Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

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lunes, 24 de enero de 2011

Rosa Negra

Días interminables se sucedían, uno tras otro, a la espera de un cambio en la rutina diaria. Parecía que el castigo se extendía hasta el fin y el sufrimiento permanecía en mi corazón incluso cuando no estaba con ella. A pesar de todo, sabía que, encerrada en aquel lugar de mala muerte, esa alma muerta lo pasaba peor que yo. Lógico, dado que meras barreras físicas la atacaban psicológicamente.

A veces me preguntaba con qué soñaba. Tras observar detenidamente sus párpados cerrados y verlos levantar para después contemplar durante tan sólo unos segundos sus ojos color esmeralda, me asaltaba la duda de si la pesadilla que acarreaba por el día, la acosaba también en la noche. ¿O tal vez soñaba con algo peor? Aunque quizás yo me equivocaba y tan sólo vislumbraba una utopía imposible, donde ella y yo estábamos juntos y nadie nos obligaba a permanecer alejados por un simple aspirante a médico que creía hacer lo correcto, mas no podía estar más equivocado.

Pero ella nunca había pensado en positivo. Su mundo era negro, o en escalas grises cuando estaba de buen humor. Aunque casi nunca sucedía eso, la presión que ejercía su madre sobre ella se encargaba de ello. Su madre. Siempre el mismo problema.

Tras la muerte de su padre, su madre entró en depresión y no hizo otra cosa que contagiar a su hija. Mi amiga lo pasó peor incluso que su madre, pues cuando ésta última salió del maligno trance, la otra permanecía sumida en él. Y no parecía que fuese a despertar.

Un día decidí cambiar algo. Cuando aparecí en el manicomio a primera hora de la mañana, me dirigí directamente al guardia de seguridad. Se defendió con múltiples excusas ante mi ataque verbal, pero no desistí y conseguí mi cometido casi al cien por cien.

Una hora después ella alzó la cabeza y contempló la rosa negra que yacía junto a ella medianamente congelada, con el tallo casi blanco y los pétalos brillando bajo la luz de los fluorescentes plateados. No supe identificar su mirada, pero cuando cerró los ojos de nuevo tras observar la flor medio muerta, creo que no pudo evitar pensar que no había muchas cosas que la diferenciaran de aquella rosa.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Ella estaba encerrada. ¿Por qué no iba a estarlo yo?

—Hijo, tenemos que decirte una cosa —suspiró mi madre, mientras mi padre le apretaba la mano con fuerza. Yo simplemente les observé, esperando sus palabras. No sabía lo que me iban a decir, pero sabía que no me iba a gustar. Me quedé inmóvil en la silla de madera.

—Llevas un mes como un zombi, Kou —me reprendió mi madre, agachando un poco la cabeza—. Eres nuestro hijo y no queremos que sigas así…

—Creemos —tomó el relevo mi padre— que deberías dejar de visitar a Cimeria durante una temporada. Ya sé que será duro, pero será lo mejor.

—Lo sentimos —se disculpó mi madre con tristeza. Mi padre le rodeó los hombros con un brazo.

No sabía por dónde coger sus palabras. ¿Era una proposición, un consejo, o una prohibición? No podía dejar a Cimeria. Ella estaba encerrada, por tanto, ¿por qué no iba a estarlo yo? No éramos nada el uno sin el otro. Éramos amigos desde tiempos inmemoriales, compañeros desde que nacimos, ¿y ahora debíamos alejarnos? Además la necesitaba, casi tanto como ella me necesitaba a mí. Aunque dejara de visitarla seguiría pensando en ella, mi cabeza todavía estaría encerrada en su celda del manicomio. Pero eso mis padres no lo entendían. Nunca lo habían entendido.

Me levanté.

—No.

Una simple palabra causó el total desconcierto de mis padres. Mi madre abrió los ojos como platos y mi padre me miró de una forma extraña.

—No —volví a decir. Salí de la cocina y, segundos después, de casa. El aire gélido de la noche me azotó en la cara y en los brazos desnudos, pues no llevaba puestos más que una camiseta de manga corta, unos pantalones y unas deportivas. Eché a correr cuando oí los pasos de mi padre al salir también a la calle. Intentó seguirme, pero estaba demasiado oscuro y me perdió de vista, por lo que a los pocos segundos dejé de escuchar el roce de sus zapatos con el asfalto.

Me dirigí al templo donde se encontraba el alma muerta a la que tanto necesitaba. Mientras, repetí la negativa que anunciaba el hecho de que no iba a abandonar a mi amiga.

No.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Nuestra canción

Seguía sin moverse. Daba la impresión de que su cuerpo se había congelado, imposibilitando cualquier movimiento y obligándola a permanecer fusionada a la pared blanca. Sus cabellos oscuros y despeinados serpenteaban por sus hombros, rodillas y espalda, como si de grietas en mármol inmaculado se tratasen. Era tan triste…

Aquel día se cumplían tres semanas del encierro. Veintisiete días separado de ella. Seiscientas cuarenta y ocho horas sin hablarle y abrazarle. Treinta y ocho mil ochocientos ochenta minutos velando por ella. Dos millones trescientos treinta y dos mil ochocientos segundos observándola detrás de un cristal. Y observando cómo se hundía en su agujero.

Me senté en la silla que me había sido asignada días atrás por el guarda que vigilaba a mi amiga. Eran crueles para encerrarla, pero al menos me dejaban sentarme. Me crucé de brazos y seguí observando durante horas, examinando mil y una veces sus ojos cerrados, sus cabellos negros como la boca del lobo, sus labios medianamente gruesos, su piel blanquecina, su carita de porcelana, su cuerpo encogido; todo.

Dieron las diez de la noche en mi reloj de muñeca. Pensé en marcharme, pero me hallaba hipnotizado por ella, como tantas otras veces. Una hora más, murmuré.

Seguí sentado. Vino otro guarda a vigilarla (vigilarnos) y se intercambió por el que había estado toda la tarde conmigo, pues les tocaba cambio de turno. Cuando el nuevo guarda se sentó, dieron las once. Sopesé de nuevo la opción de marcharme, pues el movimiento de los seguratas me había desconcentrado. Suspiré, pero no me moví.

Dieron las doce, y yo seguía mirándola. Ya me había aprendido de memoria cada línea que la delimitada, cada tonalidad, cada textura. Si tan sólo le hubieran movido un cabello de sitio, lo habría notado. Por eso me percaté perfectamente de lo que ocurrió.

De pronto, abrió los ojos. Me quedé tan sorprendido que me levanté de golpe, asustando al guardia. Se llevó la mano al corazón mascullando algo de la juventud actual, pero no presté atención. Con el corazón desbordado observé como ella levantaba ligeramente la cabeza, ya con sus ojos verdes brillando, y comenzaba a mover los labios lentamente. Me acerqué al cristal con la intención de descubrir qué murmuraba.

Esbocé una pequeña sonrisa cuando capté el significado de sus palabras. Cantaba la canción japonesa que había escuchado por primera vez en mi casa. Cantaba nuestra canción. No llegaba a escucharla, pero daba lo mismo. Canté con ella.

—Sotto nagareru shiroi, kawaita kumo ga tooru, hairo no watashi wa, tada jhitte kieteiku no… Need to die.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Pájaro enjaulado

Dudaba entre marcharme o seguir observándola. Quería y debía irme, pero mis ojos no podían apartarse de su acurrucada figura y sus blancas vestimentas. Aunque ella no supiera que yo estaba allí, necesitaba hacerle compañía de alguna forma, y aquella era la única que se me ocurría para no violar las normas.

Ansiaba poder estrecharla de nuevo entre mis brazos y decirle que todo iba a ir bien. Siempre habíamos estado juntos en lo bueno y en lo malo, pero ahora no podíamos. Un fino y casi inexistente cristal nos separaba, marcando la diferencia entre la cordura y la excesiva y desbordada imaginación, aquello que los médicos y psiquiatras tomaban por locura.

Pero no lo era. No entendían que tan sólo se trataba de una forma de sobrevivir, una manera de llevar los acontecimientos a raya y no caer sumida en el dolor o la desesperación. Había comenzado a soñar con pájaros y había terminado por permanecer presa en su jaula.

Mi desesperación iba en aumento. Llevaba ahí mucho rato, tal vez todo el día. Me pasaba horas lo más cerca posible de ella, intentando apaciguar a la bestia que tenía dentro, la cual me ordenaba incesantemente que ayudara al pequeño gorrión encarcelado en su jaula de metal y goma espuma. Llevaba ahí más de un mes, y yo seguía visitándola cada día. A veces incluso había pasado allí la noche, para el nerviosismo de mis padres. No les hacía gracia que durmiera (o fingiera que lo hacía) en un loquero, pero no protestaban demasiado porque sabían que me afectaba casi tanto como si yo mismo estuviera encerrado.

No sabía cuánto tiempo íbamos a permanecer así. Yo pensaba seguir como hasta entonces hasta que la dieran por recuperada, no pensaba abandonarla así, por las buenas. Éramos amigos y lo segaríamos siendo hasta el final.

Desde que llegó, nunca la había visto dormir. Siempre que dirigía mi mirada hacia ella veía sus ojos esmeraldas perdidos por la habitación, buscando algo que no aparecería.

Nunca la había visto moverse. De vez en cuando notaba que había cambiado de posición, pero era capaz de permanecer días sentada sobre los tobillos, costumbre japonesa que había adquirido gracias a todas las tardes que había pasado en mi casa. Su otra posición favorita era la fetal, con las rodillas flexionadas, los brazos rodeando las piernas y la cabeza apoyada encima.

Nunca la había visto comer. Era obvio que sí se alimentaba, pues estaba encarcelada pero no cumplía ninguna pena y por supuesto, podía comer perfectamente. Aunque no estaba seguro de que ella quisiera nutrirse adecuadamente, ni nutrirse tan sólo.

Nunca la había visto hablar. Sus labios permanecían constantemente cerrados, excepto cuando exhalaba una suave y débil bocanada de aire. Probablemente se olvidaría de cómo hablar, pero su voz seguiría resonando en mi memoria. Cuando los psicólogos y psiquiatras intentaban comunicarse, ella les ignoraba completamente. No había reacción alguna.

Aunque, los primeros días, sí respondía a los estímulos. Casi con demasiado furor. Uno de los psiquiatras cometió el error de intentar acercarse y conversar con ella sin protección ni consentimiento alguno. Ella lo que hizo fue atacarle e intentar agredirle con todas sus fuerzas, golpeándole en el estómago, las costillas, el hígado y el bazo. Cuando llegaron los refuerzos el hombre estaba destrozado; ella le había hundido al menos dos costillas, le había saltado un diente, le había puesto un ojo morado, le había dejado la nariz sangrante y el labio partido; el vientre dolorido y los costados amoratados. Cuando la sujetaron el hombre se hallaba en un estado de shock superior al que había sentido nunca. A ella le pusieron una camisa de fuerza para que no pudiera herir a nadie más, y la habían encerrado en su inmaculada celda. Ella al principio intentó soltarse, en vano. Trató de golpearse contra las paredes, pero éstas y la puerta estaban forradas de goma espuma y tampoco funcionó. Poco tardó en hacerse amiga del cristal que la separaba de los vigilantes, cristal que intentó romper con la cabeza y los hombros. Consiguió un trauma craneal leve, el cual la dejó sin conocimiento casi cinco minutos, y del que se recuperó poco después. Luchó contra él un par de veces más, pero terminaron por poner guardias de seguridad frente a la luna y ya no la dejaron acercarse.

De forma que, al quinto día, se sentó en un rincón, y desde entonces, no había vuelto a verla desplazarse.

Sentía un vacío por dentro cada vez que me daba cuenta de que llevábamos un mes en la nada. Ella, moribunda; yo, agonizante al verla. Ninguno éramos capaces de vivir encerrados entre aquellas gruesas y frías paredes. Más de una vez había tenido el impulso de llevarle una manta o una chaqueta para protegerla un poco del frío invernal. Pero los loqueros no me lo habían permitido, y ella no parecía sentir frío. No parecía sentir nada.

Me pregunté en qué pensaba. ¿Estaría triste, enfadada, decepcionada, furiosa? Parecía sumida en un estado de letargo o duermevela permanente. Podía pasar perfectamente por una persona en estado vegetativo, pues no se diferenciaría en nada de ella.

Los dos lo estábamos pasando mal, pero no sé si ella era consciente de la situación. Habría dado lo que fuera por que todo volviera a la normalidad. Nada me haría más feliz que ella se incorporara de nuevo al mundo real, y con ella, arrastrara mi persona tras de sí.

Mientras tanto, le seguiría haciendo una invisible compañía. La necesitaba para vivir, y me negaba a continuar mi camino sin ella. Dejé de asistir a clase y de cumplir mis tareas básicas. Vivía por ella y para ella. Ironía, dado que ella no podía apreciarlo.

Seguiría posando mi mirada sobre sus ojos verdes hasta que pudiéramos reincorporarnos al mundo. Hasta que ella fuese libre.

martes, 2 de noviembre de 2010

Impotencia

Estaba en un rincón, vestida de blanco cual copo de nieve. Podría haberse camuflado perfectamente con su alrededor de no ser por su oscura cabellera, la cual caía desordenadamente por sus hombros inmaculados. Tenía la mirada perdida, como si sus ojos verdes hubieran revoloteado por la habitación segundos atrás y se hubieran detenido sobre un punto lejano, más allá de los confines del tiempo. Llevaba una camisa de fuerza que la obligaba a mantener las manos a la espalda, encarcelándola más de lo que ya estaba, como si de un pájaro en una jaula se tratase. Se hallaba de rodillas, sentada sobre los tobillos, esperando una ejecución que nunca llegaría. Estaba de frente a la puerta y al cristal que la separaba de mí.

Me asusté al verla. Me asusté al verla sin sombras ni raya negra en los ojos, sin rimel en las pestañas; me asusté al no ver los polvos blancos que ella misma aplicaba en su piel todas las mañanas; me asusté al no ver un pintalabios rojo, negro siquiera. Me asusté al no ver atisbo de una de sus escasas sonrisas o, tan sólo una mueca reprobatoria o de asco. Y sobre todo me asusté porque permanecía quieta como una muñeca rota y desmadejada a la que hubieran tirado al suelo. No luchaba contra su suerte, no intentaba zafarse de su armadura, no trataba de romper las paredes con la ya débil fuerza de sus puños.

Pero de verdad me asusté cuando comprendí que estaba presa. Y yo no podía ayudarla.