Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

martes, 5 de octubre de 2010

Bastante habitual

Hola a todos! Hoy os traigo el prefacio de lo que podría ser una historia que tal vez (y solo tal vez) continúe. PEro no me comprometo a nada, la que seguro que seguiré publicando es la de Lobos de Marfil, aunque estos días la tengo un poquito abandonadita. ESpero que os guste!

Dedicación especial a mis pendejas: Alba y Clary


Prefacio.

Avancé por la calle con paso seguro y me apreté contra la pared cuando se acercó un coche negro, para que no me rozara. Cuando pasó, segundos después, me separé del muro de piedra y seguí caminando, acompañada del ruido de los tacones de mis botas.
Llovía, y las gotas de agua me habían empapado el pelo por completo, dejándolo casi liso y de un color muy oscuro, prácticamente negro. Las ropas que llevaba, como eran impermeables, no se habían estropeado; pero aún así no era agradable sentir el agua por las manos y el cuello, dado el frío que hacía. Por suerte no iba a tardar mucho, y en nada estaría en casa, calentita junto al radiador.
Tras andar unos metros más, me detuve junto a un edificio beige. Tras mirar a los dos lados de la calle, entré en el edificio por la puerta de madera y cerré a mis espaldas. En el interior no había nadie. Se trataba de una sala de máquinas abandonada, con cuatro máquinas expendedoras que ya no funcionaban. Al menos, no vendían golosinas.
Saqué de mi bolsillo el papelito verde que Vladimir me había entregado.
Calle Buenafuente número 5.
Tres. Cincuenta y seis.
Bien, estaba en el edificio número cinco de la calle Buenafuente. Tres. Sólo había cuatro máquinas. Tenía que ser la tercera. Me acerqué a ella en silencio, y observé tras el cristal y las rejas metálicas. No había ningún alimento en el escaparate, pero las pegatinas con los códigos que había que pulsar seguían intactos. Cincuenta y seis. Lo busqué con la mirada y sí, ahí estaba, uno de los últimos números. Con cuidado, me saqué del bolsillo una pequeña moneda del tamaño de un euro, pero de color bronce y con grabados en japonés. Introduje la moneda por la ranura de la máquina, pulsé el código en el viejo teclado y la máquina emitió un ruido. Al instante salió algo del hueco por donde debía caer el cambio. Lo recogí, era una llave dorada, con la cabeza en forma de cuadrado perfecto, y el cuerpo fino y con muescas irrepetibles.
Metí la llave en mi bolsillo y salí del edificio cerrando la puerta tras de mí, mientras miraba a ambos lados de la calle para comprobar que nadie me estaba vigilando. En realidad no había nadie en el exterior, por lo que eché a andar con el mismo paso seguro de antes por el mojado asfalto.
Seguía con frío, y seguía empapada. Mis tacones seguían resonando por el suelo, y seguía lloviendo. Sin embargo, mi humor había mejorado.
Tenía la llave. La llave de la casa que compartía con mis amigas y Vladimir.
La casa en la que, la mafia, no era un invitado poco habitual.

2 comentarios:

Clary Claire dijo...

Dianaaa!!! Muyy bienn me gusta muxoo (como todos tus libros asi qqqq no es nada nuevo jajaj)
plis di q continuaras PLIS PLIS PLISSSSSS
tekieroooo sexyyy

Kirtashalina dijo...

jajajj graciaas claruuu
tequiieroo guapiisimaaa :)