a por el coche? Creo que me estoy resfriando.
La rubia torció el morro pero le dedicó una sonrisa antes de salir.
—Sal cuando toque el claxon.
Desapareció a través de la cascada plateada que regaba el mundo tras los muros del local, y la puerta de madera se cerró sola con un chasquido. La orquesta de sonidos propios de un bar restaurante a aquellas horas inundó los oídos de la morena, que se quedó quieta, petrificada de miedo por si el corazón se le salía del pecho. El tintineo de los cubiertos, el ruido de las copas y los vasos contra las mesas de madera, el arrastrar de las sillas, las conversaciones, las risas, el masticar, la música de fondo. Todo formaba una complicada trama que envolvía el lugar, y a pesar de ello la muchacha era capaz de escuchar su respiración agitada.
Se obligó a calmarse, y cuando el pulso disminuyó de intensidad, dio media vuelta y se acercó a la barra con pasos cautos. La sombra espía de antes cobró forma; una joven que no llegaba a los veinticinco, con una espesa cascada de rizos negros como la boca del lobo y brillantes como las estrellas. La chica supo que estaba siendo observada y se quedó quieta, esperando de espaldas. Entonces la morena reunió todo el valor acumulado con sudor y lágrimas durante meses enteros, alzó ligeramente la barbilla y dijo:
—Hola, Ceniva.
Aguantó la respiración mientras la muchacha —Ceniva— se daba la vuelta en su asiento. Y en ese momento sus ojos oscuros, como dos pedazos de carbón ardientes sobre una máscara de mármol, se clavaron en la morena.
Recordó una tarde que había pasado en casa con su madre cuando era pequeña, viendo documentales en la televisión. En uno de ellos hablaban sobre el agua y, durante un par de minutos, emitían la destrucción de un dique colosal que almacenaba ingentes cantidades de líquido. Rememoró los muros de piedra quebrándose, resquebrajándose por la presión, y cediendo finalmente ante la potencia de aquel inmenso cañón húmedo, que arrastró las ruinas del dique muy lejos de allí.
Esa enorme explosión y desprendimiento sintió la morena en su interior cuando le miró aquella a la que miraba. Algo muy dentro de ella se partió en dos, clac, como un hueso roto, como el desgarro de un músculo que bombeaba sangre, y todo por tan sólo un par de iris de tinta china. Pero no era eso, no era tinta pura, sino que estaba mezclada con odio, con miedo, con cansancio, con burla, con algo que hizo que a la morena se le erizara el vello de la piel. Porque aquello le rompía los esquemas: esa mirada intensa, esa chica culpable de la mirada intensa, el simple hecho de haber ido a aquel local esa noche, esa precisa noche, cuando dos líneas perpendiculares que ya se habían cruzado y alejado la una de la otra pudieron, por la obra de un milagro, encontrarse de nuevo. Sintió ganas de reír y de llorar y su cuerpo quiso desplomarse en el suelo recién fregado, y sus rodillas flaquearon mientras le temblaban las manos y luchaba por no hiperventilar.
—Hola, Lotte.
La voz suave se deslizó como un aleteo entre los labios pálidos, y después se atrevió a dibujar una sonrisa. Si había algún muro infranqueable todavía en pie dentro de Charlotte, en aquel momento quedó reducido a cenizas.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Seis años —indicó Ceniva—. Estás igual.
—¿Cuándo has vuelto?
Hubo una pausa.
—¿Qué hora es?
Lotte miró su reloj de pulsera.
—Las once menos veinte.
—Entonces llevo en la ciudad exactamente una hora y diez minutos.
—No esperaba encontrarte aquí —dijo la morena, porque la alternativa no era viable. Porque era eso o confesar. Confesarlo todo. Te he buscado en cada calle, en cada avenida, quiso decirle. Te he buscado a solas durante tantos días que me he  aprendido cada nombre del mapa de la ciudad. He soñado contigo tantas veces que en alguna ocasión incluso llegué a despertarme pensando que estarías ahí, tocando la guitarra por el puro placer de despertarme. Me ha costado años que mis manos dejen de buscarte en la cama, que olvidaran el recorrido de tu columna, la curva de tus caderas. He llorado mil noches mientras dormía porque soñaba que te perdía, y lloraba todavía más al despertar cuando me daba cuenta de que no era sólo una pesadilla. He intentado arrancarme las entrañas para sacarte de ahí, porque conseguiste entrar en cada célula, en cada átomo, y ahora formas parte de mi cuerpo tanto que borrar tu rastro sería como autopracticarme una lobotomía. Quiso decirle todo eso, pero tan sólo fue capaz de aquella mísera frase. Como si vivieran a dos manzanas de distancia. Como si encontrarse fuera una casualidad agradable que ocurriera de vez en cuando.
—¿Sales con esa chica? —preguntó Ceniva tras un silencio.
Lotte no quiso tener que contestar.
—Sí —contestó.
—¿Es buena en la cama?
—Es mejor que tú —mintió Lotte.
—Bien —mintió Ceniva.
Y sonó el claxon. Dos veces seguidas. Primero una, beeep. Y luego otra, más larga. Beeeeeep.
—Ha sido… un placer volver a verte —consiguió decir Charlotte—. Tengo que marcharme.
—Hasta la vista, Lotte.
Ceniva la miró con aquellos ojos en silencio. Pasaron diez segundos. Uno. Dos. Tres. Cuatrocincoseissieteochonuevediez. Todo se aceleró de pronto y Lotte había avanzado hacia delante y no sabía cómo. Y todo se ralentizó de nuevo. Miró aquellos ojos. Volvió a armarse de valor, se quedó ciega y se inclinó para besarla. Apenas un roce, como una mariposa. Volveré, decían sus alas.
La morena salió a la calle y el universo en lluvia se le cayó encima. Mientras se montaba en el coche notó que se sentía ligera, una suerte de pluma. Se llevó una mano al pecho y descubrió el vacío en la caja torácica. Dentro del local, con el corazón de Lotte en un puño, Ceniva vivió por primera vez en seis años.







PD: hoy es mi cumpleaños.


martes, 10 de septiembre de 2013

winter

echo de menos el invierno.
echo de menos construir un nido entre mantas y palabras y sentir el calor que rezuma mi propia sonrisa. las noches en vela, las letras de canciones susurradas, los labios y las manos vibrantes. echo de menos el chisporroteo que desprenden a veces los ojos al mirar, las risas ahogadas y las carcajadas que resuenan en el pecho. el rincón en el que rebosaban las imágenes bellas, las fantasías, todos los dulces sueños que tuve y quise tener. sentir el calor en la espalda y en las manos. y una explosión en el estómago con cada parpadeo.
echo de menos el invierno y el color rojo.
los echo de menos porque el rojo es calor, alegría, fuerza, pero también es sangre, dolor, intensidad. igual que el invierno. son distintos, pero completamente iguales; son las dos caras de una misma moneda. las dos caras de las nubes de tormenta y los guantes de lana.
sobrevivir al invierno implica torturarse con esos recuerdos que —dices— deberías borrar de tu memoria para no sufrir, pero que en realidad jamás te atreverías a olvidar. implica esa sensación de nostalgia, de extraña soledad, como si después de pasar toda tu vida en una habitación desapareciera uno de los muebles. el vago convencimiento de que volverá y la firme certeza de que es imposible. y los billetes de tren acumulados en cajas brillantes.
echo de menos el invierno, porque ahora vivo un invierno, pero necesito el. y nunca volverá, y lo sé, y por eso no puedo evitar alzar la vista en aquel pasillo, y contemplar el color rojo allá donde lo veo —el vestido italiano que compré en Florencia, la portada del libro que no llegué a leer nunca, la carátula del CD que ya no me atrevo a escuchar—, y sentir todas las ruinas y el olvido fluir por ellas.
y el dolor no se va.

y echo de menos el invierno.

jueves, 29 de agosto de 2013

Epístola ♥

Hola, papá.

Ha pasado un año desde que te fuiste. Ha sido —y lo digo con total sinceridad— el año más intenso que he vivido nunca. He llorado muchísimo. He reído, también, pero el dolor siempre eclipsa las pequeñas cosas, ¿no? Eso creo yo.

En doce meses pueden pasar cientos de cosas —y han pasado, ciertamente— pero ha sido un recorrido corto. A veces los recuerdos del verano de 2012 se solapan con los de 2013 y me confundo, porque me parece casi imposible haber pasado 365 días sin ti y haber sobrevivido a ello. ¿Me ves? Estoy bien, estoy sana, no tengo grandes problemas, y voy saltando como puedo lo que se me pone por delante. He intentado ser fuerte; las tres lo hemos hecho, y tendrías que vernos, papá, porque lo hemos hecho bastante bien. Mamá… mamá ha sido tan fuerte que no sé cómo lo soporta. No flaquea, está siempre alerta, siempre pendiente de nosotras, siempre al pie del cañón. Y Niñaleón a veces es poco comunicativa, me es difícil saber lo que piensa, creo que no es para mí un libro tan abierto como lo es mamá. Pero cumplió doce años en enero, en apenas tres semanas va a comenzar ya el instituto, y yo cuando la veo sólo puedo pensar en cómo puede caber tanta valentía en un cuerpo tan pequeño. Sigue siendo pequeña. Pero ya es mayor, ya es muy mayor.

El día del entierro le dije a Alba que para mí era una situación surrealista, que no me lo creía, y que cuando pasara una, dos, tres semanas, un mes, dos meses… llegaría un momento en el que la verdad me explotaría en la cara y rompería a llorar. Que, como si fuera un milagro, descubriría que tu ausencia sería infinita. Pero no fue así, y no sé decir qué habría sido peor. Durante los primeros meses me envolvió una sensación extraña, como si mi vida me fuese desconocida, como si me hubiera metido en un lugar al que me estaba prohibido ir. Las veces que tuve que decirlo me quedaba callada unos segundos antes, recapacitando si estaba en un error. Mi padre está muerto. Me parecía una mentira. Me costaba decirlo, no por el dolor, sino por la incredulidad.

No sabes el tiempo que pasé esperándote llegar, papá. Oía el motor del coche al subir por la calle en dirección a casa y siempre, no importaba qué hora fuera, siempre pensaba que eras tú al volver de trabajar. Estaba en el salón y escuchaba el tintineo de las llaves que suena siempre en el porche delantero antes de que alguien abra la puerta de la entrada, y siempre esperaba que fueras tú quien cruzara el umbral y me diera un beso en la mejilla. A veces oía unos pasos en el piso de arriba, y te imaginaba a ti yendo de aquí para allá. Y luego estaban los signos evidentes que contrastaban esa esperanza. Iba al piso superior y veía la puerta de tu cuarto abierta, nunca antes estaba abierta. A la hora de comer los sitios de la mesa se cambiaron; siempre que tú no estabas ocupábamos sillas distintas, y desde entonces cada vez que nos sentábamos a la mesa me daba la sensación de que era un día extraño, especial en cierto modo, porque no estabas allí para presidir en la comida. Los petit-suisse de Nesquik ya no desaparecían a tanta velocidad; el baño nunca estaba ocupado cuando yo quería ducharme; la radio ya no sonaba alta cuando salías al jardín a trabajar en cualquier cosa; tus revistas de motor mensuales se acumulaban en la mesa del salón, todavía sin desenvolver del plástico. El sofá estaba horriblemente vacío, después de acostumbrarme a verte en tu sitio habitual. Ya no te veía sentado a la mesa de la cocina con un vaso de té entre las manos si me despertaba tarde los fines de semana; tu olor empezó a brillar por su ausencia, igual que tu tono socarrón. Nadie venía a buscarme a mi habitación los domingos por la tarde mientras hacía los deberes para traerme la paga semanal, puntual y en silencio; nadie dejaba notas en la cocina con tu letra casi indescifrable. El poco vino que solía aparecer en la mesa a la hora de comer dejó de estar presente, igual que tu ropa azul de ciclismo dejó de pasar por la lavadora y permanecer días en el tendedor junto al resto de las prendas.

Papá, te echo muchísimo de menos. Pienso en ti todos los días, de una forma u otra, y hay veces que me olvido de que te echo de menos, porque pienso en ti con cariño y una sonrisa pintada en la cara. Pero hay otras ocasiones en las que me ahogo porque pienso que no voy a poder verte nunca más, y me gustaría poder dejar de respirar o dejar de llorar o conseguir poner la mente en blanco, pero me llevo las manos a la cabeza y pienso por qué, por qué tú, por qué yo, por qué nosotras. Siempre pensé que tenía suerte, que era muy afortunada de poseer un techo y una familia maravillosa. Pensé que vivía en una burbuja en la que no ocurrían grandes desgracias; que tenía un don para adivinar que nada malo iba a pasarme. Que, de algún modo, todo iba a ir bien. Y esto lo pensaba hasta hace un año y poco más de un mes, papá, porque aunque todos los adolescentes sufren más o menos, por gilipolleces o por motivos mayores, mi vida no se había quebrado tanto nunca como cuando dejaste de estar aquí.

Echo de menos tu risa, tu rostro, tu espalda cuajada de pecas y tus piernas fuertes —que, nunca te lo dije, pero me parecían bonitas. Echo de menos los paseos en coche, en moto, las noches largas de fin de semana en el sofá que pasábamos los dos solos, con las luces apagadas, viendo películas de acción en la tele. Tu poca maña para usar el ordenador, tus anotaciones periódicas sobre el coche en una libreta de hojas sin cuadricular, tu ropa puesta a secar en el tendedor, el cuarto plato y el cuarto par de cubiertos y la cuarta servilleta y su vaso sobre la mesa a la hora de comer y de cenar. Echo de menos despertarte de la siesta y que el sueño te abandonara de golpe y nos asustáramos los dos; echo de menos tus gafas de sol azules, tu acento al hablar en francés, tu voz, tu historia sobre cómo empezaste a odiar las cerezas, tu número de móvil, tus anécdotas de cuando eras más joven. También echo de menos volver a la peña todas las madrugadas en las fiestas del pueblo y encontrarte allí, hablando y riendo con los que habían sido tus amigos desde la infancia —prueba de ello la foto que había en una de las paredes blancas; el grupo de chicos jóvenes, más bien niños, todos alineados y con carita de ángeles, todo en color blanco y negro sucio, color sepia, color de las fotos antiguas—, y que mamá y Niñaleón se hubieran ido, porque eras siempre el guardián, el que siempre estaba allí, esperando, el que terminaba por mandarme a casa antes de acudir él. El hombre con el que siempre podía contar. Echo de menos las tortas de maíz que cocinabas de vez en cuando —no sé si algún día me atreveré a probar otras—, tu firma, tus piropos, tus silbidos, la pose que adoptabas a veces al estar de pie, con los brazos en jarras; tu manera de explicar y repetir los argumentos, despacio y con paciencia; tus besos casuales a mamá, tu pendrive lleno de música, tu cara de sueño, tu radio pequeña que llevabas para salir con la bici, tu broma en el contestador del teléfono móvil de mamá, tus pies, tu perfume de Paco Rabanne, tu presencia en la cocina cuando hacías de chef. Mierda, papá, echo de menos incluso los gritos, todos los enfados, la forma que tenías de hablarnos en plural a mi hermana y a mí cuando sólo una de las dos hacía algo mal, las broncas por dejar el aire acondicionado puesto y las ventanas de la casa abiertas simultáneamente.

Recuerdo el último paseo que dimos en moto hacia el Santuario; la charla que tuvimos allí, lo que tomamos en el mirador. Recuerdo las noches de verano en el sofá cuando veíamos una peli y tú extendías el brazo izquierdo hacia mí y yo te hacía cosquillas muy muy suaves, desde la muñeca hasta el codo, tanto rato que se me dormían los dedos y tenía que parar. Recuerdo tu sorpresa al descubrir que te gustó Tiana y el Sapo cuando la vimos en el cine con mi hermana, y tu tono incrédulo al contárselo a mamá durante la cena. Recuerdo tus historias sobre los años en que fuiste karateka. Recuerdo todas las vacaciones que vivimos juntos. Recuerdo que me venías a buscar del instituto todos los días, siempre puntual a las dos y media, y un día que estabas de buen humor pusiste el CD de música que yo había grabado y sonó una canción en japonés, y aunque tú odiabas mis canciones en chino, japonés, coreano y sucedáneos, subiste el volumen hasta que me quedé sorda y grité de felicidad, con una sonrisa en la boca, mientras tú sonreías también. Recuerdo las llamadas al hospital mientras mi hermana y yo estábamos en Panticosa. Recuerdo estar en agosto en casa de Valeria cenando con ella y Sonia para el cumpleaños de ésta, y su padre me preguntó cómo estabas, y yo le conté la verdad, lo que me habían dicho; que estabas mejorando. Recuerdo la máscara de tensión y dureza que porté los primeros meses en mi nuevo instituto, y todos los trayectos de autobús a oscuras por la mañana, llorando con la cara en silencio en dirección a la ventana y escuchando música suave para contener las ganas de gritar. Recuerdo cuando era muy pequeña y pregunté si podía ver la cinta de los Aristogatos y tú contestaste que podía hacerlo si pronunciaba bien el título, y después de varios intentos terminaste dándolo por bueno con una sonrisa. Recuerdo el vacío que se me quedó dentro y que casi me hizo vomitar las entrañas en Navidad.

A veces pienso en todo lo que he perdido y algo se me rompe en lo más profundo de mi cuerpo. Nunca voy a olvidar que prometí regalarte un Lamborguini de verdad cuando te hice ese dibujo del coche. Es horrible no poder cumplir esa promesa, ¿sabes? Te lo hubiera comprado aunque hubiera tenido que vender la casa. Te lo habría regalado, papá. Y no sabes las veces que deseé saber hacer magia para curarte el dolor de las muñecas. Es algo que nunca le he dicho a nadie, pero de verdad me acosté muchas noches pidiendo, por favor, quiero curar, quiero poder curarle, no quiero que sienta más dolor, quiero que vuelva a ser tan fuerte como antes. También te hubiese convertido en oso pardo una temporada, como siempre decías que te habría gustado, para comer sin reparo durante seis meses y dormir los otros seis. Hubiese ido a buscar a Angelina Jolie a Estados Unidos sólo para que la conocieras. Habría hecho cualquier cosa por ti, papá.

Odio imaginar todas las cosas que tenías aún por compartir, todas las cosas que no te dio tiempo a decir, todos los consejos que podrías haberme dado. Y odio darme cuenta de que todas las cosas importantes que he vivido en este último año, y todas las que viviré a partir de ahora, no podrás presenciarlas. No estarás en mi graduación, ni estarás en ninguno de mis cumpleaños, ni cuando me mude, ni en mi boda, si es que me caso algún día, ni podré contarte que he conseguido mi primer trabajo, o mi título en la universidad. No podré preguntarte nada que no te haya preguntado, y siempre voy a tener la sensación de que no sé lo suficiente de ti. Me gustaría que estuvieras tan sólo para ponerte ante mí y decir; miradlo, porque nunca conoceréis a alguien como él, porque ha sido el mejor padre, porque es una persona maravillosa, porque deberíais sentiros afortunados de poder tener la oportunidad de verle siquiera. Me gustaría presentarte a personas maravillosas que he conocido, y a otras no tan maravillosas para que les dieras su merecido. Me gustaría contarte todo lo que me ha pasado este año.

Y ya lo sé, ya sé que no, ya no pienso en ti cuando oigo las llaves, ni el coche ni la puerta de la entrada, ni imagino encontrarte cuando entro a la cocina, pero debes saber que te quiero y te necesito a cada instante, que te pido por cada estrella fugaz, por cada vela de cumpleaños, por cada uva de año nuevo, por cada pestaña caída y por cada flor de los deseos. Que cada vez que alguien pregunta: “Si pudieras tener cualquier cosa ahora mismo, ¿qué pedirías?” pienso en ti, y que las tres cosas que me llevaría a una isla desierta serías tú, y que si tuviera un genio de la lámpara como el de Aladdin, mis deseos buscarían la forma de hacerte volver.

No creo en el cielo pero es más fácil para mí pensar que de algún modo puedo hablar contigo. Así que yo hablo de ti, sin parar, a todas horas, en cada ocasión que se me presenta, y alguna gente me mira con lástima, lo siento, dicen, y yo respondo que no, que no me molesta hablar de ti, al contrario, que eres, probablemente, mi tema de conversación favorito, y que aunque llegará el día en que tenga que derrumbarme ante alguien y llorar mil veces lo que ya he llorado por ti, de momento te recuerdo sonriendo en mi cabeza y sonrío también, porque los casi dieciséis años que pasé contigo fueron probablemente los mejores dieciséis años que pudo tener nadie. Y me siento estúpida si hablo en voz baja para decirte cosas, porque sabes que lo mío no es hablar, sino escribir, y por eso te escribo siempre; estás en cada letra, en cada frase y en cada relato, hay alusiones a ti durante párrafos y párrafos. Dicen que los escritores siempre se reflejan a sí mismos en lo que escriben; si yo reflejo algo es a ti, o al menos la parte que conservo de ti en el corazón.

Te echo de menos como el primer día, pero cada vez se me hace un poquito menos duro aceptar que no vas a volver. Es instinto de supervivencia, creo. Pero el amor sigue intacto.


Te quiero, y voy a quererte siempre.

♥


miércoles, 21 de agosto de 2013

moi... Lolita

Se deslizó en silencio hacia él y rozó el cuerpo contra el suyo. Sus manos blancas, delicadas, femeninas, recorrieron su pecho, ascendieron suavemente hacia el cuello y se posaron en la nuca, frágiles como plumas, mientras atrapaba sus labios jadeantes con su boca escarlata. A él se le disparó el pulso y ella empezó a ronronear, un sonido suave y vibrante que subió varios grados la temperatura de la habitación y probablemente del hotel entero. 
Le puso las manos en la cintura y la agarró con fuerza, como si temiera que se escapase. Ella se apretó contra él, juguetona, separó las piernas y enroscó una de ellas torno a él mientras pintaba de carmín su barbilla, su mandíbula, su cuello. Arrastró las manos hacia abajo, liberando los botones de la camisa por el camino, aquella camisa cara comprada por una esposa rica que probablemente estaba follando con otro hombre en cualquier otro hotel de la ciudad; desabrochada la camisa recorrió sus pectorales con las yemas de los dedos, como un ciego lee en braille, como si descubriera un secreto en cada centímetro de piel. Enterró los labios en su clavícula y aspiró; la envolvió el aroma a hombre y siguió acariciándole lentamente, dejando rastros de fuego y derritiendo carne, piel contra piel, mientras la cascada de rizos dorados le hacía cosquillas. Él temblaba, tenía la respiración agitada, pero estaba petrificado, no podía ni siquiera abrir los ojos, se dejaba hacer, dejaba su cuerpo a entera disposición de ella. Y ella, a cámara lenta, le deslizó la camisa por los brazos, deshizo el camino con los labios de carmín… y cuando era imposible alcanzar un grado mayor de parsimonia, le agarró bruscamente del cinturón y se tumbó sobre la cama, atrayéndolo hacia sí.
Comenzó una batalla de manos y piernas enroscadas, de lenguas ardientes y de pieles sudorosas, de jadeos entre dientes y susurros al oído; él, desnudo, vulnerable, mordiéndose el labio mientras la miraba con lascivia; ella a horcajadas, como una diosa que jugara a ser amazona por un día, le ataba con el cinturón las manos a la cabecera de la cama. Y con el mismo ronroneo y esos ojazos de gata se derramó sobre su boca, le pasó la lengua por los labios, le suspiró el aliento cálido y húmedo, le atrapó la lengua con los dientes mientras él le seguía el juego. 
Entonces mordió, y sintió la sangre correr y le llenó la boca; él gimió de dolor e intentó liberarse, pero el cinturón no se rompió. Siguió apretando los dientes con fuerza, dio un tirón en el que casi oyó el “crac” de su propio cuello, giró la cabeza y escupió a un lado de la cama. Sobre la alfombra de pelo pardo cayó la lengua roja, sanguinolenta, un vulgar trozo de carne, mientras él abría los ojos como platos, la miraba con horror, suéltame, intentó gritar, suéltame; ella sonrió, le puso las manos en las mejillas y le acarició dulcemente en un gesto cauto, casi de forma maternal. Le dio un suave beso en la frente mientras la sangre le salía a borbotones de entre los labios, se le derramaba por la barbilla, por el cuello, y llegaba hasta la cama, empapando la cubierta de color azul. Él trató de gritar, pero antes de que sus cuerdas vocales pudieran recibir la orden del cerebro siquiera, ella le torció el cuello con violencia. Las cervicales crujieron al quebrarse, la médula espinal agonizó y el cerebro murió mientras a él se le desenfocaba la vista. Los ojos azules se quedaron inexpresivos, fríos como el hielo, vacíos. 
Desmontó de su corcel muerto, se calzó las botas negras de tacón, se puso la gabardina de cuero sobre la lencería francesa y bebió un trago de whisky de la botella que había sobre la mesilla para enjuagarse la boca. Después se miró en el espejo del baño, sonrió ante su recién retocado carmín rojizo, comprobó que sus dientes volvían a ser blancos y salió de la habitación.

martes, 13 de agosto de 2013

Desiria

      El sol se puso mientras los campesinos marchaban hacia la plaza. La tarde dio paso a la noche pero no al silencio; los comentarios y los murmullos llenaron las calles hasta que todos se congregaron en derredor al entablado, del que colgaba una horca. La luz solar agonizaba ya cuando un hombre trajeado subió al escenario de madera. Las voces murieron con el día, e instantes más tarde otras tres figuras se reunieron con la recién llegada; dos hombres, casi tan bien vestidos como el primero, y una mujer encapuchada. Cuando el silencio fue tan denso que habría podido cortarse con un cuchillo, uno de los hombres desenmascaró a la mujer, arrojando el saco que la cubría al suelo de madera. El pueblo abrió los ojos con sorpresa ante la revelada identidad de la encadenada.
      No se veía todos los días a una mujer como ella. Llevaba puesto un largo vestido que antaño había sido blanco, pero que ahora estaba raído y sucio, y tenía los bajos de la falda tan estropeados que se veían perfectamente sus botas de cuero, a juego con el corsé que le ceñía la cintura. Su cabello, trenzado en un moño dorado casi deshecho, dejaba al descubierto un rostro blanquecino y de facciones demasiado finas como para pertenecer a la baja alcurnia. Tenía los ojos sombreados de un polvo negro similar al hollín, resaltando una mirada felina de iris color ámbar. Y sus labios, igual de negros, permanecían serenos como su dueña, insensible a la escena que allí acontecía. Los presentes, sin embargo, lucharon contra el impulso de echar a correr ante la presencia de aquella mujer. Contemplaban su rostro fiero y sus manos delicadas, que sostenían como podían las faldas del vestido entre cadenas y grilletes, con unas uñas largas y rojas de sangre.
      El primer hombre que había subido al escenario sacó un pergamino lacrado de entre los pliegues de su chaqueta, y ante la expectación de la multitud, lo desenrolló. Había sido prevista la hora de la ejecución y, ante la falta de sol, una gran hoguera había sido encendida en medio de la plaza. Así pues, ayudándose de las llamas que casi parecían rozar el cielo negro, el hombre se aclaró la garganta y comenzó a leer.

Por la presente el rey Robert,
hijo del anterior rey Bartholomew,
Guardián del Reino de Lacalia,
Protector de la Tierra Nueva
y Señor de Monte Farrell,
declara culpable a Desiria Decay,
hija de Tyler Decay,
de los siguientes delitos cometidos:
engaño a la autoridad,
robo a mano armada,
homicidio involuntario,
resistencia a las fuerzas del orden real,
homicidio voluntario,
y continuación repetida de homicidio voluntario.
Para absolver a la condenada
de  los siguientes pecados,
el gobernador regente del lugar
considera la horca como castigo justo.

      El hombre dio por finalizado el discurso y volvió a enrollar el pergamino, tras lo cual bajó del entablado y se le perdió de vista. Mientras uno de los hombres que sujetaban a la mujer acercaba a ésta a la horca colgante, el otro se aproximó a la palanca que abría la trampilla del escenario. En unos instantes la mujer tuvo la gruesa soga alrededor del cuello, y todo el mundo contuvo el aliento antes de que se produjese la ejecución.
      Entonces Desiria sonrió con sus labios oscuros, revelando unos dientes negros como la boca del lobo, y la plaza fue engullida por una gran explosión.
            Las llamas consumieron pueblo y edificios, y en medio del caos los supervivientes gritaban y corrían, sin saber qué hacer ni adónde ir. El entablado quedó reducido a un amasijo de maderas y cuerda chamuscada, y los dos guardias que conducían a la mujer a su destino fatal murieron cuando dos grandes astillas les atravesaron el cuerpo en la caída. Y en medio de los cadáveres y el fuego no había ni rastro de aquellos ojos felinos, ni su boca negra, ni su vestido blanco.