Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Cap 2 - La ciudad de piedra (Parte 2/3)

Llegamos diez minutos después a la estación. El tren podía ir a tanta velocidad que, sin darnos cuenta, habíamos recorrido cientos de kilómetros en muy poco tiempo. Nos bajamos del transporte público y salimos de la estación junto con todos los pasajeros del tren (en total unos cincuenta, más sus guardaespaldas correspondientes). En realidad, al salir de la estación nos encontramos en medio de lo más parecido que había a un bosque; dos filas de árboles con un pasillo de baldosas blancas en medio, sobre el césped, encima de las cuales pisábamos Sangilak y yo. Cuando todos los pasajeros hubimos salido del tren, éste arrancó y salió de allí a una velocidad vertiginosa, como si quisiera huir. Observé el panorama.

Frente a nosotros se extendía una llanura deshabitada, con el suelo reseco y sin ningún tipo de vegetación. Únicamente un sendero de piedra blanca destacaba sobre la tierra color ocre. Sendero que Sangilak y yo seguimos con rapidez, saliendo de los límites de la ciudad, traspasando los muros que ya no podían protegernos.

* * *

Sangilak y yo entramos al cementerio, traspasando los altos muros de piedra. Un cartel metálico sujeto por dos postes indicaba, con letras plateadas: “Villa d’Oc”. Aquel cementerio era uno de los pocos lugares en los que no había ni un atisbo de nueva tecnología. Nada electrónico, magnético ni eléctrico. Todo manual.

A ambos lados del recinto se encontraban los nichos, mientras que los mausoleos estaban al fondo del todo. Las tumbas, decoradas con cabeceros de piedra y algo de mármol, se distribuían por toda la zona.

No había nadie en el cementerio, pero por si acaso agudicé la vista y el oído. Sangilak tampoco detectó nada, así que avanzamos hasta la zona de los mausoleos.

No había muchos, tan sólo una docena. La mayoría eran altos como una casa de un piso, pero el de mis padres parecía el doble de grande. Tenía la forma de un perfecto cuadrado, con las paredes de piedra y una columna a cada lado del muro principal (el cual estaba enfrente de nosotros). Las columnas eran jónicas, de color blanquecino, estriadas y con decoraciones en plata en la parte superior y en la base. Unas escaleras de piedra con cinco peldaños conducían al gran portón de madera, el cual ocupaba la mitad de la altura del mausoleo. Además, sobre la gran puerta se situaba un triángulo, también de madera, con decoraciones en plata; con la base tan ancha como la del portón.

Sangilak emitió un suspiro. Me miró con aquellos ojos y después ladeó la cabeza, preguntándome en silencio si podíamos seguir. Asentí sin una palabra y avanzamos hacia el mausoleo.

El peso de la muerte de mis padres cayó como una losa sobre mí, haciéndome sentir cosas que no experimentaba desde hacía meses. Hacía doce años que mis progenitores habían muerto, pero yo los seguía manteniendo vivos en mi mente y en mi corazón. Por desgracia, eso no les haría volver…

Sangilak avanzó antes que yo y empujó el portón de madera, dejándome pasar al interior del pequeño templo de mis padres.

Al entrar, me di cuenta de que probablemente era uno de los mausoleos más iluminados de los que había en la Ciudad de Piedra. Había una gran cristalera en una de las paredes, la cual hacía que la luz solar bañara toda la estancia en tonos dorados brillantes. Las paredes eran de piedra, blanca, y el suelo; de mármol. En frente de la puerta principal, pegadas contra la pared y encima de una especie de altar, se hallaban las tumbas de mis padres. La una al lado de la otra, compartían la lápida de piedra y mármol que rezaba en oro:

Serafín y Loira Sasale

2435-2487 y 2440-2487

Saqué una pequeña cápsula de mi bolsillo y la coloqué justo en la línea que separaba las tumbas. Con cuidado, apoyé la mano izquierda en Sangilak para mantener el equilibrio y con la derecha, extraje el tacón de mi bota negra. Tras pulsar un botón oculto, el tacón dejó entrever un frasquito pequeño y de cristal azulado, con un líquido de color verdoso en su interior. Lentamente lo destapé y, acercándome a la cápsula con parsimonia, vertí tres gotas encima. Rápidamente volví a colocarle el tape al frasco, lo escondí en mi tacón y lo encajé en mi zapato. Mientras, la cápsula se metamorfoseaba.

Al mojarse con el líquido verde, se había resquebrajado y había dado paso a una semilla que germinaba con extremada rapidez; tras unos segundos ya había varias flores rojas abriéndose paso entre sus propios tallos y hojas. Todas juntas formaban una especie de enredadera gigante que cubría las tumbas como un manto, rodeando la lápida y dando algo de color al interior del mausoleo. Pero la planta no se detuvo allí, sino que se extendió a lo largo del suelo y comenzó a trepar por las paredes, ascendiendo hasta el techo y enganchándose a sí misma. Tras menos de un minuto parecía que Sangilak y yo nos hallábamos en una jaula verde y roja, pues incluso había tallos que habían empezado a enrollarse en nuestros pies. Sangilak, molesto pero paciente, se libró de ellos levantando las patas y dando un paso a un lado.

Al instante me dio la impresión de que había más luz, color y belleza en la estancia, por lo que sonreí, satisfecha, y me dispuse a salir del lugar, pero no contaba con lo que iba a suceder en breves.

Cuando me di la vuelta para cruzar la puerta y llegar al exterior del mausoleo, oí un estallido de cristales. En efecto, habían roto la cristalera.

A una velocidad vertiginosa y, mientras me daba la vuelta para encontrarme frente a frente con mi atacante, desenfundé las dos pistolas y las sostuve a la altura de mi rostro, intentando dirigir el cañón a un objetivo. Mi enemigo era un encapuchado con vestimentas grises, pero no pude distinguir nada más. Pronto me di cuenta de que era muy ágil, pues aprovechó las enredaderas para saltar de pared en pared y escapar de la lluvia de balas que se le venía encima. Sangilak intentaba atraparlo, pero por desgracia, no llegaba tan alto como para agarrarle y herirle.

Segundos después mi atacante dejó de escapar y sacó un arma de nadie sabe dónde para intentar hacerme daño. Se trataba de tres varas metálicas unidas por una cadena de eslabones plateados; unos nunchaku de tres segmentos, llamado también San Jiegun . Mi oponente hizo girar su brillante arma y saltó hacia mí con sorprendente agilidad. Pero yo también estaba entrenada para el combate, de forma que guardé las armas de fuego y saqué mi daga, poniéndome en posición de defensa.

Cuando él estuvo a pocos centímetros de mi cabeza, di una voltereta en el suelo, rodando por el mármol y escapándome de aquel ninja urbano. Me giré hacia él mientras éste se acercaba con su nunchaku en ristre, haciéndolo girar y creando la ilusión óptica de un disco metálico que daba vueltas sin parar. Sangilak aprovechó ese momento para atacarle. Saltó sobre su costado, intentando alcanzarle el bazo con los colmillos. Pero el hombre fue más inteligente que mi lobo, de forma que le lanzó el San Jiegun hacia él y le dio de lleno en toda la pata. Mi guardián emitió un sonido lastimero y se apartó gruñendo y enseñando los dientes, mientras cojeaba por el dolor.

—¡Sangi! —exclamé yo con sorpresa. Furiosa y sin pensar, fui hacia el individuo que intentaba matarnos y traté de todos los modos posibles, hacerle daño. Pero por lo visto, él también sabía artes marciales y mi taekwondo no sirvió de gran cosa. Yo todavía era una aprendiz; él llevaría años de experiencia.

Comencé a rendirme cuando sentí mi estómago y mis extremidades demasiado apaleados. Caí desplomada al suelo, incapaz de moverme. El encapuchado me agarró del traje por el cuello, levantándome de las baldosas de mármol y ejerciendo presión en mi nuca, la cual comenzó a asfixiarme. Acercó su cara oculta a mi rostro, parecía intentar desvelar los misterios de mis ojos. Le escruté como si me fuera la vida en ello; finalmente conseguí distinguir una parte de la tela algo desgastada, y tras ella, la forma de dos ojos oscuros.

De pronto giró la cabeza bruscamente, por lo que, asustada, me vi obligada a hacer lo mismo. Descubrí otra figura encapuchada, ésta con vestimentas más oscuras. El nuevo personaje sacó una pistola del cinturón al tiempo que mi enemigo me soltaba y trepaba de nuevo por las paredes. Cansada, entrecerré los ojos a la espera de que algo relativamente relevante sucediese. Tras unos segundos al ninja de gris le alcanzó una bala y, con el brazo sangrante, decidió que no merecíamos tanto la pena como para que él sufriera más heridas.

El segundo encapuchado, el de la capa negra, se acercó a Sangilak. Intenté emitir un sonido de protesta, pues aunque nos había salvado la vida, no confiaba en él. Pero, sin embargo, no hizo otra cosa que sacar un trozo de tela roja de un recóndito lugar de su capa, y atársela a mi guardián en la pata herida. Sangilak, aunque también desconfiado, agachó la cabeza unos centímetros para agradecerle el gesto y volvió a apoyar la pata, visiblemente menos dolorido.

Justo después el desconocido se acercó a mí y volvió a sacar otro pedazo de tela escarlata de su capa negra.

—No tengo nada roto —repliqué, pero él no me hizo caso y acercó el pañuelo a mi frente. Con suavidad rozó mi sien derecha, la cual, descubrí tras unos segundos, me sangraba. Al terminar de limpiarme, se guardó de nuevo la tela y pareció querer descubrirse el rostro, pero algo le llamó la atención. Giró la cabeza tan bruscamente como el captor vestido de gris había hecho hacía tan sólo medio minuto, pero en esa ocasión, al repetir yo el gesto, no vi nada digno de mención. Volví a mirarle a él, pero éste no se entretuvo mucho tiempo más.

—Tengo que irme —dijo con prisa, poniéndose en pie. Su voz no era del todo adulta, pero tampoco aniñada; rondaría mi edad, más o menos—. Y tú también deberías irte. Este sitio ya no es seguro.

Las preguntas se agolpaban en mi cabeza pero no acerté a formular ninguna. Cerrando los ojos un instante, intenté esclarecer mis ideas y sacar conclusiones rápidas pero certeras. Me vi interrumpida por el individuo de negro.

7842. Odnum oveun nu a latrop nu erba es setneconi samla sal ed sasac sal ojab.

Me quedé perpleja.

—¿Qué? —musité, visiblemente confusa. Él, por toda respuesta, se acercó a mí rápidamente y acercó tanto su rostro al mío que no pude distinguir nada más. Traté de ver más allá de su capucha negra pero fue en vano. De pronto, sentí un roce cálido en mi mano izquierda, y después, algo mucho más frío. Tan rápido como había venido, el encapuchado se marchó, no sin antes recoger el nunchaku de su enemigo y dirigirme (o eso supuse) una última mirada. Contrariada, me levanté y abrí mi mano izquierda. El desconocido había introducido dentro una fría nota de papel.

En ella, se hallaban las mismas palabras que tan solemnemente había pronunciado antes de irse.

3 comentarios:

Palabras en la noche dijo...

Taan Geeniiall Como siieempree
TeeeQuiiieroo Tataaaa
=D

Kirtashalina dijo...

muchaas graciaas tataaa :)
tekiieroooooooooo

escritora Laura M.Lozano dijo...

Lo haces muy bien, la narrativa es lo tuyo, usas las palabras para crear ese ambiente de misterio necesario para que el lector se pregunte: ¿qué está pasando aquí? Muy bien, seguiré leyendo más tarde. Un besito =))