Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

martes, 19 de agosto de 2014

La guerrera

Olía a galletas y en la cocina quedaba apenas espacio para moverse. Había regalos desenvueltos, envoltorios destrozados y papel de regalo de mil colores desperdigado aquí y allá. De fondo sonaba Patti Smith y se oían carcajadas de niños y la voz de un adulto. Un hombre.
A Sylvia se le cayó una gota de agua con sal en la masa cruda del bizcocho, así que espolvoreó un poco más de azúcar para disimular el sabor. Estaría bueno de todos modos. La receta era de su madre, y nunca fallaba.
El horno se manifestó con un sonoro pitido y una mano rápida lo hizo callar. Al instante una nube de calor se extendió por la cocina y el olor de las galletas inundó toda la casa. Sylvia se enfundó los guantes acolchados y dejó la bandeja ardiente sobre la encimera, a la espera de que se enfriara su contenido. Mientras tatareaba This Is The Girl examinó sus pequeñas obras de arte.   Eran todas perfectas.
Excepto una.

Su base era ocre claro igual que el color del trigo en verano. Tenía forma perfectamente redonda, como si alguien hubiera trazado su silueta con un compás, y estaba hinchada a causa de la levadura. Pero las pepitas de chocolate habían quedado enterradas en el interior, y sobre la superficie sólo quedaba una, situada en el centro como la aureola oscura que corona un pecho.
Era una suerte de burla cósmica, un chiste del destino que se le hincó a Sylvia en las costillas y le quitó la canción de la boca.
Tuvo que apartar esa galleta de su vista. Cuanto antes. Abrió la boca, la metió dentro y apretó con fuerza los dientes para aplastarla sin demora. Masticó hasta tragarla; tenía buen sabor, pero el chocolate le había dejado un regusto a dolor, a miedo, como las migajas que se alojaron entre sus dientes. Llenó un vaso de agua para quitarse esa sensación de encima y rompió a llorar.

Oía a sus hijos y a su marido reír en el salón, cómplices de alguna broma privada. Jugaban ajenos a ella y no sabían que el universo se le estaba echando encima.
Era tan, tan difícil.

Tan difícil no llorar en la cama por las noches, no llorar al bañar a la pequeña, no llorar en la calle al ir a comprar, no llorar en el colegio cuando iba a buscar a los niños, no llorar en la consulta del médico cuando ese hombre de bata blanca se empeñaba en darle malas noticias, una y otra vez.
Fue tan difícil no llorar cuando el primer mechón de pelo se le quedó enganchado entre los dedos al ponerse una horquilla. Y tan difícil tener el valor de seguir peinándose cada mañana frente al espejo.


Qué difícil, qué difícil era luchar en silencio.







Lo siento.

2 comentarios:

Cristina dijo...

Que duras las enfermedades... que dura se hace la ignorancia de los felices, sin preocupaciones.

Lionne K. dijo...

Muy cierto, Cristina.
(Muchas gracias por leer.)