Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Pájaro enjaulado

Dudaba entre marcharme o seguir observándola. Quería y debía irme, pero mis ojos no podían apartarse de su acurrucada figura y sus blancas vestimentas. Aunque ella no supiera que yo estaba allí, necesitaba hacerle compañía de alguna forma, y aquella era la única que se me ocurría para no violar las normas.

Ansiaba poder estrecharla de nuevo entre mis brazos y decirle que todo iba a ir bien. Siempre habíamos estado juntos en lo bueno y en lo malo, pero ahora no podíamos. Un fino y casi inexistente cristal nos separaba, marcando la diferencia entre la cordura y la excesiva y desbordada imaginación, aquello que los médicos y psiquiatras tomaban por locura.

Pero no lo era. No entendían que tan sólo se trataba de una forma de sobrevivir, una manera de llevar los acontecimientos a raya y no caer sumida en el dolor o la desesperación. Había comenzado a soñar con pájaros y había terminado por permanecer presa en su jaula.

Mi desesperación iba en aumento. Llevaba ahí mucho rato, tal vez todo el día. Me pasaba horas lo más cerca posible de ella, intentando apaciguar a la bestia que tenía dentro, la cual me ordenaba incesantemente que ayudara al pequeño gorrión encarcelado en su jaula de metal y goma espuma. Llevaba ahí más de un mes, y yo seguía visitándola cada día. A veces incluso había pasado allí la noche, para el nerviosismo de mis padres. No les hacía gracia que durmiera (o fingiera que lo hacía) en un loquero, pero no protestaban demasiado porque sabían que me afectaba casi tanto como si yo mismo estuviera encerrado.

No sabía cuánto tiempo íbamos a permanecer así. Yo pensaba seguir como hasta entonces hasta que la dieran por recuperada, no pensaba abandonarla así, por las buenas. Éramos amigos y lo segaríamos siendo hasta el final.

Desde que llegó, nunca la había visto dormir. Siempre que dirigía mi mirada hacia ella veía sus ojos esmeraldas perdidos por la habitación, buscando algo que no aparecería.

Nunca la había visto moverse. De vez en cuando notaba que había cambiado de posición, pero era capaz de permanecer días sentada sobre los tobillos, costumbre japonesa que había adquirido gracias a todas las tardes que había pasado en mi casa. Su otra posición favorita era la fetal, con las rodillas flexionadas, los brazos rodeando las piernas y la cabeza apoyada encima.

Nunca la había visto comer. Era obvio que sí se alimentaba, pues estaba encarcelada pero no cumplía ninguna pena y por supuesto, podía comer perfectamente. Aunque no estaba seguro de que ella quisiera nutrirse adecuadamente, ni nutrirse tan sólo.

Nunca la había visto hablar. Sus labios permanecían constantemente cerrados, excepto cuando exhalaba una suave y débil bocanada de aire. Probablemente se olvidaría de cómo hablar, pero su voz seguiría resonando en mi memoria. Cuando los psicólogos y psiquiatras intentaban comunicarse, ella les ignoraba completamente. No había reacción alguna.

Aunque, los primeros días, sí respondía a los estímulos. Casi con demasiado furor. Uno de los psiquiatras cometió el error de intentar acercarse y conversar con ella sin protección ni consentimiento alguno. Ella lo que hizo fue atacarle e intentar agredirle con todas sus fuerzas, golpeándole en el estómago, las costillas, el hígado y el bazo. Cuando llegaron los refuerzos el hombre estaba destrozado; ella le había hundido al menos dos costillas, le había saltado un diente, le había puesto un ojo morado, le había dejado la nariz sangrante y el labio partido; el vientre dolorido y los costados amoratados. Cuando la sujetaron el hombre se hallaba en un estado de shock superior al que había sentido nunca. A ella le pusieron una camisa de fuerza para que no pudiera herir a nadie más, y la habían encerrado en su inmaculada celda. Ella al principio intentó soltarse, en vano. Trató de golpearse contra las paredes, pero éstas y la puerta estaban forradas de goma espuma y tampoco funcionó. Poco tardó en hacerse amiga del cristal que la separaba de los vigilantes, cristal que intentó romper con la cabeza y los hombros. Consiguió un trauma craneal leve, el cual la dejó sin conocimiento casi cinco minutos, y del que se recuperó poco después. Luchó contra él un par de veces más, pero terminaron por poner guardias de seguridad frente a la luna y ya no la dejaron acercarse.

De forma que, al quinto día, se sentó en un rincón, y desde entonces, no había vuelto a verla desplazarse.

Sentía un vacío por dentro cada vez que me daba cuenta de que llevábamos un mes en la nada. Ella, moribunda; yo, agonizante al verla. Ninguno éramos capaces de vivir encerrados entre aquellas gruesas y frías paredes. Más de una vez había tenido el impulso de llevarle una manta o una chaqueta para protegerla un poco del frío invernal. Pero los loqueros no me lo habían permitido, y ella no parecía sentir frío. No parecía sentir nada.

Me pregunté en qué pensaba. ¿Estaría triste, enfadada, decepcionada, furiosa? Parecía sumida en un estado de letargo o duermevela permanente. Podía pasar perfectamente por una persona en estado vegetativo, pues no se diferenciaría en nada de ella.

Los dos lo estábamos pasando mal, pero no sé si ella era consciente de la situación. Habría dado lo que fuera por que todo volviera a la normalidad. Nada me haría más feliz que ella se incorporara de nuevo al mundo real, y con ella, arrastrara mi persona tras de sí.

Mientras tanto, le seguiría haciendo una invisible compañía. La necesitaba para vivir, y me negaba a continuar mi camino sin ella. Dejé de asistir a clase y de cumplir mis tareas básicas. Vivía por ella y para ella. Ironía, dado que ella no podía apreciarlo.

Seguiría posando mi mirada sobre sus ojos verdes hasta que pudiéramos reincorporarnos al mundo. Hasta que ella fuese libre.

3 comentarios:

Las Mejores Pendejas dijo...

Es taaaaan bonitoooo!!...
Diii mer gusta muxoooO!!!!!!
oie una cosa.... k as puesto "bazo!" en vez de "brazo!".... wenoo lo de los signos de admiracion nom, pero esq paso de qitarlos aora. xD
weno dianaa k voi a colgar un mono,logo (mio k es ridiculo9 jajajaj tekieroooo

Clary

Kirtashalina dijo...

graciaas claryy!!!!
el bazo es un órgano situado en el torso, a la izquierda, cerca del riñón, el páncreas y el diafragma =) Es un punto débil, se supone que si lo golpeas con fuerza haces bastante mas daño que golpeando, por ejemplo, en el pecho =)

Tekiiieroo Claryyyy ^^

escritora Laura M.Lozano dijo...

Está muy bien este principio. Sí. induces al misterios y dejas ganas de saber más de sus personajes. Usas bastante bien las palabras y los adjetivos para crear expectación y describes la situación con soltura. ¡Me gusta! Un beso =).