Lionne.

Tú...

No eres tu nombre. No eres tu empleo.

No eres la ropa que vistes ni el lugar en el que vives.

No eres tus miedos, ni tus fracasos... ni tu pasado.

Tú... eres esperanza.

Tú eres imaginación.

Eres el poder para cambiar, crear y hacer crecer.

Tú eres un espíritu que nunca morirá.

Y no importa cuántos golpes recibas,

te levantarás otra vez.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Bill

Caminé entre los escombros con cautela y la espalda encorvada, alzando el fusil ante mí con las dos manos y escrutando el oscuro y ruinoso paisaje. Aquella ciudad había sido destruida hacía una semana, sólo quedaban los cimientos de los edificios y algunos muros levantados. Se hallaba completamente desalojada a excepción de mi escuadrón y yo, claro.

La habían destruido con el objetivo de eliminar también el puente que nos ayudaría a conquistar una importante capital, pero no contaban con el factor sorpresa y al llegar la hueste se enfrentó con los soldados de mi bando. Los pocos hombres que quedaron de nuestro ejército fueron a buscar refuerzos tras aniquilar a sus oponentes, ya que tres o cuatro personas poco podían hacer contra la tropa de más de cincuenta militares que estaban por venir sin más ayuda que unos cuantos rifles sin apenas munición.

Mi escuadrón y yo éramos los refuerzos. Estábamos compuestos por setenta personas al salir del punto base, pero debido a un maldito tanque de enemigos que encontramos a medio camino nuestro número disminuyó considerablemente, y aunque logramos acabar con todos los oponentes con los que nos topamos, al llegar a la destruida ciudad éramos tan sólo quince.

—Chsst, Kylie —me llamó Bill—. Es Ryan.

Miré a Ryan, que se hallaba situado en lo alto de la torre de lo que antes era una gran iglesia. Con una serie de gestos me transmitió un corto mensaje y yo maldije entre dientes, resoplando mientras cerraba los ojos un momento.

—Al menos cincuenta hombres —comencé—. Con tres tanques.

—Mierda —masculló Bill—. Ven.

Me escurrí entre varias losas de piedra fragmentadas y me situé entre Bill y Mike, escondida tras un cúmulo de tierra y fragmentos de rocas.

—¿Qué nos queda? —pregunté, esperanzada, escrutando el horizonte.

—Unas cuantas granadas y una ametralladora, pero nada más —respondió Mike, enderezándose el casco mientras sujetaba su arma con una sola mano.

—Bien, tendremos que esforzarnos.

Sabíamos que alguien vendría a destruir el puente, pero no que sería tanta gente.

Nos colocamos en puntos estratégicos, creando un desfiladero de francotiradores en la calle principal, la más grande, la que inevitablemente usarían para entrar a la ciudad, ya que era la única en la que cabría un tanque rodeado de militares. Además formamos un callejón al final de la avenida por donde pasaría el enemigo, para que así los hombres que fueran a tirar las granadas estuvieran escondidos hasta el final.

El plan era esperar a que estuvieran justo debajo de nosotros, a nuestros pies y, entonces, lanzar una granada por tanque para intentar derribarlos todos a la primera de cambio. Justo entonces los francotiradores comenzarían a disparar, acabando primero con los soldados que estuviesen “sanos” y terminando después con los heridos por el impacto de las bombas. Y, como broche final, la ametralladora y su amo se encontraban al final del callejón, escondidos y listos para acabar con los que quedasen vivos.

—Vamos a morir —declaró George. Él, Mike y yo nos encontrábamos en la misma habitación de un edificio que todavía se tenía en pie, con la punta del fusil en el hueco de la ventana y el dedo en el gatillo, expectantes.

—No hemos venido a otra cosa —contesté seriamente.

—Creía que el objetivo era dejarles como un colador —inquirió Mike con sorna—, no desmotivarnos antes de empezar siquiera.

—Somos quince, cabrón —bramó George—. ¿De verdad crees que vamos a salir con vida?

—Lo intentaremos —contesté, sin darle a Mike tiempo para contestar.

Poco después los tuvimos encima. Todos esperaban mi señal con las armas entre las manos, mirando al enemigo con un ojo y a mí con el otro. Cuando consideré que el enemigo se hallaba en la posición adecuada, realicé la señal y una lluvia de balas y granadas se cernió sobre los tanques y los hombres uniformados.

En ese momento la ciudad entera se hundió en el caos. El aire se llenó de arena, tierra y sangre, lo que dificultó enormemente la visión. El enemigo, confundido, avanzó hasta el final del callejón con el único tanque que quedaba y los cuarenta y pico hombres que no estaban en llamas o moribundos. La ametralladora entró en acción y acribilló a balas a nuestros oponentes, dejando en pie a la mitad. Los supervivientes se dispersaron haciendo alarde de inteligencia, así que desde ese momento nos dedicamos a buscarlos entre los edificios.

Me separé levemente de George y Mike por el simple hecho de que eran demasiado ruidosos para mí. Al escuchar unos pasos mi garganta se preparó para soltar un grito de alarma, pero me contuve con el fin de no delatar mi posición y tan sólo agarré un poco más firmemente mi fusil. Instantes después escuché un disparo y un grito.

Doblé la esquina del edificio con cautela y fui perfectamente capaz de ver a un soldado vestido de verde oscuro que se alzaba sobre Bill. El cañón de su arma humeaba y el costado de mi compañero había empezado a llenarse de sangre, así que no había más que hablar.

Fruncí el entrecejo en el momento en que el soldado me miraba, sorprendido. No le dio tiempo a alzar el arma.

—Bú —solté, y la bala salió disparada.

Le dio de lleno en el corazón. Su pecho se manchó de sangre mientras él caía de rodillas al suelo, llevándose las manos a la herida de la que manaba aquel ligero líquido escarlata.

Tras vigilar un momento que no hubiera ningún enemigo más a mi alrededor, corrí hasta Bill y le arrastré detrás de lo que minutos antes había sido un tanque enemigo, avanzando lentamente y con mucho esfuerzo. Al final logré colocarlo más o menos erguido, haciéndole apoyar la espalda en una de las ruedas de aquel gran bicho de metal.

—Bill —le llamé, apremiante, mientras le abría la chaqueta y rasgaba su camisa para acceder a la herida.

Alzó aquellos ojos verdes y me miró con atención; segundos después sonrió e hizo un ademán.

—Eh, preciosa, no te preocupes —le restó importancia al asunto. Mientras, yo me hallaba enfrascada en la tarea de presionarle la herida—. Saldré de ésta.

—Más te vale —dije, con las lágrimas agolpándose en mis ojos. Me los limpié rápidamente con el dorso de la mano, ya que me dificultaban la visión, y seguí presionando para intentar que no se desangrara—. No me dejes sola.

—Nunca lo haré.

Pronto la sangre se escurrió entre mis dedos y salió casi a borbotones de la herida, cayendo por los costados y dejando un gran charco en el suelo. Bill profirió un quejido y yo intenté volver a contener la herida con un trozo de tela, pero se empapó en cuestión de milésimas de segundo.

—Bill —le llamé, empezando a llorar. Él ya parecía un poco aturdido y cabeceó con los ojos cerrados.

Impotente, apoyé la cabeza en su pecho, dejando caer todo mi cabello sobre su vientre y manchándomelo de sangre junto con parte del rostro. Él levantó una temblorosa mano y me la colocó en la espalda sin apenas energía. Cerré los ojos con fuerza, rezando para que un milagro ocurriese.

Sin embargo, ningún milagro ocurrió. Bill me dio un suave beso en la coronilla, que apenas noté. Me acurruqué contra él, aferrándome a lo que quedaba de su camisa y derramándole lágrimas por el cuello.

Segundos después exhaló su último suspiro y el mundo se derrumbó sobre mí.

—Kylie —oí a alguien llamar—. Kylie, despierta.

Abrí los ojos y un torrente de luz me cegó durante un instante. Me llevé las manos a la cara para ocultarme del foco de luz y, segundos después, descubrí mi rostro para ver qué ocurría. Me encontré con unos hermosos ojos verdes que me observaban desde arriba.

—¿Soñabas otra vez? —preguntó. Yo asentí, incorporándome.

—Ya veo —respondió. Me limpió una lágrima de la mejilla y me rodeó con los brazos, protegiéndome de mi pesadilla.

—Es horrible —acerté a decir con la voz temblorosa.

—¿La guerra? —volví a asentir—. Preciosa, han pasado ya diez años. Y sobrevivimos.

—Lo sé —afirmé, cerrando los ojos y dejando que me acariciara el cabello—. Sólo tengo miedo de perderte. No quiero que te marches nunca.

Me dio un beso en la sien antes de contestar.

—Nunca lo haré.

6 comentarios:

Ipso Facto dijo...

Es... desgarradora, dura, trágica y en cierto modo dulce. Perfecta!

Fer dijo...

Yo quiero un Bill, que nunca me deje sólo T.T
Ya me puedes estar dando su dirección que voy y se lo robo a Kylie XDD.

Nah, ahora sí, bastante bien jeje, alguna cosillas que me lió un poco por ahí, pero el contenido y tal genial ^^.
Vuelvo a este mundo de los blogssss así que ya me verás por aquí más a menudo XD.

Kirtashalina dijo...

Ipso Facto: Muchísimas gracias (: No te había visto nunca por aquí, así que bienvenido ^^

Fer: Sí, yo también *-* Pobre Kylie... xDDD

¿En qué te has liado? xD

Me alegro de que estés de vuelta xD

Un beso :)

Athenea dijo...

Romántico, bélico, sangriento, y el final, bastante inesperado. No me suelen gustar las historias de "todo fue un sueño", pero debo reconocer que este relato ha estado bastante chulo. Estoy de acuerdo con Fer, yo también quiero un bill :)

Noemi dijo...

guau !! es perfecto me he quedado :0
jajaajaj escribes super bien :)

Kirtashalina dijo...

Athenea: Muchísimas gracias :) A mí a veces lo de los sueños tampoco me gustan, pero es que en este relato la historia que cuenta al principio pasó de verdad, lo que pasa que después se decubre que en realidad no muere xD
Pero muchas gracias ^^ Y sí, Bill es genial (:

Noemi: Pues muchísimas gracias a ti también por tener esa opinión de mí xD

Un beso a las dos y gracias por comentar (: