Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

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martes, 5 de octubre de 2010

Bastante habitual

Hola a todos! Hoy os traigo el prefacio de lo que podría ser una historia que tal vez (y solo tal vez) continúe. PEro no me comprometo a nada, la que seguro que seguiré publicando es la de Lobos de Marfil, aunque estos días la tengo un poquito abandonadita. ESpero que os guste!

Dedicación especial a mis pendejas: Alba y Clary


Prefacio.

Avancé por la calle con paso seguro y me apreté contra la pared cuando se acercó un coche negro, para que no me rozara. Cuando pasó, segundos después, me separé del muro de piedra y seguí caminando, acompañada del ruido de los tacones de mis botas.
Llovía, y las gotas de agua me habían empapado el pelo por completo, dejándolo casi liso y de un color muy oscuro, prácticamente negro. Las ropas que llevaba, como eran impermeables, no se habían estropeado; pero aún así no era agradable sentir el agua por las manos y el cuello, dado el frío que hacía. Por suerte no iba a tardar mucho, y en nada estaría en casa, calentita junto al radiador.
Tras andar unos metros más, me detuve junto a un edificio beige. Tras mirar a los dos lados de la calle, entré en el edificio por la puerta de madera y cerré a mis espaldas. En el interior no había nadie. Se trataba de una sala de máquinas abandonada, con cuatro máquinas expendedoras que ya no funcionaban. Al menos, no vendían golosinas.
Saqué de mi bolsillo el papelito verde que Vladimir me había entregado.
Calle Buenafuente número 5.
Tres. Cincuenta y seis.
Bien, estaba en el edificio número cinco de la calle Buenafuente. Tres. Sólo había cuatro máquinas. Tenía que ser la tercera. Me acerqué a ella en silencio, y observé tras el cristal y las rejas metálicas. No había ningún alimento en el escaparate, pero las pegatinas con los códigos que había que pulsar seguían intactos. Cincuenta y seis. Lo busqué con la mirada y sí, ahí estaba, uno de los últimos números. Con cuidado, me saqué del bolsillo una pequeña moneda del tamaño de un euro, pero de color bronce y con grabados en japonés. Introduje la moneda por la ranura de la máquina, pulsé el código en el viejo teclado y la máquina emitió un ruido. Al instante salió algo del hueco por donde debía caer el cambio. Lo recogí, era una llave dorada, con la cabeza en forma de cuadrado perfecto, y el cuerpo fino y con muescas irrepetibles.
Metí la llave en mi bolsillo y salí del edificio cerrando la puerta tras de mí, mientras miraba a ambos lados de la calle para comprobar que nadie me estaba vigilando. En realidad no había nadie en el exterior, por lo que eché a andar con el mismo paso seguro de antes por el mojado asfalto.
Seguía con frío, y seguía empapada. Mis tacones seguían resonando por el suelo, y seguía lloviendo. Sin embargo, mi humor había mejorado.
Tenía la llave. La llave de la casa que compartía con mis amigas y Vladimir.
La casa en la que, la mafia, no era un invitado poco habitual.

lunes, 19 de abril de 2010

Volaré...

¡Hola, mundo! (:
Vengo a deciros que probablemente esté un tiempo sin actualizar.
Mi portátil, como he dicho casi desde el principio de los tiempos (voces de fondo: ¡halaaa! ¡exagerada! Yo: Sí, sí, DESDE EL PRINCIPIO DE LOS TIEMPOS), sólo sirve para hacer leña, así que lo voy a llevar a arreglar dentro de unos días (porque se ha estropeado, obvio) y se lo quedarán unas dos o tres semanas (EDITO: en realidad se lo quedaron más de un mes. Vagos de mierda.)
Además no tengo tiempo para nada, entre dibujos, libro, deberes, exámenes, clases... pues nada.. En fin, os presento una muestra de mi libro para dejaros con buen sabor de boca.


Guante blanco.

Aterrizamos con tres minutos y medio de retraso en el aeropuerto de Nueva York. Era mucho mayor que el de Zaragoza. Era imponente.
Salimos del avión tras despedirnos de la azafata con una sonrisa, y cuando entramos en el aeropuerto nos colocamos cerca de la cinta mecánica, donde debían aparecer nuestras maletas. Parecía ser que la suerte estaba de nuestra parte y aparecieron las primeras; la mía, negra, seguida de una roja, de Alba, y la de color añil-purpúreo, de Clara. Las recogimos rápidamente y, con una mueca de esfuerzo (pues las maletas eran gigantescas) avanzamos hasta la puerta del aeropuerto. Dejamos todo en el suelo y respiramos profundamente, aliviadas. Poco después se le ocurrió una idea a Clara.
—¿Y si buscamos el vuelo de Jaky y lo recogemos en la puerta del avión?
—Pero es un recinto cerrado, no nos dejarán traspasar el detector de metales —repuse.
—Bueno, pues lleguemos hasta el detector —contestó Alba con sencillez, de modo que agarramos nuestras cosas con renovada vitalidad y nos dispusimos a buscar, en el panel informativo, la hora de llegada de Jake. Resulta que tenía que llegar en ese preciso instante, de forma que nos acercamos lo máximo posible a la pista del avión y aguardamos.
Cinco minutos más tarde un avión aterrizó en la pista marcada y comenzó a entrar gente en el aeropuerto. Vimos como recogían las maletas e intentamos divisar a Jake a través de un cristal, y como no había mucha gente, fue fácil. Empezamos a saltar, presas de la emoción, y los estadounidenses comenzaron a mirarnos con inquietud. No hicimos caso y esperamos a Jake, que recogió su maleta uno de los primeros, y tras buscarnos y encontrarnos con la mirada, vino a nuestro encuentro.
—¡Chicas! —exclamó, tirando las dos grandes maletas que llevaba al suelo.
—¡Jake! —gritamos nosotras, y rodeadas de americanos que empezaban a asustarse de nosotros, nos unimos todos en un abrazo. Poco después yo me separé y examiné a Jake.
—Eh, has crecido —dije, sonriente.
—En comparación contigo, Kirta, no he ganado nada de altura —respondió.
—Pues no te pongas al lado de Alba —contestó Clara, riendo.
—Oye, que tampoco soy tan alta —protestó Alba, soltando a Jake al tiempo que Clara.
—Nooo, sólo nos pasas cabeza y media —bromeó Jaky, pasándole el brazo por los hombros.
Jake era más o menos de mi altura, unos centímetros más, quizá. Tenía la piel morena, aunque como nuestras visitas a la piscina nos habían pasado factura, teníamos todos una tonalidad parecida. Él tenía el cabello negro, brillante y rizado, con algunos mechones que le tapaban parte de la frente. Sus ojos eran oscuros e inquietantes, pero tenía una sonrisa de dientes blanquísimos con un efecto calmante instantáneo.
Cogimos las maletas y nos encaminamos a la salida. Para nuestro agrado, numerosos taxis amarillos pasaban por delante de la puerta constantemente, así que paramos a uno de los mayores que había y nos montamos.
—Where to go? —nos preguntó el taxista, un tipo calvo y con un poblado bigote negro.
—Eh... —dudé yo, buscando las palabras en inglés a toda prisa—. To the Source Street, please.
—Ok.

No nos callamos en todo el viaje. No pareció molestarle nuestra charla al taxista, e intentaba escucharnos con atención, pero no conseguía entender nuestras palabras españolas. Sólo entendió nuestra nacionalidad.
—Are you Spanish? —inquirió con cautela.
—They are Spanish, but I'm Mexican —contestó Jake.
—Oh, great, great —murmuró el taxista, tomando un cruce.
—And you’re a New Yorker, or not? —preguntó Clara.
—No, i’m Australian. I moved here three years ago.
—Oh, Australia it’s a very beautiful country, i think —dije yo.
—Yes, it’s a nice country. I love Australia —rió el hombre.
—We are in New York for a quarter of an hour and already we love it —repuse con una sonrisa.

Llegamos a la calle Source poco después. Jake le pagó al taxista y nos bajamos del coche tras despedirnos del conductor.
La calle era ancha y muy larga, pero por fortuna divisamos nuestro hotel a unos cincuenta metros de nuestra posición. Mientras avanzábamos hacia él cargados con nuestras grandes maletas, Jake comenzó a rebuscar en sus bolsillos. Segundos después sacó unas especies de tarjetitas, que nos entregó.
—Aquí están vuestros DNI falsos y vuestros pasaportes —explicó.
—Ah, muchas gracias —dijimos Clara y yo, y nos apresuramos a introducir todo en nuestros bolsillos. Alba miró con extrañeza su DNI.
—¿Así que me llamo Aurora Rosemary y tengo dieciocho años?
—Exacto —dijo Jake con una sonrisa. Clara y yo, temerosas de nuestro nuevo nombre, sacamos nuestro DNI. Ni nos habíamos molestado en mirarlos.
—Yo soy Diana Michael —declaré—. Bueno, no es tan horrible. Queda incluso mejor que en español.
—Pero no se pronuncia “Diana” —dijo Jake negando con la cabeza—. Se dice “Dayan”, con sílaba tónica en la última “a”.
—Diana —repetí, pero con la pronunciación de Jake—. Dieciocho años.
—Pues yo soy Clarissa Bald —dijo Clara, levantando una ceja.
—¿Bald? —preguntó Alba.
—Es “calvo” en inglés —respondí, riendo.
—“Clarissa Calvo” —se mofó Alba—. Parece el título de una canción infantil.
—Cállate, Rosa Mari —dijo Clara, y Alba enmudeció.

Al fin llegamos a la puerta del hotel. Era una fachada enorme, de color blanco crudo, casi beige, y delante de la puerta había una gran fuente circular que parecía tener un área similar a la del hotel. En el centro de la fuente había una escultura; se trataba de una mujer griega vestida con una túnica blanca, que le tapaba las piernas y parte del torso; y un gran caballito de mar, medio sumergido en el agua. Además, había conchas de piedra por doquier.
—Vamos —susurré, y entramos.
El interior era todavía más espectacular. Nos encontrábamos en el vestíbulo, una estancia enorme, con una pequeña fuente en forma de rosa en el centro, y pequeñas mesas rodeadas de sillas distribuidas por la habitación. A la derecha estaba recepción, donde una mujer y un hombre se encargaban de atender a los huéspedes. A la izquierda había una puerta de cristal que desembocaba en un luminoso pasillo, pero tan largo, que no se veía el final. Enfrente de nosotros había otra puerta, con unas escaleras que subían a un sitio desconocido. A juzgar por el ascensor que había a la derecha de esa puerta, supuse que se iría a las habitaciones.
Nos acercamos a recepción, arrastrando nuestras maletas por detrás de nosotros. De nuevo, con mi escaso inglés, fui la encargada de hablar con el hombre que tenía que entregarnos las habitaciones.
—Good Evening, Good afternoon, I booked four rooms the other day —dije con una sonrisa.
—Good. Can you give me your name, please?
—Yes, of course. I’m Diana —dije, pronunciando como me había dicho Jake—. Diana Michael.
—Oh, ok... Yes, you booked four rooms in his name. To... one night?
—Yes, sure —repuse con soltura.
—Ok. Here are the keys of the rooms. The numbers 300, 301, 302 and 303.
—Thank you.
—The breakfast is served at half past eight, the lunch at one and the dinner at nine o’clock.
—Thank you very much. Goodbye.
—Goodbye. I wish you a pleasant stay.
—Thanks. Bye.
Los cuatro cogimos nuestras maletas de nuevo y nos acercamos al ascensor. Mientras esperábamos a que se abrieran las puertas (Clara había pulsado el botón), me extrañé.
—No me ha pedido el DNI.
—Con tal de ganar dinero, a éstos les da igual —dijo Jake, distraído con la cremallera de su chaqueta.
Cuando vino el ascensor, nos subimos (era enorme, y lleno de cristales) y pulsamos el botón número tres. Segundos después experimentamos una sensación de ascensión, y por fin llegamos al tercer piso. Observamos la puerta de las habitaciones, y nos percatamos de que nuestras habitaciones deberían estar unos metros por delante de nosotros.
Fue muy extraño. Busqué con la mirada la habitación número 300, y no me fue difícil encontrarla, pero de ésa pasaba directamente a la 304.
—Qué raro —dijo Clara, frunciendo el ceño.
—Habrá un error en la numeración —dijo Alba.
—Es evidente —constató Jake.
—Creo que no es un error —dije, y saqué la tarjeta-llave número 300. La deslicé por la ranura que había donde debía estar el pomo de una puerta, y ésta se abrió con un chasquido. Nos encontramos en una estancia medianamente grande, muy bien decorada, con sillas, sillones, sofás, mesas y cortinas clásicas. Parecía una especie de mini-salón, con una televisión de plasma pegada a la pared que contrastaba con los muebles antiguos. Había seis puertas.
En la primera había una placa dorada. Grabado, había un número. 300. En la segunda había una placa similar, con el número 301. En la tercera estaba el 302, y en la cuarta el 303.
En las otras dos no había. Supuse que era los baños.
—No está mal —dijo Alba, examinando todo.
—Vamos a mirar las habitaciones —dijo Clara, y me arrebató las tarjetas antes de que pudiera impedírselo.
Las examinó minuciosamente e intentó adivinar qué tarjeta pertenecía a cada habitación; pero como no había ninguna diferencia entre una y otra, terminó probando al tuntún. Abrió la primera, la número 300, y los cuatro nos asomamos para ver cómo era por dentro.
Ante nosotros apareció una habitación tan grande como el saloncito principal, con las paredes pintadas de azul celeste y el suelo de parqué de color claro. Tenía un gran ventanal con balcón en la pared enfrentada con nosotros, aunque la mitad de aquella ventana estaba tapada por unas cortinas de color blanco inmaculado. La cama, cuyo cabecero pegaba con la pared de la izquierda, y cuyo cuerpo se alargaba hasta el centro de la habitación, tenía una colcha del mismo color que las cortinas. A la derecha había un armario de madera clara, del mismo tono que el cabecero y la estructura de la cama; con dos grandes puertas y grabados de flores y estrellas en los laterales. A la izquierda de la cama, pegada contra la pared, había una mesilla de la misma madera, con una pequeña lámpara blanca encima y un teléfono negro al lado. Por último, a los pies de la cama había un pequeñísimo sofá blanco con aspecto muy cómodo, y con dos cojines azules encima.
Los cuatro nos quedamos en silencio un momento.
—¡Me la pido! —grité entonces yo. Dudaba que ninguna habitación del mundo podría gustarme más que ésa.
—Esta bieeen —dijeron Alba y Clara a dúo. Jake no opinó nada.
Pasamos a la siguiente habitación. Nos sorprendió comprobar que era idéntica a la anterior, pero con las paredes pintadas de verde natural y los cojines del sofá del mismo color.
—Esta me gusta —dijo Jake, entrando en su nueva habitación y tumbándose en la cama.
—Vale, vamos a ver las otras dos, Clara —dijo Alba.
Abrimos la habitación número 302. Idéntica a las otras. Pero de color rojo.
—Ahhh, esta es para mí —dijo Alba, sentándose rápidamente en el sofá.
—Supongo que a mí me toca la última —se lamentó Clara—. Espero que no sea de color amarillo mostaza, ni naranja mandarina, o algo parecido.
—Si es así, en el saloncito hay un sofá grande —apuntó Jake, todavía tumbado en la cama de su habitación.
—Jaky, estoy en el mejor hotel de Nueva York, no pienso dormir en un sofá sólo porque no me guste la pintura de mi cuarto.
—Me refería a que podría dormir yo en el sofá y tú en mi habitación —intentó arreglarlo Jake.
—Ya, claro —dijo Clara, poniendo los ojos en blanco. Con un suspiro, abrió la última habitación y entró en ella. Segundos después soltó un gritito.
—¿Qué pasa? —pregunté yo desde el cuarto de Alba, ya que me había quedado allí para comprobar qué vistas tenía.
—¡Mola! —fue la única respuesta de Clara. Todos fuimos derechos a su habitación, que era como las nuestras pero de color... indefinido. Era una mezcla de plateado, azul, violeta y rosa. Pero no estaba mal.
—Creo que le gusta su habitación —dijo Jake, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la puerta.
—Más bien le encanta —declaré, sonriendo y yendo a mi cuarto de nuevo. Me acerqué a la ventana, y después de correr las cortinas, la abrí. Aparecí en un blanco balcón, y observé que tenía unas vistas preciosas. Se veían con claridad los edificios más altos, y aunque no era de noche, estaba segura de que cuando se escondiera el sol las luces crearían una atmósfera dicha de una ciudad, un ambiente que me encantaba.

Deshicimos parte de las maletas, y después Jake trajo la suya al saloncito y nos hizo cerrar todas las ventanas antes de abrirla. Curiosas, nos sentamos alrededor de él y su bolsa y esperamos, expectantes, a que abriera la cremallera y nos mostrara su contenido. Cuando lo hizo, enmudecimos enseguida. Ante nosotras aparecieron varias armas, entre ellas dos PRO-9 de gran tamaño, tres armas de fuego que parecían metralletas pequeñas, una pistola con una parte transparente, que dejaba ver las balas luminiscentes que contenía; y varias recargas de municiones, para reponer las armas. Además de eso, había una Glock 17 y cuatro armas que parecían del futuro.
—Guau —dijo Alba, expresando a la perfección lo que todas queríamos decir.
—Vale, ésas son las armas de fuego. Faltan las blancas —dijo Jake.
Retiró todas las armas de fuego de la maleta, y dejó al descubierto un falso fondo. Lo retiró con facilidad desatando unas correas, y nos enseñó lo que había debajo.
—Madre mía —musité con asombro.
En la maleta había varios objetos. Jake retiró los dos primeros. Eran dos látigos, idénticos, del mismo color plateado. Eran más o menos de metro y medio de largo, con algo parecido a finas escamas que los recubrían. El extremo más grueso de cada látigo era de color negro, recubierto por una capa de cuero para que el contacto con la mano del dueño fuera más cómodo.
—Éstos son para Kirta.
Yo abrí la boca con asombro.
—¿Son para mí? —pregunté, incrédula.
—Eso he dicho —dijo Jake. Yo le abracé con fuerza.
—Oh, Jaky, ¡me encantan!
Seguidamente, agarré un látigo con cada mano y los blandí con fiereza. Al instante los dos únicos jarrones que había en la habitación, situados encima de una pequeña mesita, se fragmentaron en mil pedazos.
—Hala, ya has mandado a la mierda dos mil dólares —dijo Alba, suspirando.
—Buen golpe —me animó Jake, sonriendo.
—Gracias —dije yo, radiante.
Jake cogió el siguiente objeto. Se trataba de una caja negra, herméticamente cerrada. Pulsó algunos botones de un teclado numérico que había en uno de los laterales, y aparecieron siete pequeñas cápsulas negras. Jake le echó una significativa mirada a Clara, y ésta cogió una de las cápsulas con la mano derecha. La sostuvo en la palma de la mano, y de súbito, unas púas afiladas salieron de los laterales.
—Shuriken —dije yo, triunfal, y Alba se me quedó mirando con expresión extraña.
—¿Qué? —pregunté, sin mirarla—. Conozco las armas ninja.
—Shuriken retocadas —dijo Jake—. Parecen simples cápsulas inofensivas, pero son verdaderas estrellas ninja. Y son todas para mi princesa —declaró, sonriente, tendiéndole la caja a Clara.
—Muchas gracias, pendejo mío.
—¿Sabes como se utilizan, no? —preguntó Jake levantando una ceja.
—Eh... —dudó Clara, examinando la cápsula que tenía en la mano.
—Si no sabes, yo te puedo enseñar —sonreí.
—Vale —contestó Clary, complacida.
—Y la última... —murmuró Jake, sacando las armas de la maleta. Eran una mezcla entre espadas y tridentes, con el mango corto y el pincho central el triple de largo que los otros dos. Parecían de hierro macizo, con los pinchos afilados y oscuros, y el mango de color azul verdoso oscuro. Tenía una forma delicada, pero cuando Jaky le tendió las armas a Alba, ésta las empuñó con fuerza y parecían de todo menos frágiles.
—Sai —susurré, maravillada.
—Ya estás otra vez con tus palabras raritas —dijo Alba, suspirando, y haciendo reír a Jake y a Clara.
—Son palabras japonesas, si no tienes cultura, no es mi problema —repliqué.
—¿Las conocías? —preguntó Jake, mirándome.
—Sí, las había visto, pero nunca desde tan cerca.
—¿Y dónde demonios las has visto? —preguntó Alba, impaciente.
—¿Nunca has visto la película de Elektra? —pregunté yo entonces. Mi amiga me miró sin comprender.
—Ahhh —dijo Clara, cayendo en la cuenta—. Yo sí la he visto, la protagonista tiene dos...
—Sai —la ayudé.
—Dos sai como armas. Pero éstas molan más.
—Claro, las he traído yo —dijo Jake, sonriendo.
—¿Cómo vamos a practicar con esto? Creo que la gente se asustará si nos ve con unos látigos, unas estrellas ninja y unos tridentes intentando darle a un jarrón —me traspasó Alba con la mirada.
—Tenemos toda la tarde. Y si a alguien no se le da bien, tengo armas de fuego de sobra.
—Ah, yo con esto me manejo bien —dije yo, produciendo un chasquido con los látigos y golpeando con ellos las mesas donde estaban antes los jarrones que había roto.
—Claro, pero porque tú ya tenías un látigo y estás acostumbrada —dijo Clara—. Pero no sé si Alba y yo vamos a poder con los Shuriken y los sai.
—Ah, seguro que podemos —dijo Alba, asestando una puñalada al aire con el sai que tenía en la mano derecha. Jake detuvo el golpe en un segundo con el brazo, desviando la estocada, pues el arma le habría alcanzado el rostro de no haberlo hecho.
—Con cuidado, amor —dijo éste a Alba—. De todas formas —prosiguió, hablando esta vez en general—, no vais a llevar sólo las armas ninja. Tenéis que llevar al menos una pistola. Por seguridad.
—Está bien —contesté—. ¿Esta vez podemos elegir nosotras? —pregunté con cara angelical.
—De acuerdo. Ahí tenéis la maleta —indicó Jake con un ademán—. Yo voy a cambiarme de ropa. Elegid lo que queráis, y ahora vamos a practicar a algún lugar menos abarrotado. Aquí llamaríamos la atención.
—Genial —replicó Alba.
Las tres nos lanzamos a por la maleta y yo conseguí coger el arma mayor, una descomunal mezcla entre metralleta, rifle y pistola.
—Mi vida —me dijo Jaky, acercándose a mí de nuevo y quitándome con suavidad el arma de las manos—. He dicho todas, menos ésta. Es mía.
—Jo —suspiré.
—Te la dejaré un rato cuando estemos en el banco —me prometió.
—No me voy a olvidar —repliqué, cogiendo otra arma de la maleta. Elegí rápidamente la Glock 17. Negra. Formal. Seria. Y...
—Sin balas —dije, extrañada. No tiene balas.
—¿No? —se oyó a Jake desde su habitación cerrada.
—No, y me temo que en la maleta tampoco las hay —anunció Alba, rebuscando entre las municiones de repuesto.
—Genial —dije yo con ironía, dejando los látigos sobre el sofá de color dorado oscuro.
—No te preocupes, ya compraremos las balas —dijo Clara.
—Sí, antes de practicar pasamos por una tienda y ya está —corroboró Jake, saliendo de su habitación y entrando en el salón mientras se terminaba de poner una camiseta negra—. Meted las armas en el maletín de mi habitación mientras yo voy a pedir un mapa en recepción. Encontraremos una armería en un momento y después iremos a practicar un rato.
—Vale.
—Bien.
—De acuerdo.
—Nos vemos en el vestíbulo.




HASTA... otro dia =)




VALE MILLONES!!!!! jajjajajajajajja mi hermana era más mona... =)

sábado, 3 de abril de 2010

Portada Guante Blanco

¡Hola! (:
Bueno, esta portada... estoy muy orgullosa de ella, ¡me ha costado toda la tarde hacerla! xDDD Tiene infinidad de fallos (anatomía, los personajes se parecen, las sombas...) pero me gusta!

Sin más dilación...


jueves, 11 de marzo de 2010

Helicopter

Con precisión milimétrica, apoyó el cuchillo sobre la carne y empezó a cortar. Lo hacía como si le fuera la vida en ello, pero para seccionar un trozo tampoco hacía falta tanto aspaviento. No brotó sangre, pero a nadie le extrañó; el cadáver llevaba varios días muerto. Apenas respirábamos, cualquier cosa con no desconcentrarle. Tenía ganas de decir algo, y estuve debatiéndome en una lucha interna hasta que no pude resistirme.
—Jaky, no creo que para cortar un solomillo a la brasa tengas que hacer los trozos perfectos —solté de carrerilla, ya había pensado mis palabras segundos antes. Jake dejó el cuchillo y el tenedor en el plato bruscamente, y giró la cabeza con lentitud hacia mí.
—Kirta, ¿qué te he dicho sobre desconcentrarme cuando tengo un arma en la mano? —preguntó con voz calmada.
—Pero pendejo, si tú siempre tienes un arma en la mano —constató Alba, cruzándose de brazos.
—Eso —apoyó Clary, mirándonos con sus ojos oscuros.
—Volvamos al trabajo —dijo Jacob, de nuevo cogiendo los cubiertos de plata. Estaba a punto de seccionar otro trozo del solomillo, cuando un temblor recorrió la tierra, sobresaltándonos y alertándonos.
Me levanté de la silla a una velocidad vertiginosa mientras sacaba mi pistola más pequeña del cinturón. Observé el panorama por la ventana; un helicóptero negro estaba aterrizando al lado de la piscina del hotel. Con letras blancas, en el vehículo aéreo ponía: POLICÍA.
—Esto se pone divertido —dijo Jake, soltando el cuchillo y dejándolo en el plato. Iba a dejar también el tenedor, pero se lo tendió a Alba y dijo:—. Toma. Tu tenedor está en la habitación, ¿no?
—Sí, muchas gracias —dijo Alba, cogiendo el tenedor y empuñándolo con fiereza.
—Venga, tenemos que coger nuestras cosas y coger el próximo vuelo para marcharnos de aquí.
—No nos va a dar tiempo a coger todo —declaré—. Tan sólo las pistolas.
—Y la metralleta.
—Y el puñal.
—Y mi tenedor.
—Albi…
—Y mis dagas —apunté.
—Y mis cadenas.
—Y mi patito de goma…
—Albi…
—Kirta, averigua cuántos hay en el helicóptero y cárgate a los que puedas, pero con discreción —dijo Jake, pasando por alto los comentarios de Alba. Yo asentí.
—Habrá muchos, éste helicóptero es más grande que el nuestro —dijo Clara.
—¿Aproximación…?
—Quince, tal vez veinte, si van muy juntos.
—Sexy, encárgate de que al menos el piloto y el copiloto desaparezcan del mapa. Necesitamos que no puedan conducir el helicóptero para que no nos sigan desde el aire cuando nos vayamos.
—¿No podemos matarlos a todos? —preguntó Alba con aburrimiento.
—A no ser de que la mejor voz del mundo sea capaz de matar al escucharla, lo vamos a tener crudo.
—Somos fuertes —dijo Alba con orgullo, inflando el pecho.
—Sí, pero veinte contra uno, en su territorio, no es buena idea.
—Voy a ello —dije, y salí del restaurante del hotel mientras escondía la pistola en el bolsillo de mi pantalón. Que no se fijen en el anormal bulto del bolsillo derecho… Anduve hasta el helicóptero con el paso más seductor que supe adoptar, dejando un poco confuso al copiloto, que había salido del vehículo aéreo.
—Hola —dije casi en un susurro, esbozando una sonrisa en la que conseguí que se me vieran todos los dientes blanquísimos.
—Ho-ola —balbuceó el hombre, visiblemente nervioso.
—¿Por qué ha venido la policía? —pregunté con la misma voz sexy.
—Hay u-unos… unos la-ladrones… sueltos —consiguió decir el copiloto.
—¿Ah, sí? —inquirí con dulzura— Pues yo no sé nada… tan sólo estoy aquí con unos amigos.
—¿Cu-cuántos? —llegó a preguntar él.
—Dos chicas más, y un chico —respondí, sonriente y acercándome al hombre.
—Los ladrones… tam-también son… tres chicas-s y… un-n chico —dijo, borrándome la sonrisa del rostro.
—Sabes demasiado, amigo —dije, y pegando el cañón de la pistola contra su cuerpo apreté el gatillo. Apenas sonó, tan sólo el gemido sordo del hombre y el sonido del roce de su cuerpo contra el suelo de piedra.




Bueno, con esto y un bizcocho... xDDD ¡anda y que os den!!
¡Soy FELIZ! Teeengo un vestido nueeevo y mañana es VIERNES :D

viernes, 5 de marzo de 2010

Atraco en la noche (parte 2)

—¿Qué tal va la cosa? —preguntó Clara.
—No está mal, un coche está detrás de nosotros y del segundo trasto ya se ocupa Kirta —dijo Albi, toqueteando su móvil.
—Ah, vale. ¿Cuándo la recojo? —inquirió Clary.
—Pues… —dudó Alba.
—Dentro de diez minutos —respondió Jaky por ella—. Estará en la plaza mayor en diez minutos.
—De acuerdo, pues voy ya a por ella —dijo Clara—. Nos vemos luego.
—Adiós, voz linda —dijo Jake y colgó. Mirando a Albi, esbozó una sonrisa burlona y dijo:—. Ahora no me impedirás que juegue con la pasma —dicho esto, pulsó el freno bruscamente y detuvo el coche.

* * *

—Diana, en diez minutos en la plaza —me dijo Jaky por el móvil.
—¿Dónde está?
—Ve todo recto. Clary te pasa a buscar enseguida.
—Vale, nos vemos luego Jake.
—Hasta luego, Kirta.
Colgué y me metí el móvil en el bolsillo del ajustado pantalón. Desenfundé una pistola y miré a mi alrededor de nuevo, alerta. Nada, tan sólo los polis muertos en el suelo y el coche patrulla abandonado.
Rápidamente recorrí la calle de una punta a otra, en menos de un minuto, y zigzagueé por las avenidas desiertas (algo poco común) hasta llegar a la plaza. Esperé tan sólo unos segundos, y Clara llegó con su maravilloso helicóptero.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Atraco en la noche

Me abroché las botas, la chaqueta negra, y me enfundé las dos pistolas en el cinturón. Después, fui a la cocina y cogí mis dos cuchillos preferidos; uno corto, casi una navaja, con el mango plateado, al igual que la reluciente hoja; y el otro más largo, de unos quince centímetros, con el mango negro y la cuchilla recortada en forma de pequeños picos, con una punta curvada al final, como un garfio. Metí éste último cuchillo en una funda, que me até al cinturón, y el otro más pequeño fue directo a mi bota, en un bolsillo interior apenas perceptible para alguien que no conociese su secreto. Rápidamente, cerré la puerta de mi casa y fui directa al coche. Dejé mi bolsa con mi móvil, mi busca, una pequeña cartera, una navaja multiusos, dos linternas pequeñas, y una munición para mis pistolas en el asiento trasero, me monté de un salto en el de piloto, y arranqué.

* * *

Examiné con cuidado el banco, mirando desde el exterior, a través de la puerta. Observé detenidamente cualquier posible movimiento. Revisé una y otra vez cada contorno de cada mueble, cada esquina de la habitación, mirando el cuarto centímetro a centímetro. Estuve parada en la misma postura durante varios minutos seguidos, apoyando todo el peso de mi cuerpo en la pierna derecha, y flexionando levemente la izquierda, con los brazos relajados y cayendo libres por mis costados.
Respiré profundamente. Ya había comprobado que no había moros en la costa; podía empezar en cuanto Albi y Jake llegaran. Oí unos pasos detrás de mí. Reconocí el paso seguro de Albi, leve pero capaz de oírse perfectamente, y el regular paso de Jaky, un paso que sería capaz de distinguir entre miles de pasos. Cuando noté que Alba estaba a mi derecha, y Jake a mi izquierda, murmuré:
—Vamos allá.
Saqué un pequeño mando de mi bolsillo. Había colocado la pequeña bomba en cuando había llegado, así que sujeté el mando por delante de mí y me dispuse a pulsar el botón.
—Un paso atrás —avisé, y los tres retrocedimos un metro de una gran zancada, al tiempo. Sin pestañear, pulsé el botón y la bomba estalló. No hubo una gran explosión, ni voló nadie por los aires, simplemente ése día me tocaba a mí abrir la puerta y era mi modo favorito de hacerlo.
—Vamos —susurré, y al instante todos estuvimos dentro.

* * *

Tres minutos y cuarenta y dos segundos después, salíamos del banco con dos bolsas repletas de diamantes cada uno. Rápidamente Alba y Jaky se montaron en el Maserati Birdcage 7th negro que había aparcado enfrente del grandioso banco, y yo me subí al techo, con la pistola en ristre y los oídos alerta, esperando oír las bocinas de la policía, que no tardó en aparecer. Por desgracia en aquella ciudad la pasma era bastante rápida, pero claro, era imposible que nos pillaran. Jaky arrancó el coche a toda velocidad, pulsando el acelerador al máximo, y yo casi me caigo de no ser por mi don natural de estabilidad. La poli no tardó en tener despierta a toda la ciudad, y pronto tuvimos otro coche patrulla delante de nosotros. Se nos plantó en medio, como intentando impedirnos el paso.
—¿Creéis que hemos nacido ayer? —pregunté entre dientes. Jaky dio unos golpes al techo desde el interior, que me llegaron como leves roces desde arriba. Capté su mensaje y me preparé para saltar. Cuando parecía que nuestro Maserati iba a chocar con el de la poli, Jake dio un brusco giro a la izquierda, adentrándose en una estrecha calle que nadie había visto, mientras yo saltaba al suelo y caía rodando, para no hacerme daño. Me levanté de golpe, desenfundando los dos cuchillos al tiempo, y lanzándolos contra los dos polis que me esperaban. Cayeron inertes al suelo casi al instante, pero no me dio tiempo a recoger mis armas. El coche que nos había perseguido fue a por Jaky y Albi, mientras que más policías salieron del coche que nos había tapado la salida principal. Saqué mis pistolas y comencé a disparar como una posesa, pero ni una bala fue en vano. Esperé unos segundos, respirando hondo, y cuando no percibí movimiento alguno, fui a por los dos primeros polis que había matado y les arranqué el cuchillo del corazón.

* * *

—Acelera, Jake —dijo Albi, mirando por el espejo retrovisor, pero sin ningún signo de temor o nerviosismo. Más bien era… diversión.
—Oh, me apetece jugar con ellos un poco —dijo Jaky, esbozando una sonrisa burlona, perlada de dientes blanquísimos.
—Llama a Clara, y ya veremos —sentenció Alba. Jake refunfuñó un poco, pero pulsó una tecla de la pantalla situada a la derecha del volante y enseguida sonó un pitido.
—Hola, chicos —dijo la voz de Clary, perfectamente audible.
—Hello, linda —dijo Jake, torciendo bruscamente a la derecha.
—¿Qué tal va la cosa? —preguntó Clara.
—No está mal, un coche está detrás de nosotros y del segundo trasto ya se ocupa Kirta —dijo Albi, toqueteando su móvil.

miércoles, 24 de febrero de 2010

¡Sorpresa! + Cuatro

¡He vuelto! ¡HE VUELTO!

Vale, puede que no sea un notición, pero es lo que hay... si queréis noticias de otro tipo, BUSCAD UN P@#* PERIÓDICO DIGITAL, QUE PARA ESO ESTÁN.

Bueno, ayer ya me sentía mal por dejaros abandonados, aunque apenas os he dejado libres una semana... ya veis, esa es mi capacidad de convicción. Cuando digo que no voy a hacer algo, no lo hago hasta cinco minutos después.

Aquí tenéis este texto, ¡recién salido del horno!


Cuatro.

—¡Hola, Jake! —le saludé, dándole un abrazo.
—Hola, Kirta. ¿Cómo estás?
—Muy bien. Mira, ahí llega Albi.
Nuestra amiga se acercaba por el otro lado de la calle; tras comprobar que no se acercaba ningún coche cruzamos a la otra acera. Ella vino corriendo hacia nosotros y los tres acabamos en un gran abrazo conjunto.
—¿Qué tal, Albi? —le preguntó Jake.
—Genial, acabo de hablar con Clary por teléfono. Su avión llega en diez minutos —añadió con una sonrisa.
—Pero… —balbuceó Jake.
—…pero Clary está en Inglaterra —dije yo, confusa, y la sonrisa de Albi se ensanchó—. Además, en los aviones no se puede hablar por el móvil —constaté.
—Primero, Clary estaba en Inglaterra —puntualizó Albi, sacando un manojo de llaves de uno de los bolsillos de su pantalón—. Y segundo, sí te dejan hablar por el móvil en un avión si ése avión es uno privado y pagado con tu sueldo.
Yo me quedé con la boca abierta.
—Llegamos tarde, vamos —nos apremió Albi, eligiendo del manojo de llaves un rectángulo negro de plástico, y pulsando un botón que había encima. Al instante oímos un pitido detrás de nosotros, y al darnos la vuelta Jake y yo descubrimos que había un gran descapotable negro aparcado en la calle. Mis ojos se pusieron como platos.
—¿Cómo hemos pasado desapercibido este cochazo? —pregunté, incapaz de comprenderlo, pues el coche no habría aparecido allí por arte de magia.
—Quizá porque Albi ha empezado a parlotear y no nos ha dado tiempo a fijarnos en esta negra y reluciente belleza —dijo Jake, arrancándole las llaves de las manos a Albi y metiéndose en el coche de un salto—. Yo conduzco —añadió, como quien no quiere la cosa.
—De eso nada —replicó Albi, cogiéndole las llaves de nuevo a Jake, empujándolo para que se sentara en el asiento de copiloto y colocándose ella en el del piloto— es mi coche y conduzco yo. Ni se te ocurra manchar los asientos —le avisó a Jake, pues éste había sacado una tableta de chocolate de dios sabe dónde, y había empezado a abrir el envoltorio.
—Ah, y Jake —añadí yo—, en ese asiento voy yo —constaté, levantándolo del asiento y sentándome al lado de Albi—. Las mujeres delante —sonreí.
—Oh, bueno… os perdono, pero porque sois sexys —dijo en tono consternado, y Albi y yo nos echamos a reír.
—Pues esta mujer sexy te va a pegar una colleja como no te abroches el cinturón a la de ya —le avisé—, porque Albi ya ha arrancado el coche y se dispone a conducir a 200 km/h.
—Ah, no te atreverás —dijo Jake, burlón, sin ponerse el cinturón y cruzándose de brazos, muy seguro de sí mismo.
—Oh, sí me atreveré —dijo Albi con una sonrisa maligna, y pisó el acelerador.

* * *

—Aún me duele —se quejó Jake, pasándose la mano por la cabeza, en el sitio donde se había golpeado durante el viaje.
—Haberte puesto el cinturón —nos encogimos Alba y yo de hombros.
—¡Clary! —exclamé, y los tres fuimos a por ella.
—¡Hola, chicos! Uau, qué bienvenida más calurosa…