Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

domingo, 15 de enero de 2012

De azafatas, soldados, muerte, guerra y lágrimas

Estoy de azafata en una compañía que o desconozco o no me importa en absoluto. La idea de trabajar en un avión me atrae, a pesar de los múltiples inconvenientes que conlleva, así que no es difícil imaginarse de dónde he sacado la idea del trabajo que ejerzo esta noche. No recuerdo ni qué llevo puesto, ni si soy yo físicamente o no (no he visto ningún espejo) y recuerdo a una chica rubia sonriente con un traje azul, pero no sé si era yo o una compañera, así que realmente mi cerebro no se lo ha currado mucho a la hora de crear la escena.

Nuestra misión es llevar a unos soldados militares de un país a otro, para que vayan a la guerra. A mí eso en cierto modo me llena de remordimientos, porque no puedo dejar de pensar que los llevamos a la guillotina, que yo y el resto de la empresa seremos los responsables de que mueran por un una bala o una bomba o cualquier burrada que se encuentren en la batalla. Y eso acojona.

Porque es en momentos así cuando piensas que serías capaz de muchas cosas para salvar la vida de tantas personas, por ejemplo, convenciendo al piloto de que los llevara sanos y salvos de vuelta a su país, o a un territorio virgen para que comenzasen una nueva vida. Y entonces es como si te despertaras de una pesadilla, porque realmente te das cuenta que no, que no es posible eso, que suena muy heroico y muy bonito y sería un sueño y como comenzar una nueva aventura, pero que si alguien te descubriese te mataría y que además un secuestro de más de cien soldados se notaría, habría que haberlo planeado previamente y si actuaba sobre la marcha quedarían cabos sueltos que nos escarmentarían a todos después, especialmente a los que menos culpa tuviesen, como siempre ha sido.

Así que me resigno a servirles con más mimo de lo habitual, como supongo que harán las buenas enfermeras de un hospital cuando ven que alguien se está muriendo y no quieren que se lleven un mal sabor de boca a la tumba. Les sonrío (mucho), les presto muchísima atención (más de lo normal) les hablo con dulzura (dulzura que creo, hasta ahora nunca había empleado con gente que no conozco) y les ofrezco cosas que en teoría ni siquiera debería ofrecerles porque no han pagado por ellas, como refrescos, almohadas para descansar y bolsas de patatas fritas o similares.

Es inevitable, siempre que estoy en un lugar rodeada de chicos (o de hombres, lo que es lo mismo) tiendo a pasarles un filtro para decidir si me gustan lo suficiente o no. En este caso lo mismo da, porque no volveré a verlos nunca y seguramente me olvide de sus caras en que pasen unos meses, porque aunque odie la situación que están viviendo no pasaré con ellos las horas suficientes como para cogerles cariño.

A pesar de todo eso termino por fijarme en uno que me parece medianamente guapo. Tampoco se le ve mucho; lleva un grueso traje militar y un casco calado hasta las cejas, pero se le adivina el color negro del pelo por las cortas patillas que lleva y por la barba de dos días que se ha dejado sin afeitar. Tiene una mandíbula cuadriculada y fuerte, sin quererlo me lo imagino apretando los dientes, como si fuese una pose que tomara habitualmente. Tiene las pestañas largas y las cejas no demasiado finas y unos labios más bonitos que los de muchas mujeres que he visto. Sus ojos son oscuros, pero brillan, tal vez por el miedo o por la emoción, igual nunca ha subido a un avión. No lo sé.

Aunque mis compañeras no son unas incompetentes, les he prestado tanta atención a todos los pasajeros que me tienen bastante atareada porque sólo me reclaman a mí. Me cansa un poco, porque a fin de cuentas eso se resume en andar de aquí para allá durante muchas horas de vuelo, pero me halaga y eso apacigua mi instinto asesino. Sin embargo no dejo de mirar a aquel chico (chico, porque no tendrá más de veinte años) y al final no puedo resistir la tentación de acercarme a él.

No sé cómo empezamos la conversación, pero estoy casi segura de que no ha sido preguntando nuestros nombres. Lo que sí sé con certeza es que me enamoro de su sonrisa en cuanto curva un poco los labios.

Charlamos, al principio con calma y después con algo más de emoción, casi con prisa, como si el tiempo se nos resbalase entre los dedos. Supongo que podrían despedirme por no ocuparme en absoluto del resto del avión desde ese preciso instante, pero creo que mis compañeras se han visto tan faltas de trabajo durante las primeras horas que ahora me cubren la espalda.

A mí los soldados siempre me han parecido sexys, y en cierto modo, viéndole a él, no hay nada igual. Así que se lo digo, y el se ríe, y nos reímos los dos como si fuéramos niños pequeños, o adolescentes, o lo que fuera. Pero a mí me encanta verle sonreír, o reír, me encanta ver sus dientes tan perfectamente blancos con el marco de piel tan morena que los rodean, y por encima de todo me gusta ver que ahora sus ojos se ríen también, no miran con miedo o aprensión a este cacharro gigante que, a fin de cuentas, le conduce derecho a la muerte.

Después de unas horas ya hablamos tan relajadamente como si fuéramos amigos de toda la vida, o algo así. Es uno de esos pocos momentos en los que no te arrepientes de conocer a una persona, y sabes que conforme profundices más y más en ella irás alegrándote de conocerla, como si te tocara la lotería. Pero miro al reloj cada media hora y la velocidad con la que los números cambian me agobian, como si fuese yo la que tengo que armarme con un fusil y dedicarme a tirotear a los que se me pongan por delante. Mirar el reloj me agobia pero no puedo hacer otra cosa. En serio, es desesperante siento que se me forma un nudo en el estómago y cuando sólo quedan dos horas para llegar no soy capaz de seguir bien la conversación. Él me mira, como entendiéndome, pero yo me esfuerzo en no parecer débil, porque pienso que bastante tiene un soldado con montarse en un pájaro de hierro por primera vez sin acojonarse para ir directo a un grupo de tíos probablemente más fuertes que él que tratarán de cargárselo a la mínima de cambio con cualquier arma que tengan a mano, como para compadecerse de mí, que tengo una vida perfecta en comparación, el riesgo al que me expongo se limita a un accidente de tráfico cuando vuelvo medio ebria del bar en coche a casa los sábados por la noche, o a una caída en avión durante mis horas laborales, algo que es muy difícil que pase, sobre todo a mí, que soy medianamente afortunada. Así que inspiro, le pongo mi sonrisa de azafata y aguanto sin llorar todo lo que queda de viaje.

Cuando sólo queda media hora ya hemos desarrollado una relación que la mayoría de la gente no tiene con nadie a no ser de que pase años con una misma persona. No sabemos casi ningún dato del otro, de hecho no recordaré ni siquiera su nombre (aunque después juraré que empieza por la letra T) pero nos entendemos. Hemos conectado de algún modo y siento como si un fino hilo invisible nos uniese, como si mi destino estuviese junto a él. No es amor (dudo que sea eso, aunque tampoco lo he sentido nunca y tampoco estoy segura de saber identificarlo cuando mi corazón se decida por fin), pero supongo que ha sido como un flechazo. Sé que en otras circunstancias sería la clase de persona con la que me gustaría pasear, cogerme de la mano sólo para examinar sus dedos, observar sus rasgos hasta memorizarlos para poderlos dibujar, verle reír mil y una veces, hacer un millón de fotos a su sonrisa y enamorarme cada día de su presencia, odiar su ausencia y sentir más allá de lo imaginado todas sus palabras, contar con los dedos su respiraciones a lo largo del día, y sentir su corazón en la palma de mi mano, como su fuese mío.

Y es entonces cuando me come el dolor por dentro porque sé que no podré. No es que no me sienta capaz, o que sepa que nos separaremos (lo que resultaría imposible), es que no nos dejan. Esta mierda de mundo no nos deja y por una estúpida guerra entre dos presidentes o reyes o lo que quiera que sean, algo que deberían solucionarlo ellos solitos en un combate de boxeo o una partida de golf, ajedrez, de tetris o de un jodido buscaminas, por eso, tienen que morir miles de hombres inocentes que posiblemente no tengan nada que ver, que tengan la necesidad de cuidar a su familia, tal vez incluso familia que no pueda valerse por sí misma una vez dada la marcha del soldado, y menos aún tras su inminente muerte. Y son esas personas las que nos impiden que pueda estar con él para acariciarle el pelo y susurrarle que todo va a ir bien, o para darle un beso en la barba mientras vamos al cine o hacerle un masaje en los pies descalzos o dejar que me lo dé él. Eso se llama impotencia, y siempre la he odiado.

En unas pocas horas nos hemos conocido tanto como si fuéramos siameses y nos comprendemos, entendemos cómo funcionamos y lo que pensamos, nuestros cerebros ya trabajan a la par e incluso creo que nuestros corazones bombean sangre a la misma velocidad, creándonos un pulso idéntico. Le agarro la muñeca y le siento junto a mí, porque todavía no se ha marchado y tengo la certeza de que todavía por un rato más vamos a estar juntos. No quiero despegarme de él nunca y creo que compartimos algo tan intenso que es imposible no darse cuenta de ello. Hasta mis compañeras me miran con comprensión, como si hubiese encontrado a mi hermano perdido o pudiese hablar de nuevo con un marido muerto. Nadie nos molesta, porque aunque estamos en medio de un avión lleno de gente, destilamos tanto dolor pero tanta ternura que es imposible echarnos en cara algo. Incluso mi jefe pasa monumentalmente de mi ausencia durante mi turno de llevar el carrito de comidas y bebidas, lo que me hace pensar todavía más en que sólo me lo permiten porque hay algo que no es normal, ya sea nuestro comportamiento o el hecho de que él tenga que marcharse tan pronto.

Me atrevo a apoyar la cabeza en su pecho y encogerme hasta que me abraza, pero estoy temblando y siento unas terribles ganas de vomitar. No quiero romper este vínculo, no ahora que lo he encontrado después de todos los años de mi vida (que a fin de cuentas tampoco son tantos, pero que siento como si se hubieran multiplicado por dos). Me noto mayor, envejecida, madura, pero no sé si me gusta y tengo ganas de descansar, de dejarme abandonar por el sueño sobre su regazo y despertar después con él, sonreír como si tuviésemos todo el tiempo del mundo e irnos a algún lugar a comer en un restaurante italiano.

A pesar del temblor, soy capaz de mantener la compostura medianamente. Inevitablemente el avión llega a su destino, se detiene, hay un último mensaje en megafonía, sonrisas nerviosas de azafatas, mensajes de buena suerte, pequeñas despedidas, palmeadas de hombro, y mi mano junto a la suya al bajar por las escaleras. Mi jefe dice que cinco minutos, nada más. Resuenan mis tacones por los peldaños de metal y casi me caigo, porque el calor me marea más de lo que estoy ya pero el temblor no cesa. Me agarra de la cintura y me sienta en uno de los escalones más bajos mientras se arrodilla enfrente de mí, para cogerme por el cuello y mirarme a los ojos.

Entonces no puedo más, siento que me muero y que no quiero que se vaya, le grito que se quede, le golpeo en el pecho, pero rompo a llorar y él me abraza como si fuese su hermana pequeña. Lloro sin miedo, como no he llorado nunca en la vida, y le inundo el hombro con lágrimas saladas y paladeo el propio sabor de la sal en la lengua, le miro con ojos llorosos y él me quita el resto de llantina de las pestañas, me corre el rímel sin querer, intenta arreglarlo, lo empeora y finalmente me da un largo beso en la comisura de los labios, como hacen los niños pequeños que se quieren pero que no se atreven a más. Yo me aferro a él como su fuera un bote salvavidas, le cojo del cuello, de los hombros, de la cintura, de las manos, del rostro, le pido mil y una veces que se vaya y que no me deje sola, y me parece por un segundo que se lo piensa, que evalúa las posibilidades de escaparse conmigo, de subir al avión sin que nadie lo note, ponerse un traje de piloto o de cualquier cosa y venir adonde yo vaya para no irse nunca más. Sé que se lo piensa, admira la idea, siente como si fuera el paraíso o un sueño hecho realidad, pero entonces se ve a sí mismo, vestido de militar, con el traje, el casco y el arma, ve a sus compañeros y a los generales, ve a todas aquellas personas que no tienen nada en común excepto el destino y quizá algún nombre de pila, y entonces sé con certeza que va a decirme que su sitio es ése, que me ama pero no puede venir conmigo y que aunque lo intentase jamás me dejaría que me quedase en tierra con él. Y también sé que le duele más que a mí y que intentará por todos los medios sobrevivir para regresar algún día, de forma que mi compañía traslade a unos cientos de soldados más de un país a otro, nos encontremos, nos reencontremos y abracemos, sonriamos, riamos sin motivo y nos demos la mano hasta que se nos desgaste la piel, y sobre todo, sin separarnos nunca.

Sé que nos miran, pero me da lo mismo porque lo único que me importa es que le pierdo y no sé si voy a recuperarlo. Y lloro, y me recompongo, y vuelvo a llorar, me quito los tacones y el pañuelo del cuello porque me ahogan, siento el calor en los pies, sudo por todos los poros de mi piel y le doy un último beso en la frente antes de cerrar los ojos y perderlo de vista para siempre.

Y entonces es cuando despierto en mi cama de sábanas blancas, sudando bajo dos mantas como si no hubiese mañana, con la almohada empapada y el rostro lleno de lágrimas que he soltado mientras soñaba, con la nariz tan taponada que no sé cómo he sobrevivido a esta noche sin apenas respirar, y con un temblor en las manos y un nudo enorme en el estomago que aún ahora, seis horas después, mantengo como si fuese una foto de aquel sueño. Y una vez despierta e incorporada en la cama vuelvo a llorar, no sé si porque no he terminado el sueño y quiero saber si al final él vive o muere o si yo resisto sin él todo el tiempo que él tarda en volver, o si quizá lloro porque puede que la situación de los soldados es real y mueren cada día en otro país, empuñando un arma y con un casco que, al final, no les ha servido de nada.

Y puede que también llore porque, aunque la descripción física sepa exactamente a quién pertenece (aunque no creo que llegue a hablar con él nunca), jamás he conocido a nadie con quien me entienda así, con quien haya forjado un lazo tan intenso en tan poco tiempo, y en cierto modo me da miedo no hacerlo nunca, aunque tarde toda mi vida en encontrar a esa persona con quien unirme.

2 comentarios:

Clary Claire dijo...

Dianu!! Me ha gustado mucho el párrafo que habla de la impotencia... lo de por qué no solucionan sus problemas de guerras con una partida de buscaminas xDD y todo eso...me ha gustado:)

Quizá el final se me ha hecho raro... pero por lo demás muy bien escrito, como siempre, vamos.

Un besoooo^^

Kirtashalina dijo...

Me alegro de que te haya gustado (:
Buf, lo de la impotencia es que lo he escrito cabreada y por eso está en un tono tan desenfadado, metiendo palabrotas y poniendo lo del buscaminas y tal xD
El final, raro... es que ha pasado así de verdad, no podía escribirlo de otra forma xD Me he levantado así...

Un beso enorme (: