Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

martes, 15 de febrero de 2011

Cap 8 - La Noche del Mustang (2/3)

Y allí estaba el encapuchado. Llevaba la misma capa gris que la otra vez, pero algo más estropeada. Me di cuenta entonces de que era alto, probablemente bastante más que yo. Caminó hacia mí con tranquilidad y se detuvo a los pies de mi lecho para después dejar al descubierto un rostro de facciones casi tan finas como las mías, aunque algo más angulosas. Se trataba de un chico joven que no tendría muchos más años que yo. Es más, si no fuera tan alto, hasta diría que le sobrepasaba en edad. Tenía el cabello rubio, no demasiado largo, con un corte un tanto extraño. Unos mechones le ocultaban parte de la frente y el ojo derecho, mientras que, en el otro lado, le tapaban la sien y llegaban hasta el final de su cuello. El resto de la cabeza lo tenía cubierto por mechones casi tan largos como un palmo, que se sujetaban de forma vertical gracias a dios sabe qué. En mi mente lo apodé, en un primer momento, como “pelo-pincho”.

Dejé de observarle el pelo y me centré en los ojos. Los tenía grandes y azules, tan claros pero tan intensos que parecían estar sumergidos en el agua del mar. Alrededor, unas largas pestañas, también rubias, resaltaban su mirada y la hacían cálida y fría a la vez. Por último, unas cejas finas e igual de claras que el cabello se situaban poco más de un centímetro por encima de sus bellos ojos.

Tenía la nariz pequeña y recta, casi tan delgada como los sonrosados labios. Su piel era tan clara que casi parecía albino, pero creo que había empezado a broncearse debido al efecto del sol. Estaba vestido con una camiseta negra de tirantes, la cual le dejaba a descubierto los brazos bastante musculados, y unos pantalones holgados del mismo color. Calzaba unas botas oscuras con tachuelas que le llegaban a mitad de pantorrilla. Por descontado, sobre los hombros llevaba su característica capa gris.

—¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato? —sonrió con escepticismo.

—No —contesté sin demasiados miramientos.

—Supongo que tendrás hambre —comentó—. Voy a traerte algo de comer.

Dicho esto se dio la vuelta haciendo ondear su capa y desapareció. Segundos después me levanté de la cama y avancé hasta la puerta por la que había salido el encapuchado (aunque ahora ya podría llamarle el “descapuchado”, o el “pelo-pincho”, o simplemente “el rubito”). Aparté la tela tras respirar hondo y contemplé el exterior.

Bueno, lo primero que debería decir es que estábamos en un árbol. Sí, la cabaña en la que me hallaba era una casa-árbol, como las que tienen los niños en las series y películas americanas. Pero éstas eran a lo grande, y había muchas. Tal vez veinte, incluso. Estaban colocadas más o menos formando un círculo, según lo permitiesen los árboles, y se accedía a ellas por unas prominencias que les habían salido a los susodichos especímenes, aunque debo decir que era demasiado sospechoso que eso hubiera ocurrido de forma natural. El emplazamiento del “poblado” (podríamos denominarlo así) se hallaba en el límite de uno de los claros del bosque del que, por cierto, yo no sabía salir, ya que me habían conducido allí mientras estaba dormida. De todas formas no necesitaba escapar ni irme a ninguna parte, pero averiguaría como se salía de allí por si tenía que huir con urgencia gracias a algún motivo en concreto.

A ras de suelo, entre los troncos de los árboles en los que se hallaban las cabañas de madera, había gente con sus respectivos guardaespaldas. Mi primera deducción a partir de los sonidos había estado bastante bien, pues divisé un zorro, un perro, un caballo y muchos más animales, incluso un enorme oso pardo. Junto a los guardaespaldas (porque suponía que lo eran) estaban sus respectivos amos. La mayoría parecían rondar mi edad, ¿realmente todos los Rebeldes eran tan jóvenes como yo? Parecía increíble…

El joven que había ido a buscar algo de comer para mí comenzó a subir con rapidez las escaleras de la cabaña en la que me encontraba. Cuando llegó sonrió y me indicó con un gesto que entrara dentro de nuevo, mientras sujetaba entre sus manos un pequeño tazón de barro lleno de un líquido de color claro. Me senté en la silla de madera y cogí el tazón que el chico me tendía, comenzando a beber a sorbos. Él volvió a sonreír y se sentó en la cama, justo en frente de mí. Decidió presentarse mientras yo terminaba de comer:

—Soy un poco maleducado, ni siquiera te he dicho quién soy. Me llamo Odrix Sadda.

—Sadda —repetí su apellido con suavidad.

—Puedes llamarme Odrix —ensanchó la sonrisa. Pasamos unos segundos en silencio hasta que volví a hablar.

—Supongo que a mí ya me conoces —murmuré con despreocupación, terminando la humeante sopa que Odrix me había traído.

—Hilda SaSale —declaró con triunfo, como si hubiera adivinado algo tremendamente difícil.

Hice una mueca.

—Puedes llamarme Hilda —contesté, mirándole a los ojos. Él se carcajeó.

—Por supuesto. ¿Cómo se llama? —preguntó, señalando a mi lobo.

—Sangilak.

—Un nombre extraño —frunció el ceño.

—No tanto como Odrix.

—Bueno, mis padres tenían un gusto extraño, eso es cierto.

—Ya veo.

Nos sumimos de nuevo en el silencio, pero el rubio no tardó en romperlo.

—Bueno, ¿quieres que te enseñe este lugar, o prefieres quedarte aquí? —me preguntó mientras se levantaba y se dirigía hacia la puerta. Sangilak y yo le seguimos.

Cuando bajamos del árbol, la gente que estaba cerca de nosotros comenzó a mirarme con curiosidad. Algunos incluso cuchichearon entre ellos. Odrix, a pesar de todo, no les hizo caso y me condujo hasta dos personas que discutían acaloradamente a la sombra de una de las casas-árbol. Eran un hombre y una mujer que parecían rondar la misma edad.

Él era alto y bastante musculoso, tenía la piel bastante bronceada por el sol y llena de heridas en una determinada zona cerca del cuello. Su cabello era castaño y corto, con unos cuantos mechones cayéndole por la frente. Sin embargo, los ojos los tenía grises, de un tono tan claro que parecían no corresponder con los matices oscuros del resto de su cuerpo. Vestía una camiseta blanca sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos bien trabajados y dejaba adivinar su torso musculado, además de unos pantalones grises holgados y unos zapatos negros algo sucios por la tierra. Había hallado una posición que parecía cómoda: tenía la espalda pegada al tronco del árbol y había flexionado una pierna hasta apoyar también el pie, creando con la rodilla un ángulo de unos cuarenta y cinco grados. A su lado, tumbado a la sombra, se hallaba un gran tigre albino. Unas rayas negras surcaban su aterciopelada piel blanca, confiriéndole un aspecto fiero. Tenía los ojos de un azul tan claro que se asemejaba al tono grisáceo de su amo.

La mujer, por el contrario, era algo más bajita y delgada, aunque estaba casi tan morena como él. Su cabello era bastante más largo que el del hombre y de un castaño más claro, tan liso que parecía irreal. Tenía las facciones afiladas y la piel casi blanca. Sus ojos eran de un sorprendente violeta intenso que nunca antes había visto. Realmente aquella mujer era extraña, no se parecía en nada a nadie que hubiera allí. Incluso sus ropas se asemejaban más a las mías que a las de los demás: llevaba puesto un traje de tirantes que parecía de cuero marrón, a juego con unas botas del mismo color. Al lado de éstas se hallaba descansando un zorro de tamaño desmesurado, era poco más pequeño que un perro.

—Me figuro que eres Hilda SaSale —sonrió el hombre de pronto—. Me llamo Iarroth Affleck, soy el jefe del grupo.

Me estrechó la mano.

—De eso nada —protestó la mujer, acercándose a mí y dándome la mano también—. Yo soy la jefa del grupo —recalcó el “yo”—. Me llamo Jenna McNairy.

—Los dos juntos lideran a Los Rebeldes —resumió Odrix—. Nos dirigen a todos y cada uno de nosotros y ayudan a que nos organicemos.

—Él es un poco gruñón, pero por lo general no se come a nadie —sonrió Jenna.

—Ella es bastante mandona, pero creo que sobrevivirás si le haces caso y la dejas dirigir tu vida al completo, como intenta hacer con todos nosotros —contestó Iarroth despreocupadamente. Jenna le dirigió una mirada asesina y se puso las manos en las caderas.

—Te equivocas, eso sólo lo hace contigo —le susurró Odrix a Iarroth. Jenna puso los ojos en blanco y, tras decirme adiós, se fue a toda prisa (seguida por su zorro) para echarles la bronca a unos cuantos chicos que descansaban sentados en las escaleras de una de las cabañas.

—Da miedo, ¿verdad? —rió Iarroth— Bueno, voy a ver si consigo formar una partida de caza y vamos a buscar algo de carne para la cena. Ya nos veremos.

—Adiós.

—Preséntale a los demás —añadió dándose la vuelta cuando estaba a unos cuantos metros—, no quiero que se pierda como la última que vino —le recriminó.

—No pensaba perderme —añadí al tiempo que Odrix protestaba:

—No pensaba dejar que se perdiese.

—Bien, veo que al menos os compenetráis —rió el jefe del grupo—. Nos vemos en la cena. Recuerda que hoy es la noche…

—Sí, sí, lo sabemos —gruñó Odrix. Iarroth se marchó.

—¿Qué se supone que sabemos? —pregunté con seriedad.

—Dentro de unas horas comienza la Noche del Mustang.

2 comentarios:

Fer dijo...

Puede que no me haya enterado de esta parte, pero, ¿Todo el mundo tiene un "guardaespaldas".
Eh, sí es así yo quiero uno.
=P

Kirtashalina dijo...

Sí, todo el mundo, por lo general tiene uno, porque, como cuento en el prólogo (creo) o en el primer capítulo, hay tan poca seguridad en el mundo que la gente ya no se fía. Por ello llevan animales o muy feroces (tipo lobos o similares) o que tengan características útiles, como un pájaro para que pueda sobrevolar sitios y avisar de emplazamientos, o un ratón para ser sigiloso y colarse en lugares, etc.
Bienvenido al club. Yo quiero a Sangilak...